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Poco antes, en 1997, su hijo mayor, Hadi, murió en un enfrentamiento. Tenía 18 años. Un dato más para alimentar el mito.
A pesar de la retirada israelí, Nasrallah no dejó las escaramuzas militares al tiempo que se fortalecía en la política interna libanesa. Gracias al importante respaldo financiero iraní, Hizbollah ha creado una efectiva red de asistencia social que proporciona ayuda, desde médicos a maestros, a la empobrecida población chiita. Su influencia está garantizada en las populares barriadasdel sur de Beirut. Cuenta con su propio canal de televisión, Al-Manar, que ven 10 millones de personas, y que aprovecha el jeque para nutrir la guerra psicológica contra el enemigo judío.
Casado con Fatima Yassin, a Nasrallah le quedan tres hijos. Apasionado lector, no desdeña las biografías de sus enemigos, incluidas las «Memorias» de Sharon, para conocerlos hasta el más mínimo detalle. Aunque la formación de un Estado teocrático al estilo iraní sea casi un imposible en el Líbano, el clérigo sigue pensando que el islam es la solución de todos los problemas. «El islam no es una simple religión, con rezos y creyentes. Tiene un mensaje divino, y puede responder a cualquier pregunta, incluso de la vida privada.»
Con los últimos ataques, se supone que Israel lo tiene entre sus objetivos. Aunque el remedio puede ser peor que la enfermedad. Poco después de la muerte de Mussaui, el anterior líder de Hizbollah, un coche bomba contra la Embajada de Israel en Buenos Aires mató el 17 de marzo de 1992 a 29 personas. Los indicios apuntaban al grupo chiita como un acto de venganza. En mayo de 1994, un comando israelí secuestró a un dirigente de la milicia. El 18 de julio de ese año, un ataque suicida dejó 85 muertos en un atentado contra las oficinas de la comunidad judía, otra vez en Buenos Aires. Acabar directamente con Nasrallah supone un nuevo dilema para Israel.




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