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23 de agosto 2007 - 00:00

"Reyes y reina"

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Reyes y reina» de Arnaud Desplechin, niño mimado de la crítica francesa, puede confundir por la cantidad de personajes y vínculos, pero así y todo mantiene el interés hasta un final regocijante.
«Reyes y reina» (Rois et reine, Francia, 2004, habl. en francés). Dir.: A. Desplechin. Int.: E. Devos, M. Amalric, M. Garrel, C. Deneuve, M. Woch, H. Girardot, G. Carey, V. Lelong, J.P. Rousillon, F. Toumarkine.

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Esta película dura 150 minutos, que para algunos pueden pasar volando, porque es bastante entretenida, pero a otros les causará una confusión por minuto, por la cantidad de personajes y relaciones parentales que van surgiendo, y lo antojadizo de algunas situaciones. ¿Cómo es que un escritor ya viejo y achacoso no tiene un solo médico conocido, y la hija que tanto lo quiere no sabe si su padre está operado de algo, o si toma remedios? ¿Por qué ella de pronto viaja como loca para encajarle el hijo en adopción justo a un ex marido que está internado por loco? ¿Por qué más tarde las autoridades lo sueltan de buenas a primeras? ¿Qué pasa con un tal Simón? Etcétera, etcétera.

Por menos que esto los racionalistas franceses han colgado gente, pero Arnaud Desplechin es el niño consentido de la crítica parisina, y entonces esos detalles se pasan por alto, o directamente se festejan, igual que sus variados cambios de tono, y sus antojos. ¿Por qué el comienzo de este film remeda el comienzo de «Muñequita de lujo» (una mujer elegante baja del auto en la mañana, con su desayuno barato en la mano, y mira una vidriera lujosa mientras suena «Moon River»)? Quizá simplemente quiso darse el gusto de filmar esa escena, o quizá busca discutir aquel famoso dicho sobre el valor de la primera impresión, porque el personaje que compone Enmanuelle Devos es bien distinto al que componía Audrey Hepburn.

En fin, digamos que eso contribuye al entretenimiento, igual que las frecuentes alusiones al mito de Tíndaro y Leda, y otros mitos igualmente enrevesados que surgen como al pasar en diversas láminas al alcance de los personajes. Enrevesada también la historia, donde una joven y altiva señora habla a cámara, atiende su galería de arte, su padre agonizante, su prometido distante, su hijito, el fantasma de su primer marido (un presumido), y el mencionado loco (otro presumido), quien también tiene unos cuantos parientes y conocidos. Si uno trata de conocer a todos, no tiene tiempo de aburrirse. Y si llega hasta el final, bien, ahí tendrá algunos lindos placeres.

Uno, el modo en que el jefe del cuarteto de músicos donde toca el ex marido pone ciertas cosas en su lugar. Otro, el modo en que el padre describe a su hija («Como leche cortada, tu orgullo se volvió vanidad agria, coquetería estúpida», y cosas similares). Luego, la regocijante escena en que el padre del loco «atiende» a unos asaltantes en su mercadito. Ese personaje es una delicia, lo mismo que los enfermeros, que por algo se llamarán Próspero y Calibán, y ninguno de los tres parece tomarse el drama del músico demasiado en serio. Tal vez tampoco se tomen en serio la película. Buenísimo el modo en que Próspero mueve su cabeza negando y afirmando al mismo tiempo. Señalable, el modo de incorporar a Yeats, Apollinaire, y otros poetas, allí donde Claude Lelouch hubiera puesto unos simples aforismos, adecuados a un mayor movimiento de la cámara.

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