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La reunión navegó por cuestiones jurídicas, lo que no la volvió apasionante salvo para quienes participaron en ella (en el caso de Timerman, la prolongada compañía de Garzón lo está incluyendo en el club de los juristas). Comenzó, claro, por un elogio de Garzón al fallo por el que la Corte dictaminó la inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. «Lo leí completo y me pareció excelente», dijo el español. Opinó también sobre la constitucionalidad de los indultos: «No se me ocurre cómo se puede indultar a quien no fue condenado». Después comenzó a preguntar sobre otras causas. Por ejemplo, las investigaciones sobre los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA. «En realidad, tenemos muy pero muy poco», le comentaron antes de reseñarle las principales hipótesis que circulan en la Argentina desde que se produjeron los hechos.
Vaya a saberse qué efectos provocaron las experiencias de Garzón con el terrorismo en los tres jueces que lo escuchaban. Tampoco hubo indicios acerca de que el juez conociera que Argibay, Zaffaroni y Maqueda denegaron el pedido de extradición de España para Jesús María Laris Iriondo, el terrorista transferido a la Argentina desde el Uruguay, donde fue localizado por la inteligencia española. Curiosidades de la internacionalización judicial: entre los argumentos para no conceder la extradición figuraban los autos de procesamiento del propio Garzón. ¿Cuándo los actos terroristas deben ser considerados crímenes de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptibles? ¿Cuándo meros crímenes políticos, para los que cabe el derecho de asilo? Estos interrogantes, que atraviesan la actividad judicial en todo el mundo, no se plantearon ayer en la mesa. No era la «Casa Roca» el lugar ni el almuerzo la hora para discutir esas honduras.
Sí, en cambio, el español manifestó su disgusto -similar al de José Luis Rodríguez Zapatero- porque el presidente del Superior Tribunal de Justicia de su país, Francisco José Hernando, justificó la política de la policía inglesa de «tirar a matar» en el caso de sospechosos de terrorismo. Todo en el contexto de la muerte por error del brasileño Jean Charles Menezes, quien fue acribillado con cinco tiros en la cabeza por confusión.
Interés de Garzón por las experiencias de Argibay en el tribunal internacional de La Haya y condena unánime en la mesa a las agresiones contra Estela de Carlotto, el lunes, a la salida del Teatro Cervantes, por un grupo de personas que se identificaban como familiares de las víctimas de Cromañón. Y también algunas incursiones en hobbies y gustos. Por ejemplo, el de Garzón por la vida que lleva en el Village, donde vive ahora que profesa en la New York University. «Nadie me reconoce, como sucede en España e inclusive aquí, donde me he cruzado con gente que me identifica por la televisión, y además puedo pasar los días sin las tensiones que me rodean en mi país, lamentablemente.»
Comentarios sobre vinos, una especialidad de Garzón, y sobre las dificultades que aparecen en Buenos Aires para que a uno le preparen la carne poco cocida, «bleu».
Trivialidades de alguien que se aprestaba a volar hacia El Calafate, donde pasaría varios días con su esposa y algunos amigos argentinos, discutiendo cuál es el mejor punto para disfrutar del cordero patagónico, materia sobre la que fue Timerman quien se reveló un experto. No era para menos, en un «K» de su jerarquía.
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