Desde lugares tan disímiles como Punta del Este, Puerto Madero, Mar del Plata y Bariloche llega lo más jugoso de las reuniones sociales y políticas de la semana. En el balneario oriental, además de hablarse del fatal accidente en un lugar con historia de tragedias, un grupo de menemistas rememoró viejos tiempos y se esperanzó en que la Justicia descongele causas que involucran a hombres cercanos al gobierno. También se charló del inminente remate judicial de propiedades de un empresario textil devenido gastronómico (no pagó los impuestos). En tanto, la pareja presidencial rehabilitó una residencia veraniega que seguramente se usará como máximo una vez al año; el ex presidente ya habita sus oficinas en el barrio porteño más nuevo, predio que comparte con incómodas compañías. En el Sur hubo tiempo para degustar espumantes (ya no champagne) y delicias locales (ya sin venezolanos). Veamos.
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Luis Barrionuevo
Cerca del faro, vecina a la ex casa de sus padres, en la península de Punta del Este, el ex ministro de Defensa Humberto Romero organizó un asado que se pobló de menemistas acérrimos y otros del mismo club, pero que circulan como los taxis, con la banderita «libre». Poca demanda oficial, claro. A la mayoría de los invitados Romero los recogió de una tertulia que concluyó este fin de semana, reiterada todos los mediodías de enero en «Andrés» (restorán tradicional del edificio Vanguardia, ése que albergaba a Alvaro Alsogaray y a Adolfo Bioy Casares) gracias a la convocatoria de Miguel Angel Vicco y Aldo Elías, quienes invitaban de tanto en tanto a sindicalistas (Jorge Triaca), periodistas (Juan Bautista Yofre, Jorge Jacobson) o le sacaban bolilla negra a presuntos tránsfugas que por una vil tentación monetaria se pasaron al sciolismo (mejor evitar los nombres). Nunca una palabra halagüeña en ese recinto para Néstor Kirchner, salvo el mérito -según repiten- de que no haya incluido todavía en su gobierno a un garrochista sin éxito como el ex embajador duhaldista Eduardo Amadeo, quien en ocasiones apareció por el lugar para tomar claritos y ver la puesta del sol, un romántico incurable. Romero contaba la refacción que había montado sobre una vieja casa en escombros y organizaba una visita guiada a sus invitados, mientras Jacobson comentaba haberse cruzado con Mario Brodersohn y Alieto Guadagni caminando por la rambla, estos últimos rememorando una financiera que supieron tener y fue el antecedente del Banco Macro. Después, abundantes aportes sobre el fatal accidente automovilístico que provocaron el «public relations» Gaby Alvarez y su amigo chofer, quienes están detenidos en el penal de Maldonado y sin perspectivas de liberación. Al revés, claro, de lo que ocurre en la Argentina, donde nadie va a la cárcel, aunque haya muertos -como en este caso- de por medio. Se hablaba de la presunta discusión entre los dos detenidos antes de atropellar a una moto con las víctimas, de ese lugar aciago en la ruta (allí cerca, hace unos años, murió ahogado el fotógrafo que salvó a una de las amigas de la hija de Marcelo Tinelli), de la velocidad del vehículo y del refugio inútil que buscó Alvarez, luego del siniestro, en la casa del empresario de la noche Pablo Cosentino, quien estaba con Guillermo Coppola.
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Pero los otros ajenos al poder actual preferían enredarse en la curiosa vecindad que tiene Kirchner en el cuarto piso de sus oficinas en Puerto Madero. Según decían, en ese edificio también pernoctan Daniel Varizat -el mismo que la emprendió contra una multitud en Santa Cruz con su 4x4, episodio del cual ya nadie habla, ni siquiera la Justicia, que no citó a todos los testigos- y Claudio Uberti, el funcionario que desplazaron del gobierno por haber viajado en el mismo avión de ENARSA en el cual venía Antonini Wilson con 800 mil dólares. A propósito, se preguntaban: ¿ningún juez indagará a Uberti sobre las razones por las cuales oficialmente viajaba a Venezuela cuando él, simplemente, era titular de un organismo a cargo de los peajes locales? Ese solo interrogante ya lo complica, por no hablar de otras derivaciones que se investigan en Estados Unidos, mientras el gobierno -hasta ahora- tampoco emitió ningún tipo de explicación al respecto. Sólo denunció que hay una campaña norteamericana en su contra. Pero, allí decían, como las anomalías y la corrupción no parecen interesarle a la gente (privilegian la seguridad, eventualmente la educación, según últimas encuestas), casi hay garantías de que este caso, como el de Skanska, el de Greco y otros, se congelará en la red judicial hasta que sobrevenga el deshielo. Fecha para este fenómeno climático: los menemistas coinciden en que será inminente; quienes no profesan ese culto al riojano suponen -por el contrario- que deberán pasar muchos meses antes de que se avizore algún impacto negativo contra el gobierno.
