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22 de noviembre 2006 - 00:00

Rebelde Altman marcó tres décadas de cine

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Robert Altman este año, cuando ganó el Oscar a la trayectoria. Había sido nominado siete veces antes, aunque nunca lo obtuvo.
Un casco de guerra del que brotaban dos piernas de mujer: la desafiante imagen del afiche de «Mash», en pleno Vietnam, tomó por sorpresa al público. Los cirujanos de campaña Donald Sutherland y Elliot Gould, en esa guerra que era Corea pero que aludía a Vietnam, se divertían con «lengua ardiente», una enfermera sorprendida por un micrófono indiscreto, debajo del catre de campaña en medio de la pasión, y cuyos gemidos amplificados resonaban a la noche por los altoparlantes de todo el destacamento. El responsable de ese humor cáustico, poco usual para la época (a Vietnam se lo satirizaba, sí, pero de otras formas más burdas) era Robert Altman, fallecido ayer en Los Angeles a los 81 años.

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«Bob murió anoche», dijo un portavoz de su productora Sandcastle 5, sin dar detalles acerca de su deceso. El realizador, quien este año había recibido el Oscar a la trayectoria y cuya última película en cartel fue «A Prairie Home Companion» (que en Buenos Aires se estrenará en enero con el título de «Noches mágicas de radio»), se destacó especialmente, durante los tramos medulares de su larga carrera (que no empezó con «Mash») por la visión cínica de la sociedad. Altman fue setentista pleno, «contracultural», aunque depurado en los 80 y 90.

«He sido muy afortunado en mi carrera ya que nunca tuve que dirigir una película que yo no eligiera personalmente», dijo Altman al recibir el Oscar este año. Anteriormente había estado nominado siete veces, aunque la Academia nunca se lo concedió. En esa ceremonia, hizo una revelación impresionante: «Hace 10 u 11 años tuve un transplante de corazón. Me dieron el corazón, creo, de una mujer joven quien estaba en sus 30 años. Y haciendo este cálculo, quizás me están dando este premio muy pronto, porque creo que a ella le quedaban como 40 años más y tengo la intención de vivirlos así», dijo entonces.

De «Noches mágicas de radio», presentada a principios de año en Berlín, la crítica llegó a decir que el anciano Altman, por primera vez en su carrera, había empezado a plantear preguntas sobre la muerte.

Nacido el 20 de febrero de 1925 en Kansas City, Altman se educó en colegios jesuitas, luego se hizo matemático, y llegó a participar en la Segunda Guerra Mundial como piloto de bombarderos. Su primer contacto con el cine lo llevó a Nueva York, donde empezó su trabajo como guionista. En 1957 estrenó «Vidas perdidas» («The Delinquents», su primer largometraje, que si bien ya daba indicios de un estilo personal, su nombre no saltaría al primer plano sino hasta «Mash», en 1970. Antes, también hizo escuela y adquirió oficio como director y guionista de innumerables series de TV (entre ellas «Bonanza», «Maverick» y «Combate»).

A partir de «Mash», el rebelde Altman siempre afrontó desafíos, y mantuvo una de las relaciones más ciclotímicas posibles con la crítica y el público. Con «Imágenes» (1972) se ganó, casi incondicionalmente, a los espectadores «psi» (las alucinaciones de Susannah York tenían una intensidad superior inclusive a los infiernos de Bergman), aunque un año más tarde defraudó a los fans del film noir con su adaptación de «El largo adiós».

En 1975, «Nashville» lo elevó a la condición de ídolo, sobre todo por los incondicionales de la música country (un estilo sobre el que regresa en su última película), y luego volvió a seducir a los adictos al cine psicologista con «Tres mujeres» y «Un día de boda».  

Tras el extraño y apasionante experimento polar de ciencia ficción «Quinteto» (donde congeló a Vittorio Gassman, Paul Newman, Fernando Rey y Bibi Andersson, entre otros), desconcertó aun a sus más acérrimos defensores con uno de los mayores fiascos del cine basado en historietas, «Popeye», con Robin Williams en el protagónico y Shelley Duval (la flaca morocha de «El resplandor»), haciendo de Olivia: una de las cimas de la bizarrería y el disparate. También la crítica le masacró su mediocre «Prêt à porter», sobre el mundillo de la moda. En esos casos, ponía su mejor sonrisa malévola y declaraba: «Mis películas no fueron hechas para ser gustadas».

En 1992 estrenó la que tal vez sea su mejor película de la última etapa, «The Player» («La regla del juego»), una de las radiografías más cínicas y desopilantes de la industria de Hollywood y sus ejecutivos actuales, marketineros, de tan poca personalidad más allá del «mercado». La película se iniciaba con un impresionante «tour de force»: una réplica, sin corte de montaje y con cámara aérea, del comienzo de «Sed de mal» de Orson Welles, mientras dos personajes hablaban de ese film.

En manejo de cámara, Altman fue también un eximio estilista: «Gosford Park» (2001), concebida sobre el modelo del policial inglés, hacía de la visión de la cámara un personaje más, tal vez el más importante.

En su vasta obra también se cuentan films como «El volar es para los pájaros» (1970), «Los delincuentes» (1974), «Una pareja perfecta» (1979), «Extraña pasión» (1985), «Terapia de grupo» (1987), «Vincent y Theo» (1990), «La fortuna de Cookie» (1999) y «El doctor y las mujeres» (2000).

Y sobre todo hay que mencionar «Ciudad de ángeles» («Short Cuts», 1993), una de las primeras películas «corales» sobre Los Angeles que engendraría en años sucesivos casi un subgénero.

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