30 de julio 2002 - 00:00

Menem y Suiza

Jacobo Timerman enseñaba algo que el periodismo moderno olvida. No obligar a los periodistas a editorializar o escribir columnas a fecha fija porque para cumplir u ocultan información a la edición diaria, para enriquecer su columna, o terminan aplicándole levadura a cualquier fantasía para cumplir con la entrega en término.

¿Será esto lo que llevó al columnista James Nielsen -ex «Buenos Aires Herald», que no maneja buena información ni contactos pero suele razonar bien- a toda una elucubración insólita sobre Carlos Menem a partir de la acusación publicada en «The New York Times» sobre sus presuntos sobornos financieros recibidos de Irán?

Nielsen ya da por cierto que el soborno existió para el ex presidente por no inculpar a Irán en el atentado a la AMIA. Ignora que cuando el «Testigo C», el iraní Abolghasem Mersbahi, habla de un presunto soborno, hace referencia a un pago en una cuenta numerada en el Banco Luxemburgo de Ginebra no facilitado por Carlos Menem sino por alguien a quien menciona como «hombre de confianza de Menem», «de su entorno», «unos 7 meses después de la bomba en 1993».

Pero resulta que el atentado a la AMIA fue después del eventual «cobro», el 18 de julio de 1994. ¿Se equivocó el «Testigo C» y confundió el presunto pago para que no acusen a Irán pero no por la AMIA sino por el no menos terrible atentado contra la embajada israelí el 17 de marzo de 1992? Podría ser una equivocación. También que algún argentino pícaro hubiera engañado con cobros a los iraníes autoproclamándose representante del ex mandatario y prometiendo «silencios». ¿Por qué no? No sería el primero ni el último «argentinismo» en estafas. En el descuido con que se movió el menemismo cuando era gobierno y la elevada cantidad de tránsfugas que se le acoplaron se conocen muchos casos de «gestiones» cobradas a empresarios simplemente mostrando una fotografía con Menem (que se fotografió y sigue haciéndolo con millones de argentinos, que se lo piden con fines más sentimentales). Nielsen deduce que Menem cobró para salvaguardar a Irán; que por tanto Estados Unidos e Israel lo repudiarán; que luego lo hará todo el mundo; que en consecuencia no podrá ir a la interna justicialista; que al no ir Menem, ésta la ganará el cordobés José Manuel de la Sota; que luego De la Sota ganará la elección a presidente de la Nación en marzo de 2003; que ascenderá como presidente y ...¡hasta que fracasará como primer mandatario! Todo por dos pesos, como el programa de TV. ¿No es mucha imaginación, Nielsen, elucubrar todo un futuro a partir de comprarse un billete de lotería que además es probable que sea falso?

Para entender lo que sucede en esto conozcamos algunos detalles.

1) El mismo día que salió la noticia en «The New York Times» el periodista norteamericano Barry Schweid, de «Associated Press», invocó a un vocero del Departamento de Estado norteamericano, quien le declaró que «nunca hubo evidencia clara» de la participación de Irán en el atentado a la AMIA.Ya dijimos que fue posteriormente al «presunto pago» que lanzó el arrepentido iraní. Si el pago se hizo por algo de 1992 (atentado a la embajada), allí nunca se habló de Irán, sino de una «operación del exterior». Sí se habló de Irán, del agregado cultural de la embajada en la Argentina, Hossein Joseini, el clérigo Moshen Rabbiani que dirigía la mezquita al-Tawhid en Floresta y recorría la zona buscando automotores al mismo tiempo que el reducidor Carlos Telleldín (hoy en juicio oral) presuntamente les entregaba la Trafic a policías para el atentado. Pero, según «The New York Times», Irán ya «había pagado» antes de que murieran en la AMIA 85 personas.

2) No es difícil publicar notas pagas en «The New York Times». Tampoco es una anormalidad porque las «publinotas» también se cobran en diarios argentinos. Personalmente recuerdo por lo menos dos veces haber sido contratado y recibido honorarios por redactar notas que salieron con mi nombre en «The New York Times». La última, creo que de 1992, organizada por Oscar Fulle y que, entre otros que recuerdo, también firmaban Horacio Lachman y Martín Redrado. ¿Quién pagaba a los periodistas y a «The New York Times»? Sectores empresarios que necesitaban a firmas reconocidas en la Argentina para convencer a los norteamericanos de que invirtieran en el país.

