Pese a los
prejuicios que
despertaba, y
a que Keira
Knightley se
negó a
concurrir,
gustó en el
Festival de
Roma, el film
de época
inglés «La
duquesa»,
con ecos
bastante
explícitos de
la historia de
Lady Di.
Roma (Enviado especial) - Aunque existían algunos prejuicios contra la película (entre los más inconfesables: la negativa de su protagonista, Keira Knightley, a concurrir en persona al Festival de Roma), se recibió con entusiasmo la primera proyección mundial de «The Duchess» («La duquesa»), realización inglesa de época con un deliberado diálogo en paralelo con la historia de Lady Di.
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El film de Saul Dibb, basado en la novela de Amanda Foreman, amplifica en su mirada de la vida rebelde e inconformista de Lady Georgiana Spencer, antepasada directa de la princesa contemporánea, un cúmulo de similitudes que sólo difieren en la forma de su desenlace, menos trágico: Georgiana de Devonshire, llamada además Lady G. en la película, murió de forma más pacífica, natural, aunque llevó adelante a fines del siglo XVI costumbres que ni siquiera habrían sido toleradas por la moral de la nobleza del siglo XX.
Forzada a un casamiento de conveniencia por su madre (Charlotte Rampling), Lady G. pronto descubre en la persona de su esposo, el Duque de Devonshire, la hipocondríaca frialdad de un personajetaciturno, depresivo, cuyo único interés en el matrimonio es tener un hijo varón. Lo atractivo del film (además, desde ya, de su espléndido ropaje casi kubrickiano para dar cuenta de la estética de la época) radica en evitar el típico lugar común en el reparto de perfiles: ni el Duque es el retrógrado machista ni la Duquesa la acostumbrada mujer sometida que, para entusiasmar a la platea, un día se va de casa como la Nora de «Casa de muñecas».
Por el contrario, aquí todos tienen sus razones, y no sólo de acuerdo con los hábitos de la época. Cuando el Duque (muy bien interpretado por Ralph Fiennes, el protagonista de «El paciente inglés», otro que tampoco se dio una vuelta por Roma), mujeriego impenitente, padre de una hija natural que tuvo con una criada, sostenedor del partido liberal aunque desinteresado de la política, le expone a G. las razones por las que ella no está cumpliendo con el papel asignado (y no sólo por el hecho de no darle aún un heredero), se produce la extraña sensación de tender, por un momento, a darle la razón. Lo mismo ocurre por supuesto con su antítesis: la Duquesa busca, a su manera y en el marco que le dan las costumbres de la época, su vía de escape.
La aparición de una terceramujer, primero amiga de Lady G., luego amante de su marido, y por último huésped permanente de la casa Devonshire en un insólito menage à trois relativamente oculto, introduce al film en el clima de una comedia dramática de desacostumbrado humor (flemático, por supuesto, pero humor al fin), hasta que la ruptura que pretende G., quien ya no oculta su amor por un antiguo amigo con aspiraciones de Primer Ministro, y su posterior conversión en la «duquesa del pueblo» a partir del encendido discurso político que da en la ciudad de Bath, terminan por subrayar, demasiado tal vez, las similitudes entre su personaje y la figura de Diana Spencer.
Veloso en Roma
Pero el Festival, dirigido este año por el patriarca de la crítica cinematográfica en Italia, Gian Luigi Rondi, no sólo es cine. La noche de la apertura, que convirtió a Piazza Navona en una especie de sambódromo (miles de personas asistieron a la batucada que ofrecieron varios conjuntos especializados), continuó anteayer con otra noche brasileña, país al que también consagró el festival en esta edición una exposición especial en el Auditórium del Palacio del Cine.
En la famosa Academia de Santa Cecilia, vecina al Castel Sant'Angelo y el Vaticano, actuó Caetano Veloso tras la exhibición del colorido documental «Corazón vagabundo». A sala llena (algo más de 2000 plateas), los romanos corearon con él algunos de sus temas más famosos, con las imágenes aún frescas que acababan de verse sobre la pantalla. Entre las más divertidas, la de la gira por Japón: allí se lo ve visitando un templo budista, reclinado sobre un plato de comida absolutamente inidentificable (y con gestos casi de actor italiano, mientras comenta en off: «yo me atrevo, deben ser frijoles»), para más tarde recorrer los silenciosos corredores donde meditan los monjes; uno de ellos, luego de verlo, se le acerca y le comenta en voz baja: «mi canción favorita es 'Corazón vagabundo'»).
Casi sobre el final del posterior recital el jolgorio terminó dando paso (auténtico coup-de-theatre) a otro tipo de sensaciones, cuando Veloso, guitarra en mano, de manera casi susurrante, cantó el «Cucurrucucú Paloma» que había interpretado en una escena de «Hable con ella» de Pedro Almodóvar. Antes, también en el documental, el mismo Almodóvar había justificado de esta manera la inclusión de Caetano en su film: «Recuerdo que, cuando yo estaba escribiendo esa escena, ni siquiera había pensado en incluir un cantante. Pero, justo en ese momento, en mi equipo de audio estaba sonando Caetano, haciendo esa canción. Yo me detuve, la escuché en absoluto silencio, y me empezaron a caer algunas lágrimas. Entonces no lo dudé: lo llamé a Brasil para rogarle que apareciera en la película y la cantara en vivo en esa escena, porque una pista grabada no tiene la misma emoción. Por suerte, estuvo de acuerdo.» Algo de eso, desde ya, sintieron muchas de las 2000 personas que llenaban la Academia de Santa Cecilia, cuando la escucharon en vivo.
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