16 de julio 2003 - 00:00

Un poeta y periodista independiente en Cuba

Un gordo simpático -reo, diríamos los argentinos- se atrevió a ser periodista independiente (de los verdaderos) nada menos que en Cuba. Quiso opinar libremente, luego de haber trabajado en todos los medios de prensa de la isla dominados por el castrismo para dar a la población una información hegemonizada. Cuando le dio por la libertad de pensar y escribir -en medio de una feroz dictadura marxista- hasta participó en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). El final de tremenda audacia es obvio: el castrismo lo detuvo y le aplicó 20 años de prisión, que desde hace unos meses comenzó a cumplir en la isla. En la revista «Hora de cierre», de la SIP, el periodista colega Horacio Ruiz Pavón publicó una nota especial sobre Raúl Rivero. Es importante transcribir algunos párrafos porque hay un sector del marxismo criollo que sueña una Argentina con los mismos métodos que Fidel Castro contra el periodismo independiente y con un mismo fin: unificar en el «progresismo» a quienes puedan dirigirse a la opinión pública desde la prensa. Sólo los de esa tendencia que escriban. Los otros que escriban con independencia empiezan a ser mirados como parte de un «complot». Veamos.

Eso de poner a un poeta contra las cuerdas puede ser muy riesgoso porque el tipo de pronto se avispa y, allí mismo, responde con uno de esos ramalazos que van directo a la antología de la sátira, como ocurrió con Raúl Rivero, en el juicio de mampostería que le practicaron los escribanos castristas para recetarle los 20 años.

Resulta que el poeta, al defenderse de las acusaciones alucinadas del fiscal dijo que practicaba un periodismo independiente porque el de los medios oficiales en Cuba es un periodismo «edulcorado» y «muy propagandístico» que, vaya, le provocó la necesidad existencial «de decir la verdad».

Fue una sencilla, bonita y muy limpia justificación de ser para un periodista plantado, como las palmeras, el tabaco y la caña, en medio de una de las más desesperantes realidades nacionales en la historia del hemisferio.

Lo que pasa es que a la revolución cubana siempre le ha gustado exhibir (no se las lava) las huellas de lápiz labial que le dejan aquellos intelectuales que, embobados por la bohemia del antiimperialismo, la cortejan sin importarles sus horrendos lunares dictatoriales.

Esa revolución se sigue viendo a sí misma como un tupé intelectual preciado, con patente de corso para reprimir a los «seudos intelectuales» como Rivero.

¿Y qué otra cosa puede ser un poeta y periodista cubano que se atreve a disentir del comunismo mayimbe, de no ser un «seudo intelectual»?

Rivero laboró en «El Caimán Barbudo», una de las mejores revistas culturales que sacó la revolución cubana, allá a fines de los años '60.

Luego Rivero se fue a Moscú como corresponsal de «Prensa Latina», la agencia noticiosa del régimen.

Todo esto lo tuvo que recordar Rivero que, durante su juicio, fue acusado por los escribanos de «autotitularse» como periodista independiente.

Ya sabía el poeta, así como el editor de la revista «De Cuba», Ricardo González, que los 20 años se le venían encima y no tuvo más remedio que dejar de andar por las ramas y estocar con florete la propia frente del Gran Timonel de la revolución.

Justo donde más le duele, en su ilusión de gran intelectual, sin libros escritos, sólo por asociación.

La cruda realidad es que Castro tenía que salpicar con sangre su último sancocho represivo que envió a la cárcel a periodistas, opositores, bibliotecarios, y toda clase de gente que se le atravesó por el gaznate.

Como un moderno Savonarola, el Dictador Edulcorado armó su propia hoguera de pecados y mató en el paredón a tres pobres hombres en un juicio bufo.

Horacio Ruiz Pavón

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