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29 de octubre 2007 - 00:00

La ciudad, tema de dos reconocidos fotógrafos

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«Memento Mori» refleja la pasión por la belleza femenina y el gusto por explorar la noche de Arturo Aguiar, a diferencia de Marie Jeanne Hoffner, quien muestra los misterios de las ciudades a la clara luz del día.
La nueva galería Catena, un espacio de Palermo dedicado en exclusividad a la fotografía, inauguró la semana pasada las muestras de la artista francesa Marie Jeanne Hoffner y Arturo Aguiar, quienes con estilos muy diferentes abordan un mismo tema: la ciudad.

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Ambos buscan el potencial estético, pero si las imágenes de Hoffner muestran los misterios de las megalópolis en la clara luz del día, Aguiar, por el contrario, explora la noche, con todo lo que tiene de melancólico e irracional. Los dos plantean enigmas. Hoffner proyecta unos edificios fantasmagóricos sobre las paredes traslúcidas de unos cuartos vacíos; Aguiar es un sensitivo espectador urbano, ingresa con su cámara a los espacios íntimos donde viven, trabajan y sueñan los protagonistas de sus imágenes.

En el texto del catálogo de Hoffner, el artista Leo Estol destaca la dificultad de situarse en una ciudad imaginaria e inestable, con «otras formas para la vida cotidiana, otros colores, otras relaciones entre cosas, entre personas». Los temas de Aguiar siempre han sido urbanos. La ciudad de Buenos Aires es el ámbito de acción, el gran escenario donde confluyen y se cruzan sus personajes. Es el flâneur de una ciudad cambiante y con rincones hospitalarios. Ante sus ojos entrenados, aflora una belleza que se torna visible por unos puntos de luz discontinuos y los coloridos destellos que alumbran retazos de la realidad. Pero se trata de una belleza especial, cercana a lo real pero imprecisa y en ocasiones manipulada, determinada no sólo por la oscuridad y la trayectoria azarosa de la luz, sino también por los recursos técnicos utilizados.

Frente a la chica trepada en una silla que espía a sus vecinos, los colores radiantes de la ropa colgada en una terraza o el pensativo muchacho de espaldas que mira por la ventana, se multiplican las posibilidades interpretativas. El largo viaje que emprendió hace años Aguiar hacia la noche comenzó con el diseño de unas lámparas que con su vaga luminosidad ya destacaban el encanto de los escenarios y de la oscuridad que los rodea y los exalta. Desde entonces, trabaja con la luz ambiental o la que proyecta a su parecer y, que, según sea el motivo, aparece suave y vacilante o con la fuerza de un resplandor.

La muestra se abre con la escalera de una casa de principios del siglo XX del barrio de Boedo, que bien puede verse como una metáfora del viaje hacia la noche que emprende el espectador. Tomada desde lo alto, la foto exhibe una abismada pendiente de escalones, a su lado está el laberinto de la baranda de hierro. Al igual que varias de las obras de Aguiar, la imagen tiene una condición abstracta, acentuada por un círculo de luz que brilla sobre la superficie de una pared, la geometría de la escalera y el diseño ornamental de la baranda.

La fascinación por la belleza de la arquitectura porteña está presente en varias de las series de imágenes dedicadas a las puertas y ventanas de casas antiguas, que utiliza como fascinante marco ornamental o como tema central de la composición.

Los personajes femeninos, cargados de artificio y maquillaje, son protagonistas privilegiados en la producción de Aguiar. La pasión por la belleza femenina queda a la vista en «Memento mori», título que hace referencia a los elementos utilizados en la pintura barroca para recordar la brevedad de la vida. Un desconcertante zapato rojo puesto en un rotundo primer plano, oficia de calavera, es el memento mori que agrega humor y contemporaneidad a la estudiada escena. El zapato se recorta sobre las sensuales piernas con medias negras de una joven dormida. Una pañoleta también roja abriga ese cuerpo que se acurruca en la cama y, sobre él, como si fuera un cuadro, aparece la ciudad con sus edificios bañados por una luz verdosa.

Esa luz, que en el interior de esa buhardilla adquiere tintes azules, y que junto a los brillos que recorren las curvas del cuerpo acentúan la teatralidad de la escena, conforma en gran medida el estilo del artista. Todo parece confabularse para crear un clima de ficción, y la imagen puede verse como el punto de partida de un relato fantástico. Hay símbolos, pequeños íconos, signos y minirrelatos que componen sabiamente la «intriga». Así, sus ficciones o puestas en escena fotográficas, revelan los desplazamientos y fusiones de la práctica artística actual.

«Hoy, los artistas inventan atajos», observa Estol. «Y un atajo no es más que una forma de poner en movimiento las ideas. Una forma de relacionar ideas. Las ideas siempre están buscando personas que las lleven a otro lado, como las semillas, ésas que vuelan por el viento o ayudadas por pájaros, hasta encontrar un lugar más próspero en donde crecer. El trabajo de Marie-Jeanne parte de esos azarosos vuelos».

En el barroquismo de las obras de Aguiar, «Cocina con aloe», «La cocina del artista» o «Bodegón con azucena», se advierten las múltiples influencias y referencias a la pintura, la atmósfera es dorada y la luz se proyecta sobre los objetos en sombra con la agilidad de una pincelada. El tenebrismo de gran parte de las imágenes deriva de la reelaboración de las viejas relaciones que, desde sus orígenes, la fotografía ha mantenido con la pintura.

En las últimas fotos, el tema es la acumulación de objetos, al punto que la retina se resiste a registrarlos y percibe manchas abstractas que, como sucede con la pintura impresionista, cambian al acercarse o alejarse de la obra.

El conjunto de estos trabajos encierra una lección visual, pero el camino hacia el corazón de la noche tiene un tinte emotivo. El deseo del artista de encontrar el aura o «la manifestación irrepetible de una lejanía», el afán de arribar a lo «lejano», está encarnado en las imágenes. Y el aura tiene la dimensión del deseo.

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