Fue rico en definiciones e impresiones el diálogo que Néstor Kirchner mantuvo con este diario. Durante la entrevista, el primer mandatario dejó la sensación de sentirse cómodo mostrándose como un presidente de izquierda que, sin embargo, sólo aspira a entregar el país un poco mejor que como lo recibió. Explicó, entre otras cosas, su respaldo a Aníbal Ibarra contra Mauricio Macri en la Capital y el porqué de la postulación de Zaffaroni para la Corte Suprema. Hoy, la primera parte de esta nota.
Néstor Kirchner, cuando era gobernador de la provincia de Santa Cruz, durante una visita a Ambito Financiero.
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Cuando era gobernador, tuvimos bastante diálogo en su provincia, con Cristina, hoy primera dama, en El Calafate, recorriendo frigoríficos patagónicos o un moderno hospital -obra suya- en Río Gallegos. Luego visitó dos veces el diario (foto). Perdimos la relación el día en que los Kirchner enviaron un avión oficial santacruceño para traer a un legislador del interior a fin de completar el voto contra la derogación de una ley que exigía el Fondo Monetario y sin la cual su antecesor, Eduardo Duhalde, no habría logrado el «miniacuerdo» con el organismo que le permitió algunos meses de calma. Con esta mínima tranquilidad el bonaerense pudo llegar a elecciones que le permitieron ungir a Kirchner como presidente, aunque la izquierda doméstica le alentaba la chiquilinada anti-Fondo, algo que habría interrumpido su carrera presidencial. Se los recordé el otro día a él y a Alberto Fernández mientras internamente presentía que puede volver a ocurrírseles ahora, porque nuestra izquierda no se modernizó como la europea o la chilena.
Tuve el diálogo inicial con Fernández, donde éste confirma las agobiantes jornadas suyas a la par del Presidente, prácticamente desde las 8 y media o 9 de la mañana hasta pasadas las 21. También Fernández pasa mensajes que el gobierno -se supone Kirchner- quiere que los comentaristas políticos reflejen en sus columnas. Esto siempre sucedió, pero más acentuadamente ahora con el hambre informativo que genera en la prensa un gobierno sin reuniones de gabinete y circunscrito en decisiones a cinco grandes «decisores», con uno muy preponderante que es el propio Kirchner. El día que estuve, el mensaje a filtrar era -aunque los decepcione usándola hoy, pero ya la utilizaron los comentaristas del fin de semana-: operativo conjunto con barcos de Estados Unidos UNITAS todo lo que los yanquis quieren -porque se hacen desde muchos años- en el mar pero sin soldados ni marines norteamericanos con inmunidad en suelo argentino.
El gobierno alentó las maniobras con aviones y tropas de Estados Unidos, Argentina, Brasil y Chile en Mendoza hasta que se lo enrostró a Kirchner en persona Hebe de Bonafini. Finalmente, ésta salió de la Casa Rosada y declaró que no habría maniobras militares conjuntas en Mendoza. Y así fue.
Se dice que para quienes circulan por la mano izquierda los apotegmas descarnados de Hebe de Bonafini son tan temidos, inclusive por el ideólogo Verbitsky, como en el mundo artístico lo son los de Silvia Süller o en política los de Maradona (como aquel de que «Zamora lleva menos gente que una bicicleta»). El gobierno le avisó al eficiente canciller Rafael Bielsa que en este caso lo entregaría y le adjudicó algo imposible en esta gestión presidencial: que sólo él se excedió en exigirle al Congreso la inmunidad por ley para las tropas norteamericanas. Nadie lo creyó, y tampoco los legisladores, que exigieron la ratificación del pedido por parte de Kirchner, con lo cual salía en el acto en un país donde todos parecen tener cada día más miedo a medida que se difunden casos de corrupción. Obviamente, Presidencia no lo ratificó.
En mi diálogo en la Casa de Gobierno obtuve una precisión que suponía: el grupo decisor que gobierna el país descarta muy elementalmente que determinados hechos que concreta «no tendrán mucha consecuencia». Los norteamericanos son ordenados y siempre anotan los hechos que le van sucediendo, sobre todo en este año y hasta setiembre del próximo, tiempo que le han dado al gobierno argentino antes de entrar a discutir medidas presupuestarias reales con vistas a los graves vencimientos que comenzarán en enero de 2005 y se acentuarán en 2006. No les debe haber agradado nada -y figurará en la anotación-que el gobierno haya alterado lo concedido acerca de la maniobra militar en Mendoza frente a la opinión de una mujer como Hebe de Bonafini, que se manifestó alegre cuando sobrevino la tragedia del atentado a las Torres Gemelas. Aunque se nieguen a verlo, el gobierno paga muy caro a la Señora de Bonafini, que ni siquiera tiene el reconocimiento de Estela de Carlotto.
