18 de septiembre 2003 - 00:00

Hoy, Kirchner e Ibarra, por reparto de cargos

Aníbal Ibarra, quien será recibido hoy por el presidente Néstor Kirchner tras su consagración, comenzará en dos semanas, a reorganizar su gabinete porteño, con la idea de aplacar la convulsión que esas renovaciones generaron en propios y aliados del jefe de Gobierno porteño, pero se reservará anuncios en ese sentido para el 10 de diciembre, fecha en la que reasumirá el cargo. Ese organigrama, del que se desalojarán radicales para dar paso al peronismo de Kirchner y al ARI de Elisa Carrió, como resultado de los acuerdo electorales que lo consagraron por cuatro años más en la Capital Federal, se hará, en una parte, a solas con Alberto Fernández, el jefe de Gabinete de Néstor Kirchner. Es la discusión sobre qué áreas ocupará el kirchnerismo en el Gobierno porteño, teniendo en cuenta que la «integración» debe representar a dos grupos en particular que convergen en la Casa de Gobierno. Uno es el propio de A. Fernández y otro el de los ministros. En ese segundo lugar se estaciona el equipo de Rafael Bielsa, que pilotean el secretario de Cultos, Guillermo Oliveri, y el jefe de Gabinete del canciller, Eduardo Valdés.

Para la delicada tarea de observar cómo impulsarán la segunda gestión de Ibarra, los grupos organizan sesiones donde el ayuda memoria es un organigrama de no menos de 150 centímetros de ancho sobre la pared. Es un diagrama donde aparecen reflejadas las principales y accesorias oficinas municipales con sus correspondientes responsables y presupuesto. Ese machete es casi imprescindible a la hora de sentarse frente a Ibarra para sugerir ocupaciones.

Fernández
ya tendría decidido que el kirchnerismo se encargue de la Secretaría de Obras Públicas de la Ciudad de Buenos Aires, actualmente a cargo de Abel Fatala. Parece lógico: el gobierno dispondrá de cerca de $ 500 millones para la red de subterráneos de la Capital, seguirá transfiriendo tierras del ferrocarril a los porteños y, entre otras obras, aportará para el soterramiento del Ferrocarril Sarmiento que parte del barrio de Once hacia el oeste del conurbano bonaerense y fue una de las primeras promesas de Ibarra cuando asumió, en agosto de 2000. Julio De Vido, ministro de Planificación nacional, sabe que el impulso que quiere dar el gobierno a la obra pública no podría ser descuidado en la Capital Federal, y menos cuando existen transferencias importantes de dinero para monitorear. Fatala mantiene buena relación con A. Fernández, con quien compartió la organización de la búsqueda de votos para Ibarra en el ballottage -agitada tarea-pero no es seguro que fuera el elegido para permanecer frente al área que retiene desde hace 3 años.

Otra de las oficinas con que insistirían para el kirchnerismo es Desarrollo Social, para sintonizarla con el ministerio de Alicia Kirchner, mientras que Cultura pasaría a formar parte de ese reparto, aunque no está definido en qué puestos desembarcará el grupo cancillería, que también participó con habilidad del diseño de la caza del voto en barrios clave.

•Apoyo legislativo

Para Ibarra, la distribución de las principales sillas en el palacio municipal cobra un sentido adicional: conseguir apoyo legislativo ya que no tendrá diputados propios en la Ciudad de Buenos Aires y la posibilidad de un armado a futuro de un bloque kirchnerista puro le requiere que esa eventual bancada sea oficialista. La diversidad de boletas que llevó al cuarto oscuro le impide hoy contar con legisladores de su propio entorno y debutará con un bloque de tres subloques, como será Fuerza Porteña (socialistas, ARI, FUP, Frente Grande), Partido de la Ciudad (Jorge Giorno) y Revolución Democrática (del grupo de Miguel Bonasso). De Fuerza porteña se cree que una sola legisladora, de los tres que ingresaron por el Frente Grande, le será fiel, su ex ayudante de cátedra Laura Moresi, actual titular de la Comisión de Presupuesto. Los otros dos son Ariel Schifrin, declarado «ex ibarrista», y Sandra Dosch, de la línea Fatala.

El gobierno espera que Ibarra se decida a renovar su plantel para empezar las conversaciones. El jefe de Gobierno intenta demorar esa reunión, ganando el tiempo que necesita para quedarse con los derechos de autor de la movida que planifica.

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