Juan Manuel Gayoso asegura que el grueso del mercado que consume el producto en Che Tango es el sector corporativo, aunque aclara que no se debe descuidar al turismo re-
ceptivo.
El asombro fue grande al traspasar la puerta de ingreso de Che Tango. Llegaba con la idea de ver un megashow más, de los cientos que invaden la noche porteña. Sabía apenas que el local había sido antiguamente un inmenso astillero abandonado durante años; que había inaugurado como casa de tango en 2005, tras dos años de obra y una inversión de más de dos millones de dólares y que hubo un reciente cambio en la dirección general del establecimiento. El resto busqué averiguarlo personalmente. Al tomar asiento a una gran mesa redonda con capacidad para diez personas, pero reservada sólo para tres (es política de la empresa otorgar una mesa por reserva), a pocos metros del escenario principal, tuve la sensación de estar sentado en el medio de la 9 de Julio, justo en la bajada de avenida Del Libertador, con una vista privilegiada de la Buenos Aires nocturna. «Ese mural es una imagen real, que mide 10 x 160 metros y cubre todas las paredes del lugar. La idea es que quien llega aquí tenga la sensación de estar cenando en el Obelisco, en una avenida 9 de Julio que ha sido cerrada y techada para él», cuenta a Ambito del Placer Juan Manuel Gayoso, socio gerente de Servicios de Hotelería y director general de Che Tango. La idea surgió de un fotógrafo internacional: Domingo Pitrelli, un aventurero que ha ido por el mundo tomando imágenes de Las Vegas, Nueva York, y de diferentes estadios de fútbol, como el Azteca de México; el Camp Nou, del Barcelona; el Monumental, de River; y la Bombonera, entre otros. Esa fotografía, que recibe cientos de elogios en cada show, fue tomada mediante una máquina de origen alemán cuyo valor ronda los cien mil dólares. El trabajo entrará entre el año próximo y el 2009 en el «Libro Guinness de los Récords» como la foto real más grande del mundo.
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Periodista: Imagino cuántas horas de trabajo para armar semejante escenografía... Juan Manuel Gayoso: Sin duda. Esta imagen está formada por cuatro partes, y para su confección se usó una tela importada desde Inglaterra y cincuenta kilos de tinta. Tengo entendido que el autor estuvo noches sin dormir para realizar el trabajo.
P.: ¿Cuál es el desafío de la actual administración? J.M.G.: Colocar a Che Tango en un lugar de privilegio entre los exponentes de música ciudadana y folclore para el turismo nacional e internacional. Y sobre todo, esto es fundamental, posicionarlo en el mercado corporativo, teniendo en cuenta las grandes dimensiones del salón, con capacidad para más de 900 personas sentadas.
P.: No será sencillo, porque el producto tango pareciera estar dirigido especialmente al turismo receptivo. J.M.G.: Antes era así, ahora no tanto. Y menos en nuestro caso, que cada vez recibimos más pedidos de empresas que quieren ofrecer incentivos, hacer reuniones o lanzamientos de productos. Por eso nos estamos orientando a ese segmento, sin descuidar el turismo, claro.
P.: ¿Entonces, en este momento el grueso de la gente que llega a Che Tango son argentinos? J.M.G.: Diría que sí, 30 por ciento llega a través de las agencias de turismo y operadores del sector, y el restante 70 por ciento está compuesto por una proporción chica de argentinos que llegan desde distintos puntos del país y otra muy grande, del sector corporativo. Siempre digo que los productos nacen con la idea del creador, pero se van formando con la idea del mercado.
P.: ¿En qué se diferencia este show con el anterior? J.M.G.: Tomamos el mismo show, pero lo mejoramos, lo potenciamos, lo devolvimos a las raíces originales y -sobre todo- lo dotamos de presupuesto. En resumen, logramos que el show vuelva a ser aquello que el creador pensó en su momento.
P.: ¿El público que asiste hoy a ver tango es el mismo de hace unos años o cambió el perfil? J.M.G.: Cambió totalmente. Hay un acercamiento del público joven al tango, y por decisión propia.
P.: ¿No tiene que ver con la herencia recibida, entonces? J.M.G.: En este caso no. Antes sí era así, la gente de 40 o 45 años que se acercaba, generalmente escuchaba tango en su casa por los padres o los abuelos. En cambio, los jóvenes ahora lo hacen por gusto, por elección propia. La noche transcurre con una cena con sello bien criollo, que incluye tres pasos (a elección): entrada, plato principal con carne argentina y postre, acompañado por vinos de bodegas Norton; cinco parejas de bailarines (Melina Brufman y Claudio González son los responsables de la puesta en escena y la dirección coreográfica); los mejores tangos en la voz de Hugo Marcel; un show de folclore a cargo del reconocido charanguista Rodolfo Ruiz que arranca aplausos ensordecedores, y un cierre imponente, que logra una comunión especial con el público, con dos orquestas a pleno y el coro de las parejas de bailarines interpretando una parte de la «Misa Criolla» de Ariel Ramírez.
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