1 de octubre 2003 - 00:00

Golpe bajo tierra

El lunes 29 de setiembre el "Buenos Aires Herald" publicó un lúcido editorial acerca del cada vez más amenazante accionar piquetero. En el mismo se denuncia la nueva modalidad de impedir el cobro del servicio en empresas de subterráneos (y antes en autopistas y trenes) y se reivindica la necesidad de que el gobierno aclare pronto su política hacia estos grupos.

Tras convertirse en plaga por las rutas del país desde hace seis o siete años, los pique-teros tomaron por asalto estaciones de subte la semana pasada, aunque esta ofensiva fue temporariamente detenida por 10 arrestos el jueves pasado. Ya era hora de que surgiera esta respuesta oficial ante el caos deliberado provocado por los piqueteros. Si éstos fuesen las masas hambrientas de una nación donde más de la mitad de la población ha caído por debajo de la línea de pobreza, tendrían que ser aceptados como un hecho de la vida, mas con demasiada frecuencia se trata de apenas unas docenas de personas, cuando no son más que un puñado, que provocan un caos indecible: aun cuando habitualmente llevan varas o palos para tener mayor fuerza.

• Sin claridad

El gobierno todavía no ha adoptado ninguna política clara hacia los piqueteros que comprenden desde personas necesitadas en procura de un subsidio a los desocupados, hasta cínicos intermediarios que van persiguiendo sus propios intereses creados, y lisa y llanamente agitadores. Nadie debería dejarse engañar por el intento de ningún pique-tero de hacerse el Robin Hood (como cuando en el subte, la semana pasada, permitieron a los pasajeros viajar gratis y proclamaron su solidaridad con empleados que pedían turnos de trabajo de seis horas; ndr: lo hacían para exigir que se les otorguen los nuevos puestos de trabajo generados por la reducción de la jornada laboral). Los desocupados no recuperarán empleos impidiendo al resto del mundo que trabaje.

Tal vez nadie evidencie más las confusas actitudes del gobierno hacia los piqueteros que el propio presidente Néstor Kirchner. Siempre en busca de formas de diferenciarse de su predecesor y otrora mentor, el presidente provisional Eduardo Duhalde, Kirchner descubrió en una temprana etapa a los piqueteros, que habían florecido como hongos en tiempos de Duhalde. En varias ocasiones, Kirchner ha dejado entrever que querría interrumpir las dádivas de Duhalde, con el fin de emprender obras públicas, al darse cuenta de que su sueño de un «país serio» es incompatible con la negación de cualquier ética de trabajo por parte de los piqueteros. Pero a la vez, Kirchner ha sido por lo menos tan indulgente con los piqueteros como Duhalde mismo, reuniéndose frecuentemente con sus diversos dirigentes. Kirchner necesita esclarecer urgentemente su actitud hacia los piqueteros, porque ni su inexorable acumulación de una base personal de poder político, ni sus promesas de un superávit fiscal de 3% al Fondo Monetario Internacional (FMI) significarán nada si se deja tomar de rehén por unos grupos variopintos cuya idea del progreso es llevar a todo el país a un parate.

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