Otra nota paga en «The New York Times», recuerdo, fue de la época de Raúl Alfonsín cuando, inspirado por su canciller Dante Caputo, quería reubicar a la Argentina en el «tercermundismo» con Bangladesh, Cuba, Zambia, etc. Escribíamos de acuerdo con nuestras conciencias que en la Argentina se cree en la libre empresa. Y cobrábamos. Y salíamos en «The New York Times».

La diferencia ahora es que nosotros salíamos en páginas interiores y la sorprendente nota de este corresponsal Larry Rother, que viaja desde San Pablo a Buenos Aires y entrevista a sectores de izquierda, sale publicada en la primera página del diario. Eso no es fácil.

¿No se enteró «The New York Times» de que era un tema viejo, obrante en expedientes judiciales y nunca comprobado? El rabino Sergio Bergman de Memoria Activa acaba de reafirmarle a la revista «Veintitrés» la «inconsistencia de las pruebas y eso podría darle la razón a quienes creen que puede ser una campaña orquestada contra Menem». Y Bergman no quiere ciertamente a Carlos Menem (ni a De la Rúa, ni a Duhalde, a todos los cuales acusa de no haber operado a fondo para esclarecer el horrible atentado a la AMIA).

Pagar una primera página de ese diario de Nueva York parece no tener precio para políticos criollos, aunque nunca puede afirmarse nada en prensa.

¿Una campaña política desde Estados Unidos contra Menem? Es cierto que los norteamericanos preferirían hoy a Carlos Reutemann o Ricardo López Murphy que al riojano. Pero aceptan la fuerza de los votos si lo proclaman. Hasta lo aceptan con Hugo Chávez en Venezuela, a quien realmente desprecian y compromete sus intereses. Menem no.

La izquierda criolla, es sabido, tiene enceguecimiento opositor con el ex presidente y la posibilidad de su retorno. Hasta ahora le achacan que su plan de dolarizar la economía no coincide con el Fondo Monetario cuando durante 10 años de su gobierno le imputaron directamente lo opuesto: acatar al Fondo.

La izquierda odia a Menem no por gestión, ni por Irán. Lo odia por su acercamiento, en esos 10 años, a Estados Unidos. Puede exagerar las cosas, inventar, manipular información, pero no tiene poder para tal influencia en «The New York Times».

¿Qué queda entonces? Lo más probable es un corresponsal un poco torpe que sabe que para que le den atención a lo que se envía a Estados Unidos desde Sudamérica, nunca puede ser sobre algo bueno ni sobre algo justo (por caso, que a los países en desarrollo las grandes potencias los obligan a pagar deudas pero no les dejan, por el proteccionismo, vender sus productos para tener fondos para hacerlo). Algo vinculado a «terrorismo» sí podría lograrle la primera página para su nota en «The New York Times», lo que para un corresponsal destacado en un continente pobre es una hazaña.

También es posible algún hábil operador que sabe que adjudicarle a Carlos Menem presunta vinculación con «terrorismo», aunque sea del pasado y con fechas que no coinciden, asustaría a Suiza para que informe. Es sabido que los suizos se niegan sistemáticamente a hacerles el trabajo a los gobiernos de suplirles sus controles contra la evasión fiscal. Sólo abren su información si hay delitos -comprobados por la Justicia, no meras denuncias- y obviamente si hay tráfico de dinero del terrorismo. Si Suiza, invocándole ocultamiento del accionar de Irán contra instituciones judías, se asustara, podría levantar el secreto bancario sobre Menem y después aunque no fuera no importaría que se hubiera utilizado la desgracia de la AMIA frente al jugoso rédito político que se pudiera sacar a tal información con «sello suizo».

Sería de pésimo gusto haber usado así el dolor inmenso de la colectividad judía.

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