Mucho anecdotario del pasado, aunque uno de los visitantes dejó una perlita fresca: el casamiento, discreto, en Nueva York, del embajador argentino en Naciones Unidas, Jorge Argüello, quien se fue de luna de miel a San Francisco. Este hombre que derivó en el kirchnerismo merced a la madeja tejida por Alberto Fernández, estaba de novio con una periodista cercana a medios propicios al jefe de Gabinete, Erica Grymberg, con quien consumó boda a la cual no invitó siquiera a sus más cercanos en la delegación diplomática. Mucho humor en las mesas, como la discusión entre un argentino y un brasileño sobre lo razonable en hectáreas para cada uno sobre la titularidad de un campo. «Para mí, 350 hectáreas está bien», razonó el brasileño. «Para nosotros -dijo el argentino-, no. Nosotros salimos con el jeep a la mañana, recorremos hasta pasado el mediodía y entonces evaluamos las dimensiones; esos son nuestros límites». Para no ser sorprendido, el brasileño replicó: «Me habían dicho que los jeeps argentinos eran una mierda, pero nunca imaginé tanto». Chistes al margen, el sentido de la vida para muchos de los presentes quedó en el recuerdo de otros momentos vividos en la casa paterna de Romero, en una cena memorable en el mismo balneario, antes de que asumiera Carlos Menem por primera vez y cuando éste había decidido postergar la designación de Domingo Cavallo (pegado en una sillita entonces al pletórico riojano, esperando alguna miguita) en Economía y entregarle esa gestión al grupo Bunge & Born. Infinidad de episodios nostálgicos, historias amorosas y políticas, peleas y conflictos de aquella corte naciente que caracterizó a los 90. De ahí, sin sosiego, se saltó a la vorágine de Cavallo y su triste final con el « corralito» en tiempos de Fernando de la Rúa. Si hoy Cavallo tuviera que decir la verdad -señalaba uno-, admitiría tal vez que se equivocó con esa medida y, lo que es peor, que entonces no le hizo caso a uno de sus principales consejeros, Horacio Liendo. ¿Y entonces, a quien le hizo caso en ese momento?, preguntó uno de los presentes. «A los titulares de ciertos bancos y al asesoramiento de Daniel Marx.» Silencio, sorpresa, quizás olvido sobre aquellos acontecimientos que sirvieron de excusa para montarle un golpe de estado a De la Rúa (otro tema que la Justicia parece ignorar). Ya habían pasado entonces las achuras, llegaban el vacío, el lomo y el asado.
Las mujeres, más prácticas e incansables devotas de ese juego de origen judío, el burako, se entretenían en sus charlas con otra novedad. Por ejemplo, el caso de la curación del tenista Lucas Arnold, quien hace pocos días volvió a los courts luego de haber estado varios meses afectado por un cáncer. ¿Y cómo se curó?, preguntaron a coro, mientras la bien informada señaló que el tenista argentino había aceptado un tratamiento con medicina antroposófica, una manifestación más sofisticada de la homeopatía. Por supuesto, entonces hubo que atender una clase sobre esta disciplina que aplican médicos -en la Argentina hay un laboratorio y una farmacia dedicados a este rubro- y que supone no sólo remedios, sino también un concepto filosófico. La novedad de que el deportista Arnold salió del cáncer gracias a este tipo de atención provocará -se supone- una búsqueda de especialistas en esta alternativa medicinal, obviamente esotérica y de alto desarrollo en ciertas comunidades (México, por ejemplo). Menemistas al fin, los hombres culminaron antes de los postres con una larga divagación sobre la venta de un inmueble: el edificio de lo que fue, en su momento, la confitería «El Mejillón», quizás la mejor vista del balneario a la isla Gorriti. Todos saben que esa propiedad pertenecía a Armando Gostanian y que ahora va a remate por obligaciones incumplidas con la AFIP uruguaya, rigurosa a la hora del cobro (al parecer, el empresario de origen armenio, tan caro a Carlos Menem, también enfrenta juicios laborales millonarios por empleados que tuvo, además de en «El Mejillón», en «Yabrud» y en la parrilla «Martín Fierro»). Recordaban que en ese lugar, Gostanian quiso instalar una sala de juegos -el Conrad, con su oferta, en su momento le ganó esa pretensión- y, a pesar de que desdobló el edificio en distintas ofertas, nunca logró sobreponerse, menos después de la catástrofe de 2001. En rigor, Gostanian ha padecido los problemas de otros empresarios gastronómicos que no han pagado impuestos en el Uruguay, todos lanzados a una fantasía con un negocio que sólo alberga clientes en cantidad durante 20 días del año (cada vez las temporadas son más cortas) y luego, apenas si subsisten con el agua a la nariz (significa que varios no aceptan tarjetas de crédito y, en ocasiones, ni siquiera entregan facturas). Un tema, claro, como el precio al cual saldrá finalmente a la venta «El Mejillón», lugar que acechan numerosos interesados.
