Cuando la Ciudad oscurece, los jardines del Rosedal de Palermo ya no están ocupados sólo por aerobistas. Ahora comparten el predio con travestis.
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Los invasores parecen resistentes a las más bajas temperaturas: sus cuerpos casi desnudos contrastan con los abrigados corredores que quieren quemar grasas.
La reforma del Código de Convivencia de la Ciudad de Buenos Aires hizo posible el milagro de que compartan el predio quienes ejercen la prostitución con los que creen en la vida sana. Una mezcla incompatible.
Los aerobistas siguen corriendo, pero su número va en retroceso. En cambio, la invasión de travestis, que comenzó con una cabecera de playa, cada vez ocupa más terreno. Al principio, «guardaban las formas». Las prácticas sexuales (sexo oral es la más habitual) las hacían dentro de autos o buscando la cobertura de los árboles. Pronto un «pionero» lo hizo en una de las calles internas. Muchos lo siguieron, y ya la mayoría dejó de lado los recaudos y los escondrijos: ahora es común verlos hacer el acto a la vista de todos los que circulan por el Rosedal. Un fantástico monumento a Nicolás Avellaneda, pintado por aerosoles con leyendas de bajo vuelo, parece representar el sentir de la mayoría: está de espaldas al lugar donde se concentran los travestis.
• Transformación
El parque, que es un orgullo de la Ciudad porque en él se plantaron más de cien variedades de rosas, mantiene estatuas de reconocidos escultores -entre ellos Rodin-, tiene un patio sevillano y una pérgola que deleitan a turistas, se ha transformado en un prostíbulo nocturno a cielo abierto, y en un depósito de preservativos usados a la vista de todos, particularmente de chicos, durante el día. Esos preservativos esparcidos por los jardines y las calles parecen los restos de una fiesta aberrante que se celebra cada noche, que el Gobierno de la Ciudad -que encabeza Aníbal Ibarra- no auspicia, pero la permite.
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