20 de mayo 2002 - 00:00

¿"Españoles go home"?

El jefe del gobierno español, José María Aznar, y su canciller, reunidos en Madrid con el presidente argentino Eduardo Duhalde.
El jefe del gobierno español, José María Aznar, y su canciller, reunidos en Madrid con el presidente argentino Eduardo Duhalde.
Madrid (enviado especial) - Lo peor que le pudo pasar a esta concluida Cumbre Unión Europea-Mercosur fue que este bloque sudamericano en tembladeral fuera presidido -por ser su turno rotativo- por el mandatario argentino, Eduardo Duhalde, que encabeza hoy el único país en default irresuelto en el mundo. Además, el nuestro es un presidente designado y no electo, con sólo cuatro meses en el cargo, sin todavía haber podido entender los reales problemas argentinos, como para representar bien a los de 4 países clave de Sudamérica, los mismos a los que hace unos pocos días terminó pidiéndoles un préstamo para pagar una deuda internacional y fracasó por la incomprensible torpeza diplomática de haber dejado trascender públicamente el anuncio de tal gestión sin un sondeo previo de nuestra Cancillería sobre si sería o no aceptado para evitarnos una nueva humillación proveniente del contundente rechazo que sobrevino.
Hasta en imagen el presidente Eduardo Duhalde apareció disminuido ante el elegante español José María Aznar y frente a las cámaras televisivas europeas porque sus asesores ni siquiera lo alertaron para asentar su trasero sobre la parte posterior del saco para no aparecer en fotos y televisores con un desagradable sobrecuello frente al español Aznar a su lado.

Convengamos también que Aznar no es el mismo que, no hace más de 5 años, observaba admirado al entonces presidente Carlos Menem y le recitaba en una cena de agasajo en el Alvear Palace Hotel de Buenos Aires aquellas estrofas de nuestro Discépolo en tango: «Si necesitás una ayuda, si te hace falta un consejo, acordarte de este amigo que ha de jugarse el pellejo cuando llegue la ocasión».

Posiblemente Aznar hoy, si volviera a la invocación tanguera, le recitaría a Duhalde aquello de «vos, tu vieja y tu papá», en referencia a otro tango de Discépolo, «Chorra».

Tampoco hoy España es la misma. Está enriquecida y está potente. Como todo nuevo rico está soberbia. Mucho para enfrentar en un acuerdo Mercosur y Unión Europea a presidentes sudamericanos con períodos acotados a no más del fin de este año como Fernando Henrique Cardoso de Brasil, o el mismo Duhalde si los desaciertos de la gestión de éste lo llevan, como hasta ahora, a una elección presidencial adelantada en la Argentina.

España -cabeza visible de Europa en este intento de penetrar económicamente en el apetecible Mercosur- ya no se presenta, por su actual enriquecimiento, con humildad al viajero. El encargado de agencia que te recibe en el aeropuerto de Barajas lo hará refunfuñando por cargar el equipaje; el taxista que te lleva a ver un espectáculo de toros cobra, fuera del marcador de tarifas, 3 euros más al notarte acento extranjero por «proximidad a eventos deportivos», aunque no figure en ningún lado tal recargo; quien te lleva al aeropuerto de Ibiza, mientras entras a buscar un «carrito», te planta las valijas en la acera bajo la lluvia y se va. Iberia te pierde una valija en Barcelona y cuando llegas a Francia te pide 500 euros (casi 500 dólares) por restituírtela al hotel aunque uno no haya sido culpable de tal pérdida por la carga en sus aviones. Eso sí: te obsequia un bolsito con un modesto pijama corto y una maquinita de afeitar. Uno logra enviar un flete desde el lugar, algo lejano, donde se aloja, sin su valija perdida, y paga sólo 300 euros. Un shampoo y crema de enjuague en un hotel de Ibiza cuesta 52 euros (casi 50 dólares, más de 150 pesos argentinos) porque allí ni eso proveen al turista para ducharse.

Este espíritu de rico reciente que impregna a la sociedad española actual es separable de la buena gestión del presidente Aznar frente a la Europa misma. España ha aprovechado quizá mejor que nadie su ingreso y permanencia en la comunidad de países. Les va sacando ventajas porque Aznar lleva una gestión de libre empresa, de capitalismo ortodoxo, francamente admirable y con absoluta convicción frente a algunos socialismos decadentes de Europa en total repliegue político después de varios años de vigencia. No sólo Lionel Jospin en Francia cayó. También el Partido Laborista de Wim Kok en Holanda. Algunos analistas todavía se sorprenden de que el socialismo francés de Jospin no haya logrado 18% de los votos que tuvo el ultraderechista Le Pen. Igual dudan cuando notaron en estos días que el asesinado, antes de las elecciones, Pim Fortuyn, en Holanda, también de ultraderecha, en un triunfo posmorten -como bien señaló el diario «El País»- logró que su partido fuera el segundo más votado. Ineludiblemente deberán acordar con él y tomar algunos ministros suyos, los cristianos demócratas de la CDA que también fue una sorpresa electoral tras la caída de Kok.

