Aunque
irregular en su
factura,
«Paisito»
evoca con
bastante
equilibrio,
hechos
ocurridos a
principios de
los 70 en un
Uruguay
política y
socialmente
enrarecido.
«Paisito» (Ur.-Arg.Esp., 2008, habl. en español). Dir.: A. Díez. Guión: R. Fernández Blanco; Int.: M. Dayub, V. Saccone, E. Gutiérrez Caba, N. Pauls, M. Botto, P. Rodríguez.
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Montevideo, 1973. El jefe de policía, cariñoso padre de familia, procura mantener la tranquilidad personal y la normalidad ciudadana, pese al clima de creciente enrarecimiento parejamente provocado por los tupamaros y los sectores golpistas del ejército. Sobre todo, procura mantenerse dentro de las leyes, el espíritu democrático del Uruguay (hasta entonces elogiado como «la Suiza de América»), y la equidistancia de quien cumple su deber ajeno a cualquier toma de partido. Esto le causa también crecientes problemas con otros uniformados, y no lo libra de ser blanco de los sediciosos para una arriesgada acción de propaganda: la toma de una emisora durante la transmisión de un clásico de fútbol.
Algo así, efectivamente, pasó en 1969, cuando Peñarol jugaba la final de la Copa Libertadores y los tupas tomaron Radio Sarandí, pusieron una cinta sin fin, y se mandaron mudar. Toda una generación de uruguayos recuerda cómo se mezclaban esa noche en el aire la propaganda subversiva con las maldiciones del gran Carlos Solé, maestro de locutores deportivos (cuyo hijo cayó luego víctima de injustas sospechas, fue encarcelado, y años después ni siquiera lo dejaron ir al velatorio de su padre). La película, como ya dijimos, ubica la acción en 1973, cuando los ánimos estaban demasiado caldeados para bromas, y el gesto necio de una de las partes bien podía servirle de excusa a la otra, para hacerse con el mando. Pero hay algo más: la destrucción de la amistad, de la confianza, el abuso que sufre en circunstancias como éstas la gente pacífica, que quiere mantenerse ajena, sin que la dejen. El asunto es evocado, en tiempo presente, por la hija del policía y el hijo del vecino, que entonces eran apenas dos chicos en natural proceso de enamoramiento. Asunto interesante, de personajes atractivos, aunque de dramaturgia y puesta en escena, mejorables, si bien cabe advertir el equilibrio con que esta vuelta quisieron pintar aquella época.
Autor del guión, Ricardo Fernández Blanco, uruguayo afincado en Madrid desde los 18 años. Directora, Ana Díez, navarra, cuyo documental «La mafia en La Habana» supo darse por cable. La ambientación, prácticamente sin reproches. La entonación oriental de los argentinos del elenco, de aceptable para arriba.
Señalables, también, un coronel dicharachero, seguido del típico colimba cebador de mate, y un chofer militar que recita el «Martín Fierro», ninguno de los cuales será finalmente lo que parece. Música de Lucio Godoy, entrerriano afincado en Madrid.
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