Aun con su
estética de
cine
publicitario y
sus varios
clichés, el film
griego «La sal
de la vida»
tiene
elementos
atractivos que
la hacen
llevadera y, por
momentos,
francamente
simpática.
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Arrastra una ambientación de cine publicitario demasiado elaborado, algunos clichés pintoresquistas, una poesía medio forzada, y estira innecesariamente el relato, que por suerte igual se hace llevadero, y francamente simpático, en las partes de infancia, cuando el niño que paulatinamente veremos crecer deja Estambul, se instala en Atenas, entra en los boy-scouts y, con ese uniforme, se consagra cocinando en un burdel, muy querido por la madama y las pupilas (igual no se ve nada, ésta es una película familiar). Caben a su favor los paisajes de Estambul, el elogio de las palabras que contienen a otras (gastrónomo, a astrónomo, lo que sirve para que el abuelo brinde una linda lección sobre los planetas con los elementos de su despensa, pero hay más, mucho más interesantes), el elogio de las especias (principalmente sal, pimienta y canela), y los ojos de la novia, cuando a los postres reaparece, ya separada.
A modo de resumen, si se permite la asociación, podría decirse que, tal como la comida de aquellos lares, la mesa que este film nos ofrece ostenta un despliegue de abundantes platos, pero ninguno luce como llenador, ni se brinda en proporciones abundantes, en el sentido que nosotros acostumbramos. En la sazón, parece haber más canela y colores que sal y pimienta. Y los postres ofrecidos son medio secos, pero por un lado mejor, para no empalagarnos. Faltarían, eso sí, el café y los licores (¿pero qué se puede esperar, si el mayor sponsor que vemos en cada escena de comidas familiares es una gaseosa americana?).
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