La historia política contemporánea es la misma en todos lados: a gobiernos «socialistas» «distribuidores» de riqueza le deben suceder gobiernos «acumuladores» para que luego, con el tiempo vuelvan los «distribuidores» de la ganancia lograda por los más ortodoxos.

Por eso el «gobierno Duhalde» en nuestra Argentina, ya lo hemos dicho, es una contradicción: fue el que más «distribuyó» demagógicamente desde la gobernación de la provincia de Buenos Aires hasta hacer estallar el Estado en déficit que llevaron al default y, por un ardid parlamentario (sustentado en legisladores logrados demagógicamente con esos dineros públicos y sus consiguientes costos presupuestarios) pretende ser hoy el
recomponedor de la situación. Es tarea para la cual no tiene ninguna vocación, ninguna ortodoxia, y la Argentina hoy pierde el tiempo para salir de la crisis. No sienten esa vocación ni Duhalde ni las mayorías populistas casi suicidas en función del país que se aglomeran en el Congreso y van sacando leyes forzadas y con engaños para ver si igual logran ayuda internacional. Pero para seguir repartiendo lo que ingrese sin reducir los gastos del sector público.

Por eso un ortodoxo serio como Aznar se sintió molesto ante Duhalde. Además el español sabe que los
«distribucionistas» europeos, los socialistas, son menos demagogos que los «populistas» latinoamericanos. No llevan a sus países al default extremo. Disponen, como Jospin en Francia, reducir la jornada laboral semanal a 35 horas. Pero no mejora la producción ni el desempleo. Aumentan los días feriados, extremizan los planes sociales, como Felipe González en España, pero los pueblos necesitan luego un Aznar que ponga fin a 13 años de excesos del PSOE y no vota más a los «socialistas» por un tiempo, generalmente prolongado, hasta que de nuevo la gente siente necesidad de que se reparta parte de lo acumulado por los gobiernos austeros. Y se reinicia el ciclo histórico alternativo con el retorno de los distribuidores. Pero en nuestros países latinoamericanos todo es más tosco, elemental, corrupto. Los «socialistas» europeos distribuyen lo «acumulado» por los gobiernos serios pero no atentan contra la libre empresa, no pretenden ni imaginar volver al stalinismo marxista de los años '30 como nuestra izquierda criolla, no matan las finanzas del Estado, no destruyen empresas privadas agobiándolas de impuestos para sus fines populistas.

• Consolidación

José María Aznar en Europa está en la vanguardia del camino de consolidación que recién ahora emprenderán Francia y Holanda; Chile dentro de unos meses; también en algún futuro cercano Alemania, hoy en manos del socialista Gerhard Schröder, e Inglaterra, donde Tony Blair fracasó en el primer intento de convertir en doctrina el «distribucionismo» desde la izquierda y resultó un total y previsible fracaso su «tercera vía» entre capitalismo y marxismo.

El gobierno español lleva años de ventaja a las nuevas ortodoxias que ahora se insinúan en Europa. En estos días ha encarado algo que es el «talón de Aquiles» del Viejo Continente: sus demagogias en regímenes laborales que le quita competitividad económica frente a la liberalidad en la relación capital-trabajo de Asia y, fundamentalmente, Estados Unidos. El presidente Aznar comenzó a enfrentar huelgas con audacia ya en su primer paso: que en un tiempo acotado los desempleados españoles demuestren que siguieron buscando trabajo para seguir cobrando el seguro contra la desocupación. Es razonable y encumbrará más a España en Europa por comenzar a encarar el problema común de todos de los desbordes laborales.

En la Argentina ni hemos encarado que nuestros sindicalistas roben, que se hayan apropiado de la salud en buena parte que corresponde al Estado para usarla como excusa y apropiarse de fondos públicos. No logramos ni formar padrones apolíticos para la distribución de ayuda económica a desocupados y estamos desbordados de absurdos regímenes laborales. En estos días hemos vuelto -más demagogia sindical- a convenios de 1975 y le eliminamos a nuestros sindicalistas la obligación de presentar declaración jurada de bienes al Ministerio de Trabajo -audacia de la ex ministra Patricia Bullrich- para que sigan robando impunemente, con tranquilidad, y no entorpezcan la demagogia del propio gobierno Duhalde.

Si José María Aznar es bueno para España y sobre todo frente a Europa no podemos ocultar que no lo es frente a Latinoamérica. También se notó en esta reunión más amplia Unión Europea, Mercosur y países del Caribe.

