Fueron llegando de a poco y, en algunos casos, necesitaron más de un minuto para reconocerse. Nada estaba librado al azar: la reunión se hizo en Tanti (Córdoba), riguroso asado con vino tinto, y los comensales eran todos viejos militantes de la izquierda montonera, con algún maoísta infiltrado. Segunda línea de aquellas formaciones armadas en los '70, constituyen la segunda línea de la gestión de Néstor Kirchner en el nuevo milenio. Casi un modo de ser.
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La sede para la reunión fue la bancaria de Tanti, que regentea Luis «Vitín» Baronetto, acaso el dirigente ubicado más a la izquierda de la asociación de Juan Zanola. La casa se llenó de nostalgia. Desde Buenos Aires había llegado Juan Carlos Dante Gullo, quien frecuenta la Casa Rosada casi con la misma asiduidad con que lo hizo algún día, en tiempos de Carlos Menem. También viajó Carlos Kunkel, un ex jotapé que supo pasear a Kirchner por Florencio Varela y Avellaneda cuando nadie apostaba una moneda al actual Presidente. Fue quien tomó la iniciativa para el cónclave.
Abrazos interminables con Héctor Morcillo y Diego Muñiz Barreto.
Para completar el retrato en sepia entraron en la casa, tomados del brazo, Norberto «Cuqui» Ciaravino, jefe de gabinete de Carlos Tomada en el Ministerio de Trabajo, y su principal asesor, Lucio Garzón Maceda, principal inspirador de Carlos West Ocampo en materia de Derecho Laboral. • Disolución
La selección de Tanti como meca de la cumbre no fue azaroza. En esa localidad se resolvió la disolución hasta nuevo aviso del Grupo Calafate. Era aquella línea interna del PJ que soñó con un Eduardo Duhalde izquierdista y que apoyó al entonces candidato a presidente en contra de los movimientos obstructivos de Menem, en la carrera presidencial de 1999. Encabezaba el movimiento el propio Kirchner y lo integraban también Tomada, Jorge Telerman, Julio Bárbaro, Mario Cámpora y Torcuato Di Tella, entre otros. En Tanti se dijeron adiós para navegar sin luces (casi pasar a la clandestinidad, para el imaginario del grupo). Nadie los había echado de la Plaza pero a estos ex montoneros les resultó insoportable que Duhalde visitara a José Manuel de la Sota y cambiara la «larga marcha» progresista por un contrato con la empresa de marketing político «Duda» Mendonça.
El 25 de mayo, con Kirchner en la Casa Rosada, sonó la hora nuevamente para esta veintena de ex militantes de izquierda que, como diría Luis Uriondo, «cambiaron la culata por el Movicom». Alrededor del asado, festejaron la alineación internacional con Lula Da Silva, Hugo Chávez y Fidel Castro y se entusiasmaron con un eje sudamericano del petróleo, tema sensible a un Presidente «ypefiano» como Kirchner (alguien comentó la iniciativa brasileña de asociar Petrobrás con Pedevesa: de allí a una petrolera estatal argentina bastó con dos vinos).
Temerosos de sus propias debilidades para dotar a un gobierno de alguna estabilidad, fantasearon con varias estrategias «para que Néstor no se nos vaya a la derecha». «Para evitar el desviacionismo, tenemos que constituir otro paradigma de gobernabilidad», se entusiasmó Gullo, como si un nuevo modo de decir fuera un nuevo modo de saber. Reivindicación principal, la desregulación del otorga-miento de personerías sindicales, que irrita al ilustrado Garzón Maceda. Al final, cánticos, consignas y despedida.
Con el amanecer del día siguiente, Tanti volvió a la normalidad y Baronetto no tuvo más remedio que echar 55 empleados de la colonia de vacaciones.
Es evidente -ya le pasó con Menem- el paradigma de Gullo está destinado a llegar tarde.
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