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26 de octubre 2007 - 00:00

Roma ovacionó al fóbico Malick

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Roma - Finalmente, se dejó ver: Terrence Malick, el director de culto llamado el «Salinger del cine» por sus fobias sociales y su obstinación en que no se lo reconozca, aceptó un reportaje público la noche del miércoles en el Auditorium del Festival. Realizador de sólo cuatro películas en 30 años («Mala tierra», «Días de gloria», «La delgada línea roja» y «El nuevo mundo»), Malick, que físicamente se asemeja a Osvaldo Soriano, aunque con ojos claros y una permanente sonrisa triste, o de compromiso, apareció sobre el escenario de la sala Petrassi flanqueado por dos críticos italianos que fueron sus interlocutores.

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Uno de ellos, Mario Sesti, se dirigió previamente al auditorio para formular las recomendaciones de rigor: «Ustedes, hagan como que no están. El maestro quiere suponer que la charla será sólo con nosotros, junto al fuego del hogar. Que a nadie se le ocurra sacar una foto, por supuesto, y tampoco podrán hacer preguntas. Queremos agradecer al maestro, que pese a su extrema timidez aceptó este primer reportaje». La sala atronó en una ovación, siendo así la primera vez en la historia que se aplaude a alguien por ser tímido y fóbico. En fin, el cine todo lo puede y lo permite, hasta estas zonceras.

La extrema susceptibilidad de Malick (a esta altura, insoportable ya) también forzó a que se hablara lo menos posible de su obra. Dice que no le gusta referirse a ella, y que nunca vuelve a ver sus películas. Por eso mismo, la charla se inició sobre su tema favorito, el cine italiano, en especial el de los 50 y 60. Con clips de películas de Totò, «El sheik blanco» de Fellini, «Il posto» y «Los desconocidos de siempre», entre otras, proyectadas sobre la gran pantalla, la conversación giró sobre su pasión por la gran tradición de la comedia italiana. Reivindicó, pese a la mala cara de algunos críticos locales, el cine y la persona de Roberto Benigni, y dijo que el guión mejor escrito del cine italiano era el de «Divorcio a la italiana», un «auténtico modelo». También reconoció no ver mayormente el cine contemporáneo. Por ejemplo, cuando se le mencionó en un momento «La rosa púrpura de El Cairo» de Woody Allen dijo que «había oído hablar de ella».

Entre las curiosidades que contó -siempre movido a hacerlo por su interlocutores- la más rara fue que, en sus escasos años de periodista para «The New Yorker», lo comisionaron a cubrir el asesinato del Che Guevara en Bolivia. Y la conclusión no podría ser más Malick: «Llegué allí, no entendía nada de qué se trataba todo, estuve perdido unos días, y me volví. Jamás publiqué ese artículo».

Al lado, en la sala mayor, el contraste no podía ser más fuerte: Sean Penn (que vino a presentar el film «Into The Wild», que sólo dirige) no le tiene miedo a las cámaras fotográficas, las ama. Mientras le donne romane lo saludaban casi aullando a medida que ingresaba por la alfombra roja con paso firme, correcto y político, los flashes no cesaban de disparar sobre él. Entre sus declaraciones de la noche hubo una de extrañas resonancias: «Basta con las dinastías políticas, Hillary Clinton representa lo peor de los demócratas».

El Festival, que se acerca a su meta de llegada, exhibía ayer por la noche la representante argentina (aunque se trata de una coproducción donde intervienen varios países, y que distibuye la Fox): «El pasado», de Héctor Babenco, con Gael García Bernal, sobre la novela de Alan Pauls, y a cuya proyección era esperado el productor Oscar Kramer.

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