Alguna vez éste gran escritor inglés, que conquistara el Premio Booker con su novela «G.», sostuvo que «los escritores son los secretarios de los muertos», y el se propone ser el escriba de esos fantasmas que encuentra por su camino. Y para comenzar, en una plaza de Lisboa, Berger descubre a su madre y comienza con ella una serie de paseos. «Desde mi muerte he aprendido mucho. Deberías utilizarme mientras estás aquí. En una persona muerta se pueden buscar las cosas como en un diccionario», le explica su madre. El retrato de esa mujer es una admirable suma lista de los rasgos que fueron esencia de su vida. Una trazo leve, apenas una frase, describe su ternura; una gruesa su reto: «No presumas de culto. No tienes que impresionar a nadie». Berger ha sabido trasladar su calidad de artista plástico a la literatura, y en pocos trazos -como en ese cuadro suyo que ilustra la tapa del libro- da vida a una «naturaleza muerta». Además de utilizar su experiencia de dramaturgo haciendo que se manifieste en sus diálogos tan escuetos como iluminadores. Y, desde la perspectiva estrictamente literaria, los encuentros con ese fantasmas de su pasado le permiten a Berger fusionar,de forma deslumbrante, narrativa de viajes con literatura fantástica, poesía con ensayo, gastronomía con filosofía, y construir otra obra tan atractiva como inclasificable. Buscando posible antecedentes se podría relacionar «Aquí nos vemos» con «Los anillos de Saturno de W.G.Sebald y «Trieste» de Claudio Magris, pero acaso el conjunto de este libro remita fundamentalmente a esa imagen que John Berger ofrece de su admirado Jorge Luis Borges: «su imaginación se convirtió en infatigable coleccionista de objetos olvidados, de reveladoras anotaciones rotas, de fragmentos perdidos». Y el conmovido epitafio que imagina frente la tumbar de Borges en Ginebra - «amaba la exactitud, cuando escribía quería llegar hasta donde había elegido llegar»- podría servir también para definir su propio modo de encarar la literatura.
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