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Una simpatizante de Alan García sostiene un cartel de la campaña.
Perú le dio una nueva oportunidad para revertir los errores
del pasado.
Al ritmo del subibaja de las encuestas, por momentos criticó y en otros simplemente ignoró a la conservadora Lourdes Flores, su rival por el codiciado segundo puesto que abría la puerta del ballottage. Por último, intervino públicamente cada vez que se mencionaba la posibilidad de un retiro de la candidatura del también moderado ex presidente Valentín Paniagua (2000-2001), excitando el orgullo de éste de modo que siguiera en la pelea y terminara restándole a Flores votos vitales. Un pecado que los simpatizantes de la socialcristiana nunca le perdonarán a este hombre mayor, que supo conducir en calma la compleja transición del posfujimorismo.
El resultado del 9 de abril fue perfecto para García, ya que, como pretendía, lo dejó solo en el ring frente a Humala, permitiéndole explotar los temores que éste despertaba. La historia le entregaba, a sus 57 años, una oportunidad preciosa y acaso única para, como él mismo ha dicho, salvar su epitafio político.
Brillante orador (dio su primer discurso a los 13 años), para la segunda vuelta elaboró un mensaje distinto para cada público. Al votante aprista tradicional le entregó la habitual retahíla de promesas de justicia social y derechos laborales. Al liberal le habló de democracia, responsabilidad administrativa y -a la Belaúnde- de «un Estado que trabaje pero deje trabajar». A los más conservadores les dijo que «si quieren mano dura contra la delincuencia, tomen la mía». Y a los nacionalistas los tentó con el objetivo de superar a Chile en diez años como mayor potencia comercial y económica de la costa occidental de Sudamérica. Todo sazonado con una autocrítica tan clara como módica, pidiendo humildemente al Perú «la absolución» por las sospechas de corrupción, el desabastecimiento y «los errores» de su primer gobierno.
Otro acierto de García fue no ceder a las presiones para cerrar una alianza formal con el mismo centroderecha que había vencido en la primera vuelta, provenientes de quienes se sentían desesperados por saberse obligados a votar por él para frenar a Humala. Para ellos, una coalición a la chilena garantizaba una cierta contención del imprevisible «Caballo Loco». Pero eso lo habría facilitado a su rival arrinconarlo como «candidato de los ricos».



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