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23 de octubre 2008 - 00:00

"Flauta mágica": Mozart va a la guerra en inglés

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La versión de Keneth Branagh, en inglés y con intercalados inapropiados, de «La flauta mágica» es bella, pero no apta para puristas: sólo con los créditos finales se la puede oír como la escribió Mozart.
«La flauta mágica» («The Magic Flute», G. Bretaña/Francia, 2006, habl. y cantada en inglés) Dir: K. Branagh. Int.: L. Petrova, R. Pape, T. Randle, J. Kaiser. A. Carson, B. Davis.

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Opera de opuestos, «La flauta mágica» juega con los contrastes de luz y oscuridad en un microcosmos donde Sarastro y la Reina de la Noche se enfrentan como enemigos acérrimos. En esta nueva versión cinematográfica del clásico de Mozart, el guión de Stephen Fry y Kenneth Branagh (sobre el original de Schikaneder) insiste en el juego de opuestos desde el comienzo, cuando la cámara muestra un idílica pradera que, a poco de andar, deja ver una larga trinchera.

Mientras se escucha la obertura, se anima el campo de batalla con algunas órdenes impartidas y suenan explosiones, rompiendo el clima mozartiano, lo que a algún purista no le parecerá aceptable. Más adelante, se entra decididamente en el escenario de una guerra. Allí comienzan las diferencias más fuertes respecto del simbolismo original, que además de pretender un divertimento popular, adecuado al gusto del siglo XVIII, bajaba línea en relación a los postulados de la masonería a la que adherían tanto Schikaneder como Mozart.

Para Fry y Branagh, la obra puede resignificar sus contenidos a partir de una lectura contemporánea acorde con las propuestas más radicales de los régisseurs, quienes quieren descubrir en la simbología mozartiana una filosofía del Iluminismo, que a veces difiere de las pretensiones del libretista, hombre nada culto y bastante vulgar para la empresa de poner texto para que Mozart escriba su sublime partitura.

En este punto es necesario aclarar que la película de Branagh está dialogada y cantada en inglés (en Gran Bretaña algunos teatros nacionales traducen todo el arte lírico, como ocurre en la legendaria English National Opera). Esa es la primera valla para una ópera alemana por excelencia.

La otra es la adaptación de los diálogos para que respondan a la adaptación, al igual que la poda de algunos de ellos, que hacen que el metraje del film (135 minutos) difiera de las puestas que rondan los 155'. Otra diferencia básica es atenuar el elemento fantástico original por otros más realistas (¿oportunistas?) y más aptos para una película sobre la guerra.

El dragón que persigue a Tamino en la escena inicial se transforma en una granada que está por estallar y que adopta la forma de un extraño pez. La aparición de la Reina de la Noche montada a un tanque de guerra, propuesta que roza el disparate, parece casi normal en la mirada de Branagh. La inocente enumeración de Sarastro de las bondades de su régimen y la alegoría de la existencia humana de bondad, luz, serenidad, armonía y fidelidad hecha en los jardines del templo, en Branagh adquiere un pragmatismo distinto. Mientras Sarastro habla de la espiritualidad y de su filosofía se observan a su alrededor obreros y artesanos que trabajan plácidamente, mientras afuera acecha la guerra.

Aun cantada en inglés (en forma directa y a veces en off) la ópera se oye musicalmente impecable ya que el elenco es magnífico y el diseño de sonido es tan perfecto como el resto del diseño de producción (Tim Harvey) y la dirección de arte (Paul Kirby). Lyubob Petrova (Reina de la Noche) y René Pape (Sarastro) son excepcionales y el resto de los cantantes no le van en zaga. La dirección de la Orquesta de Cámara de Europa en manos de James Conlon es obra de un especialista. Si la obertura causó espanto a los puristas, con algunas intercalaciones inapropiadas, estos deberían quedarse hasta los títulos del final. Ahí se vuelve a oír, pero ahora como Mozart la escribió. Esta versión de «La flauta mágica» no será la de Bergman, pero sus dos horas y cuarto se ven con justificado placer.

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