17 de julio 2006 - 00:00

Brazo que pudo llegar a la Argentina

Peligroso de enemigo para Israel desde hace más de dos décadas, el jeque libanés Hassan Nasrallah, líder de Hizbollah, va camino de convertirse en una pesadilla eterna. Paso a paso, se ha situado en la elite que maneja los hilos del laberinto de Oriente Próximo. Y eso que su carrera no fue fácil. Para el alto clero chiita libanés, es un desclasado. No nació en el Valle de la Bekaa, la cuna más selecta de ese grupo, y tampoco ha seguido intensos años de estudio en los centros religiosos iraníes. Sólo un par de años en Qom.

Nacido en 1960, dicen que de niño, cuando sus compañeros jugaban al fútbol, él se sumergía en los textos coránicos. A los 15 años ya militaba en un grupo armado y se trasladó a la ciudad iraquí de Nayaf para continuar sus estudios. Tres años después fue expulsado por el gobierno de Bagdad, como cientos de libaneses, y volvió a su país en plena guerra civil. De inmediato, los líderes religiosos chiitas repararon en un joven barbudo que cautivaba con su lúcida oratoria y extremismo.

La invasión israelí del Líbano en 1982 fue el acicate que necesitaba el joven Nasrallah para subir a la cúspide. Aunque operativa desde 1982, la milicia Hizbollah no hizo su aparición pública hasta tres años después. En estos años fue el comandante más avezado hasta que en 1992 llegó al liderazgo de Hizbollah. Su líder, Mussaui, había muerto en un ataque israelí.

Con el apoyo explícito del ayatollah iraní Ali Khamenei, Nasrallah intensificó el combate contra las fuerzas hebreas. Siria también lo vio con buenos ojos y permitió que Hizbollah se asentara en el sur del Líbano, en la frontera con Israel, a cambio de retener la última palabra sobre las acciones militares.

  • Interpretación

  • En 2000, la histórica retirada de Tel Aviv del Líbano fue interpretada en el mundo árabe como una rotunda victoria del jeque.

    Poco antes, en 1997, su hijo mayor, Hadi, murió en un enfrentamiento. Tenía 18 años. Un dato más para alimentar el mito.

    A pesar de la retirada israelí, Nasrallah no dejó las escaramuzas militares al tiempo que se fortalecía en la política interna libanesa. Gracias al importante respaldo financiero iraní, Hizbollah ha creado una efectiva red de asistencia social que proporciona ayuda, desde médicos a maestros, a la empobrecida población chiita. Su influencia está garantizada en las populares barriadasdel sur de Beirut. Cuenta con su propio canal de televisión, Al-Manar, que ven 10 millones de personas, y que aprovecha el jeque para nutrir la guerra psicológica contra el enemigo judío.

    Casado con Fatima Yassin, a Nasrallah le quedan tres hijos. Apasionado lector, no desdeña las biografías de sus enemigos, incluidas las «Memorias» de Sharon, para conocerlos hasta el más mínimo detalle. Aunque la formación de un Estado teocrático al estilo iraní sea casi un imposible en el Líbano, el clérigo sigue pensando que el islam es la solución de todos los problemas. «El islam no es una simple religión, con rezos y creyentes. Tiene un mensaje divino, y puede responder a cualquier pregunta, incluso de la vida privada.»

    Con los últimos ataques, se supone que Israel lo tiene entre sus objetivos. Aunque el remedio puede ser peor que la enfermedad. Poco después de la muerte de Mussaui, el anterior líder de Hizbollah, un coche bomba contra la Embajada de Israel en Buenos Aires mató el 17 de marzo de 1992 a 29 personas. Los indicios apuntaban al grupo chiita como un acto de venganza. En mayo de 1994, un comando israelí secuestró a un dirigente de la milicia. El 18 de julio de ese año, un ataque suicida dejó 85 muertos en un atentado contra las oficinas de la comunidad judía, otra vez en Buenos Aires. Acabar directamente con Nasrallah supone un nuevo dilema para Israel.

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