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El juicio a Grandier y los exorcismos que se practicaron en Loudun han apasionado a intelectuales y a cineastas: Aldous Huxley escribió «Los demonios de Loudun», en 1952, y Ken Russell realizó una memorable versión fílmica. La curiosidad, en todo caso, está en las notables similitudes, en los inesperados paralelismos en el juicio llevado a cabo contra el sacerdote -incluyendo los exorcismos a las monjas- y el que se pretende realizar al padre Julio César Grassi, a pesar de haber transcurrido nada menos que 368 años.
Grandier llegó a Loudun, pequeña ciudad cercana a La Rochelle, hacia 1620. Era un hombre de estilo y lo manifestaba en un acentuado encanto personal, en su atractivo físico, en su elocuencia y en un discurso por momentos arrogante. Además, desató pasiones en las mujeres. Se opuso abiertamente al celibato eclesiástico -escribió un tratado al respecto- lo cual le valió su primer castigo: tres meses de ayuno y prohibición de salir de Loudun durante cinco años. Se hizo, claro, popular. En la actualidad, hubiera sido una suerte de celebridad mediática: combinaba carisma, imagen, discurso. Eso le valió, naturalmente, resentimientos dentro de la jerarquía eclesiástica.
La envidia y el resentimiento -no hay que olvidar que Grandier ni siquiera era de Loudun, sino un foráneo- fueron los motores que pusieron en marcha una confabulación para destruirlo. El sacerdote había escrito un panfleto contra el Cardenal Richelieu, «La cordonnière de Loudun», y esa afrenta, tarde o temprano, sería vengada. Por eso, cuando hacia 1632, comenzaron los rumores de que las monjas del convento de las Ursulinas -todas señoritas de sociedad obsesionadas con Grandier- estaban poseídas por el demonio, los enemigos del sacerdote encontraron finalmente el argumento decisivo: lo denunciaron ante un ministro de Richelieu de ser el causante de esa posesión satánica. Grandier, al igual que el padre Grassi, fue detenido y encarcelado.
Para condenar al sacerdote francés había que demostrar la posesión diabólica y, a la vez, exorcizar a las monjas para que numerosos demonios -Asmodeo, Behemoth, Leviatán, entre otros monstruillos perversos- abandonaran sus cuerpos. Los exorcismos de Loudun constituyeron una de las farsas más feroces de la historia, curiosamente parecidos a los nuevos exorcismos mediáticos que pueden presenciarse en ciertos medios argentinos.
Del mismo modo que numerosas personalidades francesas y extranjeras asistían a los exorcismos que se llevaron a cabo en Loudun, para ver cómo las monjas pronunciaban toda clase de obscenidades a través, claro, de los demonios, los argentinos presenciamos desde nuestros hogares, cómo adolescentes acusan a un sacerdote católico de crímenes impronunciables.
Pero las similitudes no terminan ahí. Sor Juana de los Angeles, madre superiora del convento de las Ursulinas -como nuestro arcángel televisivo «Gabriel»- se robó el show. Al estar poseída por siete demonios, entre ellos Asmodeo, no fue fácil expulsarlos. Los exorcistas -como los periodistas que investigan para la televisión nacional- la sometieron a toda clase de pruebas, entre ellas que hablara idiomas desconocidos. El latín de Asmodeo era tan atroz, las faltas gramaticales tan groseras, las declinaciones tan erráticas, que los acusadores decidieron seguir con los rituales utilizando el francés que, después de todo, era el idioma de esa tierra.
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