Arriesgada, atractiva, bien lograda, esta película chileno-peruana-argentina propone al público acompañar los trabajos y las andanzas (incluso amatorias) de una mujer de carácter firme y animoso, una inmigrante que ya lleva diez años viviendo en otro país. Cuando se fue, el hijito se quedó con la abuela, y creció prácticamente sin la madre. Los lazos entre ambos se van aflojando, pero ella no va a deprimirse. Tampoco siente una nostalgia agobiante por su tierra, y eso por una sencilla razón: la lleva dentro. ¿Pero cómo representar, precisamente, lo que lleva dentro? Esa es la parte arriesgada, que se resuelve de modo singular y muy atractivo: cada tanto la acción se interrumpe para dar lugar a números musicales que comentan lo que el personaje está sintiendo. Son números lindos, coloridos, de ritmos variados y un gusto decorativo propio de la actual cultura andina. La protagonista, Magaly Solier, está en su salsa, porque es cantante regional de las buenas, difusora del quechua, y destacada actriz, a quien acá vemos justo en la primera madurez de su edad y de su oficio. Empezó jovencita en “Madeinusa”, trabaja también en el cine europeo, estremece y emociona en “Magallanes” (que no es sobre el navegante sino sobre un hombre con relativos cargos de conciencia), en suma, solo ella podía hacer esta película, y la hace.

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