El decreto que releva la obligación del secreto a los espías navales traslada al mismo tiempo a los jueces y funcionarios de los tribunales la obligación de guardar hermetismo sobre los mismos secretos. Un servicio de inteligencia extranjero que quiera o necesite, como es usual, compartir sus secretos con la Argentina deberá, de ahora en más, hacerlo con los jueces y no con los espías. Primero deberánlos magistrados probar que son más eficaces que los marinos en guardar la reserva de sus funciones, algo que no saben hacer, según lo prueba el simpático affaire de Trelew. ¿Fallaron los espías al mirar más allá de lo que la ley les ordena o fallaron al no saber mantener el secreto de su tarea? Pareciera esto último por lo que se conoce de los expedientes que reunían los ociosos marinos (recortes de diarios, copypast de Internet con menciones a San Telmo, provincia de Bs. As,. como la cuna de Nilda Garré o largos prontuarios del matrimonio Bush bajados naturalmente de la red de redes).
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¿Era abominable esa práctica? Claro que sí, aunque más reprobable es que estos espías, que cobran por proteger con prácticas a veces clandestinas que el público prefiere a veces no mirar, se dejasen descubrir con tanta facilidad. Con eso han perdido el fuero que les da la ley para guardar secretos y se exponen al castigo. Cuando se produjo el « tejerazo» en las Cortes de España (intento de golpe encabezado por el teniente coronel Antonio Tejero) le preguntó la TV al jefe de guardia civil si había en el recinto alguno de ellos. «No hay guardias civiles en el recinto», responde. Repregunta: «Mire que hay gente con el uniforme de guardia civil en el recinto». «Eso es otra cosa -dijo-. Puede ser que algún guardia civil haya entrado al recinto, pero por el solo acto de hacerlo ha dejado de ser guardia civil. O sea, señorita, que no hay ningún guardia civil en el recinto.» Con el destape de Trelew, los espías han perdido su condición de tales y han perdido los fascinantes fueros del espionaje; que los defienda Dios.
Por eso es razonable que el gobierno desmantele la célula de inteligencia naval de la Base Almirante Zar. Descubierta y puestos sus papeles a la luz pública ya no sirve para nada. Se ve en las películas. Como los espías y el espionaje son necesarios, se rearmará en otro lado, con otros agentes más eficaces y leales que éstos que por una pelea de burócratas terminaron confesando ante la prensa lo que no debían confesar jamás.
Quedan sin defensa algunos frentes que debieron cubrir esos espías. Por caso, la información que recibe el país de otros servicios y es útil para preservar la seguridad en las fronteras, vigilar la depredación del mar argentino o alzar alguna barrera decorosa contra el terrorismo. Todo eso dejará por un tiempo de venir al país, hasta que sus espías se rehagan y vuelvan a ser confiables. Eso es lo que ha costado este sketch. Para unos poco, para otros muchísimo.
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