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Arte pop, pero a la argentina, idealizado
Edgardo Giménez.
El estilo «popular» de estos cuatro artistas tiene afinidades y diferencias con el de Estados Unidos, sencillamente, porque los productos que allá se vendían por toneladas en los supermercados, no existían en la Argentina del despertar de la industria, donde nadie tomó jamás una sopa enlatada. Aquí el panorama era otro: ese mundo cargado de mercancías que ostentaba los atributos seductores de la publicidad y la economía de gran escala, se vislumbraba como un sueño venturoso al que nuestro país debía -con urgencia- ingresar. Desprejuiciados y talentosos, idealistas y revolucionarios, habitantes de una ciudad cuyo corazón cultural palpitaba a la par de los grandes centros del mundo, nuestros cuatro artistas inauguraron un pop a la Argentina, tan glamoroso como el de las distantes estrellas de Hollywood. Un estilo que se alejaba también del pop que el crítico francés Pierre Restany denominó «lunfardo», de ese barrial «Revuélquese y viva» que proclamaba Marta Minujín, aunque todos tenían algo en común: modelaban como artesanos sus objetos de deseo, al margen de la fría serialización que en ese entonces imponía el progreso.
Desde la distancia se divisan nuestros cuatro personajes en la más europea de las ciudades de América, en esta Buenos Aires ilustrada que realizó esa gran hazaña de popularizar el psicoanálisis y el cine de Bergman. El fastuoso turbante de seda azul de 200 metros de largo que Juan Stoppani presentó en el Instituto Di Tella junto a 200 manzanas verdes que el público devoró en cuestión de minutos, es la metáfora perfecta del paraíso del arte que albergó la calle Florida. Las pinturas de Delia Cancela y su marido Pablo Mesejean, que introducen en el arte el lenguaje de la moda, también retratan las formas del paraíso. Las parejas parecen levitar, plantadas como flores en un bosque que descansa sobre nubes algodonosas, y del mismo jardín paradisíaco proviene el primitivo preciosismo de lianas y frutos silvestres que una modelo exhibe en la tapa de la inglesa «Vogue». Inspirado en la exhuberancia de la naturaleza, Giménez crea una fauna de bichos extraños y deslumbrantes, monos albinos y voluptuosas panteras negras, mientras a la vez, y con vocación experimental, sale del límite de lo que se considera «artístico» y realiza fascinantes escenografías para cine, muebles, arquitecturas de fantasía y carteles publicitarios. El imaginario de Dalila Puzzovio es decididamente urbano, pero mientras entabla un complejo juego con los accesorios de la muerte, descubre lo maravilloso que esconde lo cotidiano y lo estetiza: diseña coloridos vestuarios y los ya míticos zapatos con doble plataforma que -como una proeza- logra industrializar y poner en las vidrieras de Buenos Aires.
Así, las obras de los cuatro oscilan entre la cultura alta y baja, entre lo culto y lo popular, el arte y la moda, el museo y la calle. Valga entonces este merecido homenaje, porque si en algún momento existió un abismo entre el arte y las cuestiones prosaicas de la vida, ellos comenzaron a cerrarlo. La brecha se hizo menos profunda, y el gran público, atraído por la belleza, el desenfado y la felicidad que irradiaban sus obras, comenzó a concurrir a las exposiciones, a saborear esos frutos prohibidos del arte que, hasta entonces, habían permanecido inalcanzables.


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