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8 de agosto 2003 - 00:00

También disputan por actos del 17 de octubre

A pocas horas de que se conociese la iniciativa de Néstor Kirchner de convocar con ayuda de gremios y de piqueteros amigos a una «plaza del Sí» para el 17 de octubre que lo ayude a legitimar su gobierno, Eduardo Duhalde lanzó una contramanifestación para el mismo día. Será el traslado de los restos de Juan y Eva Perón desde los cementerios de la Chacarita y de La Recoleta hasta la quinta de San Vicente, donde vivió ese matrimonio legendario del peronismo y ahora funcionará un santuario con mausoleo y museo para honrar la memoria de los fundadores del partido de gobierno en la Argentina. Si persisten estas iniciativas contradictorias, el país deberá prepararse para un 17 áspero, con una Plaza de Mayo evocativa de la insurgencia de una «tendencia» que vive en los libros y la nostalgia de pocos con un San Vicente volcado al otro extremo del dial ideológico.

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El 17 de octubre los Duhalde piensan enterrar a los Perón en la quinta de San Vicente, la misma donde vivió la pareja fallecida una vez que él fue liberado de Martín García. Dicen que ésa será «la morada definitiva». Vaya a saber: si es por Evita, ya viajó más de muerta que de viva. Lo que importa, sin embargo, es el gesto. En vez de convocar a la Plaza, Duhalde llamó a los suyos (gremialistas, intendentes, punteros, dirigentes de clubes de la zona sur del Gran Buenos Aires) a esa peregrinación, similar a la que se le ocurrió a Francisco Franco en España cuando hizo llevar a pulso al creador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera hasta el Valle de los Caídos, en 1948.

¿Dos manifestaciones? Una, la de la izquierda kirchnerista, deseosa de exorcizar la Plaza de aquella excomunión. Otra, ambulante, la del peronismo que en el '74 se quedó frente al balcón, que quiere construir su propio panteón bonaerense, como si con el hecho de llevarse los cadáveres a casa Duhalde estuviera señalando quién es el jefe. Tal vez haya que ver así la divergencia, que en cualquier momento se convierte en choque. Casi un nuevo Ezeiza, sólo que incruento, paródico, posmoderno. Hecho para la televisión.

Duhalde disimula estas divergencias, por más que Kirchner no lo ayude. El nuevo presidente no acostumbra a agradecer nada a nadie, sobre todo porque no cree que los servicios que los demás suponen haberle prestado sean tales.

«¿Quién dijo que me hizo Duhalde? Yo lo salvé a él, que encontró un candidato competitivo, capaz de ganarle a Menem. Si no, hoy estaría vaya a saber dónde, con el Turco en la Rosada», razonó una vez delante de su círculo más estrecho. Por eso el nombre de Duhalde no figura en ningún discurso ni la escuadra asistencial de Chiche ocupa ya ningún espacio en la estructura del Estado.



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