Están atormentados por no poder ver a Néstor Kirchner y apenas se consuelan visitando a sus ministros, de los que reclaman el pago de una deuda de $ 80 millones. Desde que Juan Perón los imaginó casi como un brazo del Estado que no se sentían peces fuera del agua. Los tradicionales sindicalistas argentinos, que la vulgata llama «gordos», le conocieron la entrada a todos los que gobernaron el país. Civiles, militares, radicales o peronistas, nunca tardaron más de un mes en sentarse con quien tuviera el mando y, sobre todo, con quien en cada caso firmara los cheques que alimentan sus obras sociales o «cajas». A veces hasta se apresuraron más de lo debido, como cuando comparecieron frente a Juan Carlos Onganía, complicados con la caída de Arturo Illia. En esta historia de oficialismo casi biológico hubo una sola excepción: la llegada al poder de la «juventud maravillosa» que acompañó a Héctor J. Cámpora no los tuvo en la fiesta y, ya en los bosques de Ezeiza, terminaron enfrentados con los Montoneros y otras variantes de la izquierda alentada por Perón.
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Al cabo de 30 años, los sindicalistas ortodoxos se sienten en la misma vereda, «con la ñata contra el vidrio», como dijo ayer uno de ellos a este diario. Como si se tratara de una discusión con naftalina, ellos son casi el único sector (además del militar, es cierto) que está dispuesto a creer en la mitología que buena parte del gobierno tiene de sí misma: Néstor Kirchner representa un « revival» de los '70, la reanudación de una película que se interrumpió cuando el General «nos echó de la Plaza».
Están inquietos con la indiferencia presidencial, que evita una foto con ellos, y sólo se consuelan pensando que tampoco los gobernadores del PJ pueden exhibir un retrato con el nuevo poder. A cada conocido le preguntan: «¿Pasa algo con nosotros? ¿Por qué nos echan flit?». Alberto Fernández (quien por su pasado en el gobierno de Carlos Menem es visto como un hombre de dos épocas), Julio De Vido, Carlos Tomada (a quien ellos tuvieron contratado durante años como abogado) o Ginés González García dan siempre la misma respuesta, casi terapéutica: «No pasa nada, dice Néstor que ya los va a recibir, está todo bien, pero todavía no son los tiempos».
Ellos se amargan más y buscan compensar el encuentro con el Presidente con un rally de visitas a ministros. A Roberto Lavagna, postulado en su momento por Armando Cavalieri como candidato a presidente (sustituto de Kirchner en ese rol), ya lo vieron varias veces desde el 25 de mayo. Con De Vido tuvieron menos suerte: apenas recibió a los gremios de servicios públicos para decirles que «no tenemos pensado ajustar tarifas» (todavía no se había encontrado con el francés Francis Mer, claro). Tomada no los quiere demasiado cerca y hasta produjo un aumento de sueldos, controvertido, sin siquiera llamarlos para que agradezcan.
• Exotismo
En su afán por pisar las alfombras rojas, hoy «los gordos» harán algo tan exótico como visitar el Palacio San Martín. Para el atildado personal de «la casa» será como recibir a marcianos. El paso de Rodolfo Daer, Armando Cavalieri o Carlos West Ocampo será espiado detrás de las puertas. En rigor, se trata de una excentricidad de Rafael Bielsa, a quien le gusta la diversidad y ha convocado a «los gordos» para discutir las asimetrías laborales con que amenaza el ALCA. Para el canciller, educado en la atmósfera de la izquierda setentista, será casi una experiencia literaria. Después cambiará de canal: este fin de semana estará en Santiago de Chile, invitado especialmente por el presidente Ricardo Lagos (el mandatario extranjero más influyente en Kirchner) con quien repasará la política exterior y también la poesía trasandina, que Bielsa cultiva desde hace décadas.
Sin que el canciller les adelante dato alguno sobre la deseada reunión con Kirchner, los capitostes de la CGT apelarán mañana, en su via crucis, a otro ministro: González García, a quien West Ocampo trata casi como un socio. El titular de Salud también tranquilizará a «los gordos» con que no hay nada en contra de ellos, a pesar de que el Presidente haya hablado de «traje a rayas para los evasores». Es cierto que Ginés está casi tan angustiado como ellos: la auditoría sobre el PAMI lo perjudicó enormemente, ya que todas las irregularidades denunciadas allí se cometieron mientras era ministro de Duhalde y bajo la mirada de síndicos designados por él. Por eso los gremialistas deberán volver otro día con su pedido: quieren $ 80 millones «que nos deben y son indispensables para atender la alta complejidad».
González García está inquieto, sabe que gente muy cercana a Kirchner ha puesto la vista sobre algunas compras de medicamentos de la gestión anterior y que apenas puede contar con la solidaridad de Lavagna para las persecuciones internas. Si de algo no quiere hablar, entonces, es de plata con sus amigos sindicales.
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