Es que, comentaban, continúa cierto furor inmobiliario en Punta del Este: el restorán de Mallman en José Ignacio se vendió a un millón de dólares (sobre el cual se instaló un chalet), el mismo precio de «La Gamba» en su momento (allí fracasó en un año el mítico «Osaka» de Palermo Hollywood). Por no hablar, en la zona, del lote que alguna vez sirvió para la disco Cream, liquidada en 5 millones y sobre la cual un empresario noruego hizo 5 casas alrededor de una piscina que, en verdad, encubre a una posada (diseño de Carlos Ott, el mismo de la Opera de La Bastille de París y del aeropuerto de Punta del Este). Como la mención de «Osaka» y el sushi -plato que este año no abundó en calidad, salvo en «Nam»- despertó inquietudes, uno de los invitados recién llegado de Caracas explicó dónde comen los nuevos ricos del chavismo (y algunos invitados del oficialismo argentino, cuando van): se trata de «Astrid y Gastón», una cadena originaria de Lima, plagio de «Nobu» (restorán de Robert de Niro en Nueva York), el más concurrido por la boliburguesía chavista, con multitud de Hummers en la puerta, obviamente en el barrio de las embajadas (Las Mercedes). «¿Ustedes saben cómo fue el caso de los vehículos diplomáticos? No vayan a creer lo que dicen los diarios», señaló un conocedor. Y siguió: el director del registro del automotor, Miguel Gallardo, le comunicó la primicia investigativa a un grupo de peronistas exiliados en «La Biela» que integran Moisés Ikonicoff y Rodolfo Iribarne. Fueron éstos y no Aníbal Fernández -como se autoimputa- quienes le recomendaron al funcionario que le comunicara el tema a Jorge Taiana, sugestión que él aceptó interesado porque «Taiana es amigo mío». Y así fue, no como la cuentan, siguió el infidente, a esa altura ya entonado por los vinos que humedecían la carne.
Del menemismo puntaesteño al kirchernismo marplatense, en rigor una remake del riojano en esa costa. Como los Kirchner reabrieron la residencia de Chapadmalal -sólo utilizada, en ocasiones por la hija, Florencia, para organizar eventos con sus compañeros de colegio y blog-, aunque sea para visitarla una vez al año como los grandes terratenientes, se encendió la política en el balneario donde reposan los dos armadores de la construcción del nuevo Partido Peronista imaginado por el ex mandatario: Juan Carlos Mazzón, quien atiende en Mar del Plata y en la Capital, y Jorge Landau, un diputado bonaerense con sangre duhaldista conocedor de todas las artesanías y manualidades de cómo manejar el instituto partidario. Como dicen los expertos, contratados por los años dedicados a la tarea. Ambos, claro, artífices de las «colectoras», ese instrumento que rozó el fraude y sirvió, en las últimas elecciones, para juntarle votos a Cristina con listas parecidas. Son, Mazzón y Landau, los hombres vinculados a las legalidades del partido (bueno, Mazzón también tiene otras especialidades cotizadas), mientras -Kirchner dixit- los otros que se ocupan de los detalles políticos son los legisladores Carlos Kunkel y Carlos «Cuto» Moreno. Entre todos ellos rememoraban la vida del santacruceño en sus oficinas de Puerto Madero, siempre acompañado por su secretaria Liliana Quiroga y algunos del Sur que no podían pisar la Casa Rosada (Rudy Ulloa, Pilo Aset) por el mal de ojo que les echó Cristina. Allí, comentan, como si fuera un sino de ex, Kirchner pasa mucho tiempo mirando televisión, zapeando, casi como Menem en sus tiempos de oro (y, en los otros, también). No le faltan televisores, ya que dispone de tres plasmas en una sala y otro en su escritorio, confunde los controles remotos de un lugar a otro mientras reclama que anoten determinado programa o cierta declaración o comentario. Algo así como lo que realizaba Domingo Cavallo en sus tiempos de ministro, cuando llamaba a las radios para desmentir o pleitear. Para algunos, esa inclinación televisiva puede ser un signo de soledad; para otros, es el excesivo cuidado sobre la gestión de su esposa, ya que más de un cercano entiende que pronto Kirchner se dedicará a citar periodistas, opinólogos o comentaristas para explicarles sus ideas y las del gobierno. Como si postulase para el cargo de vocero que la Presidente no tiene.
