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6 de septiembre 2026 - 19:05

El dólar como ancla perpetua: el costo de priorizar la paridad sobre la economía real

El Banco Central arriesga la estabilidad futura al reprimir el tipo de cambio hoy. La lección de 2025 advierte sobre los peligros de intervenir.

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Sostener la estabilidad nominal de la divisa estadounidense ocupa el vértice de las prioridades para el Gobierno.
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La administración del tipo de cambio ha dejado de ser una variable de política económica para transformarse, una vez más, en el fin último de la gestión financiera. Desde el inicio de su mandato, el equipo económico ha demostrado que sostener la estabilidad nominal de la divisa estadounidense ocupa el vértice de sus prioridades, incluso si el costo de oportunidad implica asfixiar el nivel de actividad en el mercado interno. La reciente defensa de la barrera de los $1.500 no fue un evento aislado, sino la confirmación de que el gobierno está dispuesto a utilizar todo su arsenal —desde bonos ajustados por dólar (dollar-linked) hasta intervenciones agresivas en el mercado de futuros— para anestesiar la cotización.

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El próximo jueves 10 de septiembre, cuando se conozca el dato de inflación de agosto, quedará expuesta la verdadera magnitud de esta divergencia: mientras la inflación acumulada del año se perfila a cerrar en la zona del 21% al 22%, el tipo de cambio oficial apenas ha avanzado un 4%. En este contexto utilizar la pax cambiaria actual como ancla excluyente para desinflar la economía es una estrategia de alto riesgo frente a un 2027 de recambio presidencial. Comprimir artificialmente el dólar hoy, ensanchando la brecha con el techo de la banda cambiaria, no evita una devaluación futura; simplemente garantiza que, cuando el mercado inicie su habitual cobertura preelectoral, el salto de la divisa sea lo suficientemente violento como para desestabilizar los precios y el balance del Banco Central.

La falacia del "piso" y el costo de la esterilización

El discurso oficial sostiene una premisa que merece ser desarmada: argumentan que el Banco Central (BCRA) no le pone un techo al dólar, sino un piso, fundamentado en su posición compradora neta a lo largo del año. Esta afirmación omite una restricción estructural insoslayable. Si bien se ha flexibilizado el acceso a divisas para ciertos segmentos corporativos, el andamiaje del control de cambios (cepo) sigue vigente y restringe de manera draconiana el acceso para atesoramiento privado, históricamente el principal canal de fuga en Argentina.

Por lo tanto, el BCRA opera en un mercado donde la demanda está administrativamente reprimida. Afirmar que el precio es genuino bajo estas condiciones es, cuanto menos, una miopía técnica. Además, la contención no se limita al mercado oficial. El incremento de la participación del BCRA en el mercado de futuros y la emisión de instrumentos atados a la devaluación evidencia un esfuerzo sistemático por aplastar también las cotizaciones financieras alternativas (MEP).

El costo de esta sobreintervención quedó en evidencia a finales de agosto. Frente a la presión del mercado por quebrar la barrera de los $1.500, el BCRA y el Tesoro ejecutaron una aspiradora de pesos fenomenal. Al secar la plaza para evitar que los pesos corrieran al dólar, la tasa de interés de las cauciones bursátiles se disparó hasta el 30%. El equipo económico se topó con un límite de tolerancia real: mantener ese torniquete monetario amenazaba con paralizar aún más una cadena de pagos y un mercado interno que ya exhiben signos de fatiga evidente. La decisión final de inyectar liquidez y permitir que la divisa superara la marca psicológica fue un baño de pragmatismo, pero dejó al descubierto los frágiles hilos que sostienen la paridad.

El desacople nominal: lecciones no aprendidas

El uso del tipo de cambio como herramienta antiinflacionaria ignora empíricamente el comportamiento reciente de los precios relativos en Argentina. Observar una inflación del 21%/22% contra un deslizamiento cambiario del 4% en lo que va del año habla de una apreciación real acelerada.

