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13 de abril 2007 - 00:00

"Segovia" hace poesía pero no siempre luce inspirada

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Antonio Grimau, el mafioso que descubre la poesía, y Mario Pasik, el poeta, en una escena de «Segovia», de Jorge Accame.
«Segovia (o de la poesía)» de J. Accame. Dir.: V. Cosse. Int.: A. Grimau, M. Pasik, M. Coria, V. Cosse. Vest.: C. y A. Bologna. Ilum.: H. Calmet, M. Morales. Esc.: H. Calmet. ( Teatro Sarmiento).

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El encuentro entre un poeta y un mafioso da pie a un inesperado debate sobre la poesía y el amor que va cobrando temperatura entre amenazas de muerte y numerosas botellas de vino. Si la música calma a las fieras, aquí podría decirse que la gran panacea para el espíritu es la poesía, capaz de sensibilizar hasta al más zafio.

Eso es, al menos, lo que da a entender Jorge Accame (el elogiado autor de «Venecia») cuando pone a dialogar al poeta Juan Cízico (Mario Pasik) con Fernando Segovia (Antonio Grimau), un matón destrozado por el abandono de su bella mujer, quien acaba de fugarse con el poeta Marcelo Atanassi, amigo de Cízico. Segovia irrumpe furioso en la casa del poeta preguntando por el paradero de su rival y, mientras Cízico intenta calmarlo leyéndole algunos textos, el hombre empieza a sentirse identificado con esas historias sin sospechar que fueron escritas por su archienemigo. En cambio, los poemas de Cízico no son de su gusto y tiene razón, pero cuando explica sus razones lo hace con una literalidad muy cómica.

Pasik y Grimau dan vida a un interesante par de opuestos, si bien la presencia de este último se impone durante toda la obra por la gracia con que encarna a este asesino «sensible», tan diferente de los mafiosos que hizo en televisión. También se destaca Martín Coria en el papel de guardaespaldas, con una nota de ternura sobre el final.

No convence la inclusión del autor como personaje (papel a cargo de Villanueva Cosse, director de esta puesta), a quien Cízico le relata todo lo sucedido en aquel encuentro con Segovia: el espectador se va enterando de lo mismo a través de la acción y eso le quita interés a la historia. En consecuencia los momentos que más se disfrutan de la obra son aquellos en que los protagonistas discuten a solas acerca de la verdad, la fabulación y la literatura. La escenografía de Héctor Calmet reproduce fielmente el espacio de un escritor.

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