Sólo José Pampuro afirma que, a él, Kirchner le reconoció que desea ser titular del PJ. Al resto le ha negado esa posibilidad, se escuda en falta de tiempo, en el cansancio que arrastra de la gestión, excusas que ninguno atiende y, por el contrario, se retiran convencidos de que -en ese sentido- les miente. O, más bien, lo interpretan o le leen los labios, como él solía decir en un particular mensaje carcelario. Extraña, eso sí, que se haya vuelto más amplio en el trato con los peronistas, ordena que sus operadores hablen con todos, que no haya exclusiones. Si Mazzón hasta se reunió con Ramón Puerta la semana pasada, personaje que nunca encajó en el paisaje de El Calafate. Dicen, inclusive, que incluso abrió las puertas para que haya diálogo con los hermanos Rodríguez Saá, aunque éstos siguen ofendidos, más cuando en la semana Alberto Fernández -por atacarlo a Mauricio Macri- declaró que había que gobernar para todos, sin discriminaciones (por la atención en los hospitales) mientras que al dúo puntano ni siquiera les responden los pedidos de audiencia. De todo este modesto ajetreo, política en Puerto Madero, holganza mínima en Chapadmalal -con todo el mundo esperando en las inmediaciones por si había un llamado desde la residencia-, ya se concluye que la lista de congresales futuros al partido será conformada por el recontrachupamedias José María Díaz Bancalari, Alberto Balestriniy «Cuto» Moreno, los auditores serán Kunkel y el sindicalista Hugo Moyano (a través del abogado Héctor Recalde) y alguna migaja le cederán a Daniel Scioli, quien no tiene a nadie pero admitirá que alguien lo represente (ya confesó que, ante los Kirchner, en su pasado de vicepresidente, se equivocó: concesión última de su mínima autonomía). Por supuesto, quien finalmente aprobará esas listas simbólicas será el propio Kirchner. Ya hay fecha para esa nómina (primeros días de febrero) y el cónclave de avanzada se realizó en el hotel América de Villa Gesell, operativo que montaron el intendente mayor Julio Pereyra y Kunkel, distinguiendo el modelo de la gente que los siga. Tiene nombre y apellido, es José Luis Pérez, alias «el Patón», intendente de Balcarce que se ha caracterizado por su pasión rabiosa: fue rabioso duhaldista en los 90, a finales de la década rabioso menemista, luego de vuelta rabioso duhaldista en 2005, en 2006 rabioso felipista (por Solá, que lo premió con un cargo) y ahora rabioso kirchnerista. Sólo sacia o exacerba ese brote canino según el cargo que le otorguen.
