21 de febrero 2005 - 00:00

Los que bailan deambulan por la Ciudad en silencio

"Agradecemos al Gobierno de la Ciudad por hacer de Buenos Aires una ciudad cada vez más triste.» Ese cartel se leía en la puerta del local «Mamarracha», ubicado en Armenia y Costa Rica, en el corazón de Palermo Soho. La ciudad parece prolongar el luto y los principales locales que ofrecen baile continuaron cerrados. Conforme pasan los días sin fiesta, no sólo la Policía patrulla las calles controlando, sino que los jóvenes hacen lo propio en busca de espacios donde se permita recuperar algo de la diversión perdida en Buenos Aires, aunque sea a contramano de los decretos de Aníbal Ibarra y de la tragedia de Cromañón.

En Palermo Hollyowood, Las Cañitas, San Telmo, Recoleta y Barrio Norte, entre los barrios elegidos no sólo por locales sino por turistas jóvenes que llegan a la Ciudad con la promesa de que encontrarán «la mejor movida de Latinoamérica», abren los locales y pasan música baja con la advertencia de que el baile está prohibido. Varios boliches de esas zonas ofrecen tragos y música, pero en la puerta advierten expresamente que, de ingresar, no se podrá bailar. Ante este triste panorama sin boliches, prolifera el negocio de las fiestas clandestinas, aunque más que con afán de lucro sus organizadores (casi siempre DJ o relacionistas públicos) las programan con el objetivo de mantener a los clientes entretenidos. No son nuevas las fiestas electrónicas en casas derruidas que se alquilan sólo para esos fines, sótanos o galpones -todo esto obviamente sin habilitación-destinados a fiestas privadas donde terminan concurriendo hasta 5.000 entusiastas. Varias veces se vieron interrumpidas inesperadamente por la irrupción de la Policía, pero eso ocurría cuando los organizadores no preveían el pago a los oficiales para que no estropearan la diversión.

En tanto, son legión las casas más chicas en las zonas de Palermo o San Telmo donde basta con tocar la puerta correcta para encontrar dentro una fiesta inimaginada con importante número de concurrentes. Van desde las modernas «jam sessions» donde asisten músicos y «zapan» para los invitados, hasta las veladas teatrales e instalaciones artísticas que siempre terminan en baile trasnochado.

Mayormente, se trata de casas de varios pisos, muchas veces con terrazas al aire libre donde se baila y salta. Una vez dentro no hay que ser demasiado perspicaz para preguntarse si el piso soporta tal cantidad de saltarines o advertir que las estructuras están en peligro de derrumbe.

El baño es el de una casa destinada a una familia, con lo cual habitualmente se quedan sin agua y se tapan ante un uso para el que no están preparados.

Pero volviendo a la tristeza que se advierte en los barrios de moda, a la fiebre de controles se sumó en Palermo Hollywood la prohibición de ubicar mesas en la calle. Los presentes se sorprendieron primero y luego pensaron que la acción obedecía a las quejas de vecinos por los habituales asaltos de donde suelen sustraer, a aquellos que eligen la vereda, relojes, celulares y demás piezas de valor. Sin embargo, se supo que los «secuestros» de mesas por parte de la Policía el viernes a la noche estaban amparados en la ley contravencional que impide el uso del espacio público para usufructo privado.

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