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20 de febrero 2008 - 00:00

"Hannibal, el origen del mal"

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Gaspard Ulliel como Hannibal Lecter en su juventud: ahora sabemos que el origen del mal fue haber tenido una infancia difícil.
«Hannibal, el origen del mal» («Hannibal Rising», EE.UU., Francia, 2007, habl. en inglés). Dir.: Peter Webber. Int.: Gaspard Ulliel, Gong Li, Rhys Ifans, Dominic West, Kevin McKidd, Richard Brake.

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Tanto como film de terror truculento o como subproducto del popular psychothriller «El silencio de los inocentes», esta precuela sobre la infancia difícil de Hannibal el caníbal apesta más que cualquier cosa cruda que pueda comer el protagonista. En cambio, como melodrama histórico tan realista en violencia gráfica como retórico e inverosímil en argumento, tal vez no convenza mucho, pero al menos resulta curioso.

Del mismo modo que no es posible convertir una porción de gulash en la cena de una familia numerosa, tampoco se puede exprimir a un psicópata honesto como Hannibal Lecter en más secuelas, remakes o lo que sea (aquí entraría esta «precuela»), de lo que una celebrididad del canibalismo hollywoodense podría digerer sin perder la elegancia.

Justamente, el primer golpe de efecto negativo de este film es entender que no incluirá a Anthony Hopkins, lo único que generaba interés en las flojísimas continuaciones de «El silencio de los inocentes».

Una vez asumido este concepto, el espectador se encontrará con una rara mezcla de historia de barbaridades nazis, horrores de posguerra y venganzas ultrasádicas, pero supuestamente justificadas por las aberraciones anteriores. Por primera vez Thomas Harris, autor de la novela original, se ocupó de la adaptación al cine, lo que no ayuda al ritmo ni a la credibilidad de tanta truculencia esteticistay snobismo general, empezando por el personaje de Gong Li como una feroz tía del traumado Hannibal, alma tan atormentada por los horrores de la guerra que sólo puede interactuar con la sociedad devorando algunos especímenes que, según su particular gusto, merecen ir a parar a la olla no tanto por sus cualidades intrínsecas, sino más bien por algún motivo personal y subjetivo que siempre caracterizó los platillos de Lecter, sólo que esta vez resultan menos sutiles.

En su caracter de híbrido o remix de géneros que nunca terminan de cerrar del todo, lo más atractivo es la exagerada e intensa crueldad de la Segunda Guerra Mundial, que copia sin pudor el estilo de «El pájaro pintado», la excepcional y crudísima autobiografía de Jerzy Kozinsky que alguna vez intentó filmar Roman Polanski, sin éxito. Esas atrocidades vividas por el pequeño Lecter serían «el origen del mal», simplificación que convierte a uno de los psicópatas de la historia del cine en un simple tarambana que comete algunas diabluras justificadas por una infancia difícil.

Todo en la pelicula tiene el aire impersonal de cineastas, técnicos y actores que no pretenden otra cosa que ganarse el pan de cada día. Vianda generosa, siempre viene provista de algún rico fiambre.

D.C.

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