Otros peronistas, otro asado naturalmente. Fue en Punta Mogotes, en dos lotes que sirvieron para la construcción de dos casas habitadas por Luis Barrionuevo y su esposa Graciela Camaño y, otra, por el hermano de ésta, Dante, a cargo de las obras sociales de los gastronómicos. Claro, no hay medianera entre los chalets, lo que facilita la extensión de un enorme jardín que sirvió para la convocatoria de 100 dirigentes sindicales, algunos de poca monta, pero número suficiente para que el gracioso Luis dijera: «Junto más gente que Moyano, por más que éste asalte la Casa de Gobierno (como si no lo hubiera hecho ya), le ganamos 2 a 1 en cantidad de afiliados por gremios». Y para tal argumento exhibe la propia lista que el gobierno acaba de entregar sobre la cantidad de asociados en cada sindicato. «Hoy, con Internet, se acabó la joda: ya no pueden trampear más», exuda el gastronómico. Al mejor estilo de los duros, Barrionuevo se plantea no negociar más salario que el que pacte Moyano y la sospecha, más bien la certeza, de que el movimiento obrero se encamina a ofrecer tres cegetés distintas: la de Moyano, la de Barrionuevo y la CTA, cuya personería la Presidente está dispuesta a conceder. O sea, el ideal para un gobierno. Al menos, temporalmente. Mientras, en el copioso asado, jurando que el anfitrión no quiere ningún cargo -en rigor, él sigue la lucha en Catamarca-, lo que prevaleció fue la sanción a tres gremialistas que en algún momento caminaron con Barrionuevo: Omar «el Caballo» Suárez (de navales que se hicieron prósperos con el casino flotante), Jorge Omar Viviani (taxistas) y José Luis Lingieri, quizás el más pegado al oficialismo (control de aguas y del cloro) quien hace pocos días sostuvo con referencia al jefe gastronómico: «No se puede ser vigilante y ladrón». Ira de la muchachada reunida, ofensas y reproches: habla así después de vivir de Menem, de estar pegado a Luis, no tiene códigos, expresaban. Peleas de verano, luchas por ser caciques de una tribu que terminó, como los porteros, en la triste experiencia de denunciar a vecinos por la cantidad de acondicionadores de aire que tienen en sus departamentos. Tanta funcionalidad en algunos con los gobiernos se entiende: muchos porteros, en los tiempos de la dictadura, ya cumplieron el servicio de denunciar a sospechosos visitantes o jóvenes que realizaban actividades extrañas en sus viviendas. Información para tareas de rastrillo, en algunos casos exitosas: lo prueba la denuncia y muerte del ahora reivindicado Roberto Mario Santucho del ERP, quien cayó en un operativo en un edificio de departamentos cercano a la General Paz. Nada cambia, nada es nuevo, ni los dirigentes.
Si hubo clima indispuesto en Punta del Este, más bien ventoso y ligeramente frío (casi se privó la navegación), en Bariloche se niveló una temperatura de 25 grados, agraciada como las puestas de sol sobre el Nahuel Huapi. Ideal para una cata de 5 espumantes (nombre que ahora se le otorga al champagne, debido a que sólo pueden utilizar esa denominación las bodegas de esa región francesa), indispensable para distinguir un brut nature de un extra brut, un brut rosé de una cuvée reserve pinot noir o de un demisec (en verdad, hasta catando uno se confunde). Igual interesaba la experiencia en el hotel El Casco -plagado de obras de arte-, donde se aprendía que a pesar del dorado de la bebida, la uva que lo nutre es tinta (pero el color se logra cuando se le quita el hollejo). Milagros de la ciencia de un sacerdote, con botellas que deben girarse todos los días en un añejamiento de un año por lo menos, hoy derivadoen experiencias de todo tipo (ensayan con uva semillón, sacan champagne del malbec, etc.) que fue acompañado por un festivo menú: sopa de lentejas con espuma de trucha ahumada, pasta de centolla con sal de cítricos, portobellos dorados con palta, manzana y curry, es decir salado con dulce, la nueva cocina de onda dirigida por un discípulo de Fernando Trocca (hoy en Guadalajara, presidiendo un restorán de carnes argentinas), Martín Erkekjian. Presentes, de Enrique Morea a la baronesa Ruth Von Ellichausen, la madre de Francis Mallman y comentario general sobre el veto de Cristina para un aporte de 500 mil dólares para la compra de un helicóptero al grupo Modena de Cristiano Rattazzi, imaginado para salvatajes. Muchos turistas, griegos, mexicanos, norteamericanos; bajó el ingreso de venezolanos desde la novelesca historia de la valija de Antonini Wilson. Ver para creer.
Vamos a terminar con un chiste machista. Una pareja visita la exposición rural; llegan a un corral y allí el peón les explica que el toro que están mirando se había apareado 50 veces durante el año anterior. La esposa, con una sonrisa pícara, codea a su marido y le dice:
-¿Ves, querido? Cincuenta veces en un año... Eso es casi una vez por semana...
Siguen caminando, llegan a un segundo corral, y allí hay otro toro, con un cartel que indica su nombre, su número y la frase: «Animal que se apareó 120 veces el año pasado». La mujer vuelve a pegarle un suave codazo a su pareja y exclama:
-¡Mirá, mirá! ¡Es más de dos veces por semana!
Llegan a un tercer corral, y allí ven a un robusto animal, un joven toro con un cartel que reza: «Se apareó 360 veces el año pasado». La esposa, excitadísima, exclama:
-¡Mirá, querido: este toro tuvo sexo casi una vez por día! ¡Podrías aprender algo de estos animales...!
Y el marido responde, calmo:
-Andá; preguntale si fue todas las veces con la misma vaca...
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