El balance del año 2022 nos deja con un crecimiento de la actividad mayor al previsto, pero con signos de agotamiento en los últimos meses del año producto de innumerables desequilibrios dentro de los cuales las crecientes trabas a las importaciones desempeñan un papel fundamental. La dificultad que ha encontrado el Gobierno para recomponer reservas es el principal factor que está contribuyendo al incipiente proceso de estancamiento.
También el año nos deja una mayor inflación, producto principalmente de la abrupta caída de la demanda de dinero motorizada por los mismos desequilibrios que se han ido acumulando a lo largo de este año.
Las medidas lanzadas por el nuevo equipo económico son paliativos de corto plazo que van requiriendo dosis cada vez más elevadas de creatividad en un contexto de crecientes dificultadas para coordinar expectativas.
Cuando en marzo se cerró el acuerdo con el FMI, se advirtió que el programa que se firmó carecía de toda capacidad de anclaje de expectativas. Luego, los sucesivos retoques fueron contribuyendo para ampliar aún más esa incapacidad. La crisis de la deuda en pesos de junio/ julio fue sólo un mojón más de esa falta de anclaje.
Esta incapacidad de anclar expectativas ha quedado muy expuesta cuando se considera que, en abril, apenas firmado el acuerdo con el FMI, la inflación interanual era del 58% y hoy es del 88% y creciendo, la brecha era de 70% y hoy apunta al 100% y la demanda de pesos se derrumba (la Base Monetaria pasando del 6% del PIB a 5% o menos).
Estabilización
Hacia adelante los desafíos son múltiples y extremadamente complejos de abordar.
Sin un contundente apoyo político para diseñar y comprometerse a sostener un programa de estabilización en el que cooperen las fuerzas oficialistas y opositoras, el tránsito hasta fin de 2023 luce arduo.
Con una macro altamente dependiente de las divisas que aporte el agro, sector que enfrenta una de las sequías más dramáticas en muchísimas décadas, con un sector energético que habrá que ver si podrá llegar a tiempo para abastecer la demanda de gas en el invierno de manera de reducir la demanda de divisas y con diversos sectores pugnando por conseguir divisas oficiales, la escasez de dólares en el tiempo preelectoral contribuirá a aumentar el riesgo percibido de problemas en el frente cambiario. Por otro lado, vemos que la necesidad de colocar deuda en pesos para financiar a un fisco que ha sido especialmente voraz en los años electorales será un factor adicional de incertidumbre.
Atraso cambiario
Más aún cuando se considera que los plazos de colocación cada vez se acortan más y las tasas que deben convalidarse son cada vez más altas.
Respecto de la inflación, con el nivel de distorsión de precios relativos que se han ido acumulando y la presión salarial para recomponer ingresos en términos reales, la coordinación de expectativas inflacionarias a la baja luce voluntarista.
En este sentido; el atraso cambiario ya acontecido, las limitaciones políticas a un salto discreto del tipo de cambio y la escasez de reservas para abastecer la demanda de importaciones; imposibilitan el uso (como en el pasado) del atraso cambiario preelectoral como un factor que ayude a bajar la inflación. Además, el compromiso de ajustar tarifas para reducir subsidios y evitar un mayor déficit fiscal empujará la inflación con efectos de primera y segunda ronda.
La magnitud de los desafíos que se deberán afrontar no sólo el año que viene, sino durante varios años más para recomponer la macro y la micro que quedarán severamente dañadas, requiere de un esquema de cooperación entre oficialismo y oposición que hoy se intuye muy lejano. Esperemos que no haga falta una nueva crisis para que los dirigentes estén a la altura de esos desafíos.
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