Cyril
Connolly,
crítico feroz
y mordaz
ensayista,
fue un autor
de culto en
la Argentina
a partir de
los años ’40,
cuando fue
publicado
por la
editorial de
la revista
«Sur», de
Victoria
Ocampo.
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Connolly fue miembro central del penúltimo momento glorioso de las letras inglesas, la generación Brideshead ( Evelyn Waugh, Isherwood, Auden, Orwell, Graham Greene). Era consciente de que ser escritor requiere estar poseído por el don y la obsesión creativa, que la obra debe estar por encima de las contingencias de la vida diaria y que a ella ha de sacrificar el autor su tiempo entero, y él era demasiado hedonista -«el ocio, ese horrible intervalo entre comida y comida», decía-, inseguro y perezoso para atreverse con la poesía, su gran pasión. Intentó dos novelas que no alcanzaron la altura que él mismo exigió: que tuviesen una vigencia de al menos diez años, y a partir de su renuncia -«a quien los dioses quieren destruir, primero le llaman promesa»- puso el listón tan alto que su vara de medir el talento ajeno sigue siendo referencia. A cambio de la obra maestra que no supo escribir, volcó todo su saber literario en ensayos creativos en los que mezcló diario, memorias, crítica, reflexión, aforismos y malévolas boutades («un artista es un miembro de la clase ociosa que no puede sufragar su ocio»), consejos ( «mejor escribir para ti mismo y no tener público, que escribir para el público y no tenerte a ti») o advertencias en tiempos de tiranos: «La civilización la mantienen muy pocas personas en un pequeño número de lugares y sólo necesitamos algunas bombas y unas cuantas prisiones para hacerlos desaparecer a todos a la vez».
Bajo la trituradora de su escepticismo pasan no sólo su desengaño por una sociedad que avanzaba, decidida, al uniformismo iletrado -lamentaba que la juventud había dejado de leer: sólo «veía»-, sino de una literatura que iba a consistir en la transcripción de las conversaciones telefónicas de Truman Capote, pero también avaló la poesía de Eliot, Auden o las novelas de su generación.
La edición española recoge ejemplos de parodia de otros estilos (parodia a Bond, él que asesoraba a Fleming sobre cómo debía vestir el agente 007 o a qué temperatura servir el champán), comentarios de alto calado poético, su compromiso político, en una época convulsa por los totalitarismos y también despliega su humor y su causticidad al tratar temas tan dispares como la búsqueda deportiva de una casa a través de mil inmobiliarias, el coleccionismo compulsivo de libros, las costumbres de los lémures o la descripción de las hormigas león.
«Enemigos de la promesa», su obra maestra, es un vigente tratado sobre lo que considera gran literatura, en el que expone también un manual de peligros del buen escritor (como esa versión del «o libros o niños» de Nietzsche, «el peor enemigo del escritor es el cochecito de bebé en el recibidor»). En la parte inédita habla de Joyce, Sartre, Hemingway, Camus, Orwell («Orwell era un animal político. No podía ni sonarse la nariz sin soltar una proclama sobre las condiciones laborales en la industria del pañuelo»). Incluye artículos demoledores sobre los críticos literarios y los escritores de oficio.
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