A solas con Fernández, éste expresa que cree -se supone que también el Presidente- que tampoco tendrán muchas consecuencias los juicios que encaran en el exterior los bonistas afectados con títulos argentinos defaulteados.
Me limité a enunciarles que son terribles las picaduras de miles de hormigas. También les dije que su exclusión de todo argentino con actuación en el pasado -no sólo durante el Proceso militar sino también en el régimen siempre constitucional de Carlos Menem- los deja en la imposibilidad de convocar algún moderador de prestigio internacional, algún hombre mayor, «calma-nervios», para poder negociar bien tan tremenda deuda. El gobierno no tiene un moderado así porque Lavagna está muy desgastado externamente y además con una soberbia que de «calma-nervios» no tiene absolutamente nada. Me hablaron de Javier González Fraga sin mucha convicción, pero valorándolo bien en el aspecto de fomento a las pymes. Alcancé a agregar en la Casa de Gobierno que las posturas de dureza, premeditadas o naturales, pueden tener algún efecto, al menos en lo inmediato, ante banqueros y empresarios, sobre todo porque si Kirchner iba cabizbajo a discutir tremenda deuda lo iban a apostrofar, pero les dije que esa misma actitud violenta no sirve frente a centenares de miles de ahorristas individuales en todo el mundo.
Por momentos Kirchner emociona, pese a la veteranía del periodista. Por ejemplo, cuando dice: «Mire, Ramos, conozco las dificultades que me vienen, pero si pudiera terminar mi mandato y dejar al país un cachito arriba de donde me lo dieron me daría por muy satisfecho». Frase que repite de anteriores declaraciones o discursos, un pensamiento «Kirchner puro». Además no es una meta estrecha: la mayoría de sus predecesores -por lo menos en los últimos cuarenta años- han dejado al país al concluir o cerrárseles el mandato más abajo de lo que lo habían encontrado. Arturo Illia (1963-1966), en cambio, lo dejó igual. Lo mismo Juan Carlos Onganía (1967-1970). Un «cachito» más arriba -en distinto grado y por distintos motivos- lo dejaron Alejandro Lanusse y Carlos Menem, éste sobre todo, aunque lo apostrofe tanto la izquierda por eso. Ambos sin alcanzar los logros de Arturo Frondizi (1958-1962). Frente a frente, por momentos Kirchner también engaña, aunque baja la vista.
Si se le pregunta por qué impidió el triunfo de Mauricio Macri en la Capital Federal -a pesar de que sostiene que «solamente le interesan hombres con visión progresista»-, no responde que le interesan en realidad los «progre de izquierda», como uno supone que debería contestar aunque eso signifique seleccionar inteligencias para conducir el país sólo entre 6% y 10% de la población. En verdad le agrega la variante de algún ambicioso suelto, con desesperación figurativa, tipo Gustavo Béliz. El único progre que hasta ahora se ha visto modernizado y con logros fundados parece ser el citado Bielsa, o Roberto Feletti, titular del Banco Ciudad, para dar otro ejemplo, aunque no basten para contrarrestar a los Verbitsky o Bonasso. En cambio, el Presidente responde sin mirar al periodista: «Es que Macri se recostó demasiado en el viejo andamiaje del peronismo capitalino». No pude evitar responderle: «Ibarra, para la gente, había fracasado. No sé cómo será de ahora en más, porque por lo menos tiene experiencia de lo que no hay que hacer. La renovación joven natural era Macri, que lo duplicaba en intención de voto hasta que ustedes le lanzaron en contra todo el peso del 'aparato' nacional, más el municipal que ya tenía. Juntos eran un contrapeso monstruoso en una época de tal crisis que es fácil cambiar votos por dádivas, como en la década de 1930. Macri no tuvo otra alternativa que recostarse en ese peronismo porteño gastado, del cual se había mantenido independiente, y en un Eduardo Duhalde que, sin dominio de 'cajas', influye muy poco, como se está viendo, hasta en la provincia de Buenos Aires, donde Felipe Solá logro más votos que el nombre Duhalde». Me dice el Presidente: «Ibarra cambiará, será otro en este período».
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