16 de septiembre 2003 - 00:00

Una democracia agrietada

A medida que se va conociendo mejor cómo logró Ibarra su triunfo, se acentúa la impresión de que mientras la Argentina siga en aguda crisis económico-social, la democracia no se reflejará en el voto en las urnas, su máximo resguardo.

La primera desvirtuación democrática está en la concurrencia a las urnas con un ausentismo sorprendente, que sólo se daba en el país en los años '30 del «fraude patriótico», con similar gravedad socioeconómica y niveles de desempleo. Cuando la crisis aprieta tanto, demasiada gente no se interesa por las urnas, que consideran una excentricidad de políticos frente a sus necesidades apremiantes de cada día.

Así se da el caso de que Felipe Solá mereció en los medios el calificativo de «arrasador» para referirse a su triunfo y logró menos votos que el radical Alejandro Armendáriz hace 20 años. También menos que Antonio Cafiero y hasta un millón menos que el tan cuestionable Carlos Ruckauf. No es culpa de Solá, sino del alarmante escepticismo por las urnas y lo que representan para una democracia auténtica.

Volvemos a los años '30 en casi todo a nivel comicios. Volvió, como entonces, el poderío al viejo «puntero», que esgrime su experiencia y arrastra votantes. En la Capital Federal se triunfó en base al gasto desde el Estado, reparto de créditos, compra de «punteros» que utilizaban hasta la amenaza de supresión de algún plan asistencial al ausente. Con tal de ganar a cualquier precio, el ministro Gustavo Béliz hasta prohibió votar a policías. En los barrios porteños de Lugano, Mataderos y Versailles, donde Macri había ganado en la primera vuelta, aparecieron 50.000 votantes más. Y ganó Ibarra. Macri no especuló con sus listas y su falta de experiencia dejó «punteros» heridos. Así le fue por no adaptarse a la política sucia argentina.

El menor voto de Mauricio Macri es más puro que el mayor de Ibarra en cuanto a cómo lo lograron unos y otros. La consecuencia parece que será de lamentar para la Ciudad, transformada en terreno de tremenda batalla política. Desde el gobierno nacional hasta Elisa Carrió, más los «punteros» tan usados, todos reclaman puestos. Unos en la conducción municipal, que será un mosaico de tendencias con difícil gobernabilidad. Otros quieren designaciones en el ya numeroso plantel de empleados municipales.

El «cómo se ganó» deja intranquilos inclusive a los triunfadores. A Eduardo Duhalde no le gusta nada que los votos a Solá terminaran siendo superiores a los de la lista de diputados, que encabezó su esposa «Chiche». Esperaba que fuera al revés o en el peor de los casos igual, pero nunca menos. Es evidente que en esta distorsión de la democracia se puede hacer de todo, hasta integrar con prepotencia y sin internas a quien se le ocurra en las listas, generalmente aquéllos que requieren fueros. Pero ese desprecio hace que la gente se rebele. Los que no querían a Carlos Ruckauf, por caso, cortaron boleta.

Además, con esto de que está en caída libre la democracia no hay internas partidarias. Sola tuvo una cantidad de votos significativamente menor que sus predecesores, pero no el justicialismo, si se suman los de Rico y Patti. Los 3 dirimieton otra interna, como el 27 de abril entre Menem y Kirchner.

El voto en blanco fue segundo en la provincia detrás de Sola. ¿Qué significa? Lo mismo, que la crisis economico-social terrible hace que mucha gente sea arriada a votar para no perder planes asistenciales del gobierno, pero en el cuarto oscuro no vota a ninguno. Menos a los diputados bonaerenses. Pero cumplieron para que no les saquen «los planes», de 150 pesos.

Un jefe piquetero como Luis D'Elía administra más planes Jefas y Jefes de Hogar, que adjudicó uno a uno, que los votos que recibió en su ilógica aspiración a gobernador bonaerense. Tuvo 0,6 % de los votos. Aun en esta desvirtuada democracia argentina queda la satisfacción de que protestar molestando a los demás en la calle es mayoritariamente repudiado.

Entre abstención y voto en blanco, 40% de los bonaerenses no elegieron a quién los gobierne.


La izquierda en la provincia de Buenos Aires -prácticamente en todo el interior del país-está extinguiéndose.Pero se aferran a considerarlo bien de izquierda a Kirchner, aunque eso no surge para nada de lo acordado por el presidente con el Fondo Monetario Internacional y con el presidente George W. Bush. Pero necesitan sostener que es marxista.

Hay hechos que requieren un sutil analisis y otros incomprensibles. Entre estos últimos está que la mayor parte del voto a Patricia Bullrich haya ido a Ibarra y no a Macri. Hasta la derecha parece así un poco alocada. En cambio es comprensible que los barrios pobres que antes votaron a Macri giraran a Ibarra, a nivel de darle el triunfo: mejoraron su situación económica por la política, aunque sea momentáneamente. No pueden ser criticados.

Lo más penoso que surge de este comicio es que se extiende el mal argentino del «feudo», antes circunscripto a algunos caudillos del interior que por años se perpetuaban en dominio de provincias. Ahora también se generaliza en todos los sectores públicos del país la idea de que el que gana un poder ejecutivo, nacional, provincial o municipal con sólo disponer de los dineros públicos entre tantos desocupados y hambrientos torna imposible el surgimiento de otros que quieran evitar que se perpetúen. Macri fue un caso. La radical Stolbizer es otra que luce a partir de la extinción de dominadores de aparatos como Leopoldo Moreau. No es que los argentinos se hayan hecho menos democráticos sino lo dicho: en crisis económicas agudas hay tantas necesitades que se agrieta la democracia cuando los dineros públicos pesan en las urnas.

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