Se aprecia la relación de sano afecto entre los personajes: una muchachita, casi criatura todavía, aprendiz de peluquera, y un afilador de cuchillos y tijeras, que actúa para ella, tratando de alegrarla, y para nosotros, expresando en su rostro los recuerdos que a ella le esconde. Señalable, también, ese modo indirecto de sugerir las cosas. Y por ahí va el otro mérito, pero asimismo el riesgo: la historia entera, una historia que apenas tiene anécdota, refleja en forma indirecta algo más fuerte, y muy personal, de la propia autora.
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