El capitalismo español de exportación y reingresos de ganancias es agresivo, por momentos despiadado. Tiene los males que las izquierdas latinoamericanas le atribuían y siguen atribuyéndole por inercia o comodidad política a Estados Unidos. Han comprado los españoles empresas baratas -sobre todo estatales privatizadas- con plazos de retorno de la inversión demasiado exiguos para un capitalismo serio y moderno. Por su longevidad en Latinoamérica el capitalismo norteamericano se muestra asentado, diríamos mesurado con directivos enviados desde sus casas matrices que también lo son por anteriores experiencias previas. El hispano, en cambio, por nuevo, viene financieramente tensionado, dubitativo en sus intenciones. El primero deja a los latinoamericanos la impresión de que te integra a un camino. El español hoy que te absorbe. En teléfonos privatizados en la Argentina, por ejemplo, ganaron ya dinero al primer año desde la adquisición con sólo «cobrar bien» las tarifas como nuestro Estado no hacía (por ejemplo terminaron con los «colgados» o sea particulares que conectaban, por nuestra desidia como administradores públicos, sus casas directamente al cable de la calle salteando el medidor de consumo). Hoy Repsol y Telefónica dan malos balances, afectados en España por la crisis argentina como no sucede con las empresas norteamericanas y de otros países europeos porque midieron mejor, con una óptica empresaria más realista que la española, la renta posible.

• Ganancia rápida

Todos los bancos en la Argentina fueron afectados pero más los españoles porque éstos -también en relación con los norteamericanos- se sumaron exageradamente a la fácil «bicicleta» de tomar fondos del público argentino a 7% y 8% anual y prestárselo al Estado a 12% o 13% con una ganancia rápida y fácil, demasiado fácil, de muy bajo costo porque no había que estudiar balances ni antecedente del «cliente»; que era el mismo Estado argentino. Claro, ese Estado tan seguro sólo en apariencia y pese a que mostraba déficit presupuestarios enormemente visibles, terminó en default. Los bancos norteamericanos -de mucha más larga experiencia en la Argentina, es cierto- no engrosaron ni en la mitad sus carteras con títulos estatales argentinos caídos en un abismo de cotización y también en default. No todos, pero algunos españoles se obnubilaron con la ganancia hoy ficticia que daban esos títulos.

El capital norteamericano -quizás por su fama del «imperialismo malo»- siempre mantuvo apoyo amigable a aspectos sociales, culturales y deportivos entre los argentinos. Los españoles no disimularon que invertían sólo para ganar rápido. Apenas Repsol tomó la petrolera estatal YPF le levantó el tradicional apoyo publicitario a las carreras automovilísticas de Fórmula 1 Internacional que dejó desde ese momento de disputarse, una vez por año, en la Argentina. Eso en época en que el peso uno a uno con el dólar la hacía barata. El máximo corredor automovilístico de la Argentina en su historia después de Juan Manuel Fangio, Carlos Reutemann, triunfó internacionalmente en la Fórmula 1 con el apoyo de la ex estatal YPF. Repsol no mantuvo ni una beca de apoyo. Pero Reutemann, hoy gobernador de la bien administrada provincia de Santa Fe, es quien encabeza todas las encuestas de voto para presidir la Argentina en poco tiempo si hay elecciones. ¿Costaba tanto a las empresas españolas procurarse una imagen más amigable con el público argentino destinando a lo cultural-social-deportivo un mínimo del dinero que remesaban como beneficio a su país?

No sólo en la Argentina hemos visto con demasiada avidez de ganancias de corto plazo al capitalismo de exportación español. También lo he observado en España. Varios aquí -y en estos días el secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero- califican de «neoimperial» el accionar del capitalismo español hacia Latinoamérica. Algo así como si volviéramos al conquistador Pizarro, en la época del Descubrimiento de América, cuando atraía del nuevo continente su oro.

José María Aznar -repitámoslo- tan bueno para España frente a Europa en la conferencia de prensa del viernes parecía Hernán Cortés «el Conquistador» junto al inmolado Moctezuma (en este caso Duhalde) a su lado. Se limitó a 4 o 5 preguntas autoritariamente y contestó con una evasiva la pregunta clave de un joven periodista paraguayo:
¿Qué piensa España de los subsidios europeos a sus agricultores en contra de los productos latinoamericanos? Porque si tanto nos quieren llevar algo nos dejarán venderles en «el acuerdo» en gestión ¿o no?

Con esta problemática como contexto arrancará en julio, a nivel de ministros, en Brasilia la entrada en práctica de la gestión del acuerdo Mercosur-Unión Europea. Sorprende la fuerza con que España impulsa la idea que ya concretaron con Chile. Es comprensible porque Europa ve con recelo al ALCA y todo el esfuerzo norteamericano para unir América desde Alaska a Tierra del Fuego en un solo mercado de libre comercio.

¿Sabrá Aznar, en su propósito bueno para su continente, que deberá enfrentar a otros presidentes cuando lleguen las definiciones del acuerdo que procura, incluyendo quizá a Lula en Brasil que se proyecta como un Felipe González, su otrora enemigo?

Pero no me sorprendería -ni a todos los latinoamericanos, Mercosur o más allá- si en las paredes de Buenos Aires llegara a ver garabateado con aerosol ahora
«Españoles go home», robándoles a los norteamericanos -que pasarían a ser el «imperialismo bueno»- su viejo y legendario estigma.

Claro, Aznar, su tono, los españoles, los europeos detrás, tienen un tiempo de meditar, de escuchar. Todo capitalismo de exportación -sin caer en el «imperialismo» utópico de Lenin- nace torpe, inexperto desde ya, y agresivo. Puede mejorar.

Dejá tu comentario