30 de julio 2003 - 00:00

Criticó en el conurbano gestión de Chiche Duhalde en hogares

Néstor Kirchner entró a la habitación de paredes descascaradas y quedó perplejo: cinco ancianas postradas esperaban verlo en persona. La imagen era desoladora, camas viejas, pero limpias y una estufa desvencijada que apenas da calor desde un húmedo rincón.

«Queríamos saludarlo y, por eso, pedimos que nos viniera a ver, señor Presidente»
, le dijo una de ellas con un hilo de voz. «Yo también quería verlas», se emocionó el primer mandatario y besó, de a una, a las abuelitas. «Les prometo que vamos a hacer todo lo que podamos para que ustedes tengan un hogar más digno, como el que se merecen», tuvo que contener las lágrimas, antes de cerrar la puerta y seguir con la recorrida. Este fue el único momento en el que no hubo cronistas ni fotógrafos que registraran en detalle la sorpresiva visita presidencial de ayer al deteriorado geriátrico San José, en Villa Zagala, en la localidad bonaerense de San Martín. Al mediodía, y sin aviso previo, Kirchner llegó al hogar acompañado por la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, y la titular del Consejo del Menor y la Familia, María Lucila «Pimpi» Colombo, de quien depende la institución. Las críticas que hizo por el estado del establecimiento, fue un golpe a la gestión de Chiche Duhalde hasta hace dos meses.

Junto con ellos, arribó una combi con los periodistas acreditados en Casa de Gobierno que recién supieron adónde iban cuando bajaron del vehículo. «Parece que vamos a un hogar de ancianos o de chicos, en algún lugar que no nos quisieron revelar», comentó un desconcertado «movilero» a las 9.45.

A esa hora, la ministra y Colombo estaban reunidas en la sede del Consejo y acababan de enterarse de la decisión del primer mandatario de conocer la entidad que, una semana antes, habían relevado ambas funcionarias. «Quedó muy conmovido por lo que le conté», reflexionó Alicia Kirchner. En el instituto, que recuerda el viejo estilo de los asilos (un edificio de 1942 en forma de hache de una sola planta -arriba sólo quedan pequeñas celdas que servían de dormitorio a monjas que otrora cuidaron del lugar-), hay 89 internos, la mayoría sin familia. Y muchos de ellos inválidos. Ultimamente, llegaron personas solas de poco más de 60 años, quienes, por falta de trabajo, fueron cobijados para evitar que murieran en la indigencia.

• Malabares

La directora del hogar, Susana Cirelli, debe hacer malabares presupuestarios para pagar pañales, comida, remedios y estudios médicos. Hace años que no se hacen arreglos edilicios. Está pendiente, asimismo, la compra de sillas de ruedas especiales para amputados que se cotizan a $ 900 la unidad. La ministra prometió solucionar este tema.

En la víspera, el Presidente también prometió obras. «Tenemos que trabajar mucho aquí», arengó a los internos, personal, curiosos y cámaras y micrófonos. En la puerta de la entidad, escuchó el reclamo de beneficiarios de los $ 150 de los planes Jefas y Jefes de Hogar, algunos de los cuales realizan tareas en el hogar a instancia del municipio de San Martín. «Queremos trabajo genuino», exigieron. «Por lo pronto, manténganse cerca porque vamos a necesitar mano de obra acá», contestó Kirchner. Había una alegría contagiosa en este vecindario sumergido en el olvido y la pobreza.

«Siento vergüenza por lo que acabo de ver: esto se debe al deterioro de años y años; es la Argentina que está oculta, que algunos defensores de la ortodoxia económica no ven»
, sentenció delante de los periodistas. No evitó herir lo que fuera el reinado de Hilda Chiche Duhalde hasta el 25 de mayo (después de todo, la señora de Eduardo Duhalde, que es local en San Martín, encabeza la boleta del PJ que competirá en los comicios bonaerenses del 14 de setiembre). «Acá viven argentinos que han trabajado toda la vida y están de la mano de Dios», concluyó Kirchner.

Antes, había pasado por la cocina. Destapó las ollas y preguntó por el menú del día: guiso de arroz con carne, la infaltable sopa y frutas, además de las dietas especiales para diabéticos.
«Quiero ver la Argentina real. Estar con la Argentina real» graficó.

A continuación, cruzó la calle y se encaminó al jardín materno-infantil Chispitas, donde asisten a 50 niños de entre 6 meses y 4 años. Allí, firmó el libro de visitas con una simpática dedicatoria, incluido un curioso seudónimo.
«Los felicito por el trabajo que están haciendo. Es un gran ejemplo para la Argentina. Afectuosamente. 'Pingüino'.»

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