La historia reciente debería servir de advertencia. La escalada inflacionaria de 2025 comenzó mucho antes de que se desatara la volatilidad cambiaria propia de los meses electorales. De igual forma, en el primer trimestre de este año, la inflación tocó un nuevo máximo en marzo en un contexto de caída nominal del tipo de cambio. La conclusión técnica es: la dinámica inflacionaria actual no está impulsada unívocamente por el frente cambiario. Tratar de apagar un incendio exclusivamente con el matafuegos del dólar genera un atraso relativo que el mercado, tarde o temprano, corrige.

Es imperativo reconocer, sin embargo, el cambio favorable en la estructura de la balanza comercial. Tradicionalmente, el segundo semestre presenta un desafío estacional debido a la merma en la liquidación de divisas del complejo agroexportador. Este año, el flujo continuo derivado del sector energético ha logrado suavizar esa caída, permitiendo al BCRA sostener un nivel de compras que, aunque menor al del primer semestre, contrasta dramáticamente con el escenario de 2025. En aquel entonces, la negativa sistemática del BCRA a acumular reservas actuó como el combustible perfecto para la corrida de medio término. Hoy hay un colchón, pero su uso táctico presenta fallas de diseño.

La trampa de la banda cambiaria ante el ciclo electoral

Aquí es donde la microestructura del mercado de cambios enciende las alertas rojas para el mediano plazo. El régimen de bandas cambiarias actual establece parámetros claros, pero impone restricciones asimétricas para el regulador.

Hoy, la cotización de la divisa se encuentra aproximadamente a un 30% del límite superior de la banda. Este "colchón" es visto por el gobierno como un margen de seguridad, pero en realidad es un vacío de liquidez. Por estatuto operativo de este esquema, ante una eventual corrida cambiaria impulsada por la dolarización de carteras pre-2027, el Banco Central está impedido de vender dólares en el mercado de contado (spot) hasta que el precio alcance el techo de dicha banda.

La experiencia financiera argentina dicta que, ante un escenario de pánico transaccional, las herramientas periféricas —suba abrupta de tasas de interés, venta masiva de contratos de futuros o emisión de bonos dolarizados— son meros paliativos. Cuando el capital institucional y minorista busca refugio frente a la incertidumbre presidencial, lo único que detiene la sangría es la entrega de dólares físicos.

Si el mercado demanda divisas y el BCRA tiene las manos atadas para proveerlas hasta que el precio no suba un 30%, el riesgo es inminente: el dólar podría experimentar un salto nominal del 10% al 15% en cuestión de semanas sin salir de las normativas de la banda cambiaria. Un desplazamiento de esa magnitud y velocidad, aun estando dentro de los límites preestablecidos, destruiría cualquier expectativa de inflación anclada y generaría un traspaso a precios (pass-through) inmediato sobre los bienes transables. Cuanto más perciban los agentes económicos que el tipo de cambio está artificialmente atrasado, mayor será la energía cinética acumulada para ese salto.

La salida: mercado orgánico, no devaluación forzada

El diagnóstico no sugiere que el gobierno deba propiciar una devaluación abrupta o un salto discreto de una sola vez. Claramente, ese escenario sería letal para el poder adquisitivo, considerando el carácter marcadamente regresivo que tienen los shocks cambiarios sobre los salarios reales.

La salida racional consiste, paradójicamente, en hacer menos. El gobierno debe disminuir su intervención quirúrgica mediante instrumentos financieros y permitir que el precio de la divisa sea un reflejo mucho más cercano a la interacción natural del mercado. Un dólar que se desliza nominalmente al ritmo del resto de los precios de la economía —o incluso marginalmente por encima, para recuperar competitividad real— es un precio asimilable para el sistema productivo.

Forzar la estabilidad hoy con esterilizaciones al 30% y ventas de futuros es comprar tranquilidad de corto plazo emitiendo deuda de credibilidad a largo plazo. Si el equipo económico no permite que la válvula de escape funcione de manera gradual ahora, llegará al decisivo año 2027 con un tipo de cambio percibido como insostenible, un Banco Central maniatado por sus propias reglas de banda, y un mercado sediento de dólares. En economía, la represión de los precios no elimina la presión, solo determina la fecha y la magnitud de la explosión.

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