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10 de mayo 2007 - 00:00

El turismo puso de moda el bronceado

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Escribe Máximo Soto

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El bronceado, la piel tostada, como signo de riqueza y de salud es una de las muchas transformaciones que ha impuesto en menos de un siglo el irrefrenable avance del turismo. Hasta mediados del siglo XX tener la piel tostada era cosa de los campesinos y de los proletarios del nivel más bajo.
La palidez como elemento social diferenciador fue algo que ya se daba en la Grecia de Pericles y en la Roma de los Césares. En esas regiones, donde según algunos investigadores se inició el turismo con los viajes de las familias más poderosas a una segunda residencia «de vacaciones» -que en el caso romano solía estar en Pompeya- fue donde se encontraron ungüentos para mantener la blancura de la piel, lo que señala que la palidez servía para diferenciarse de los esclavos y las clases bajas que debían trabajar y hacer sus tareas al aire libre.

TU BLANCA PALIDEZ

Más cercanamente, en el siglo XIX, donde con los «grand tour» londinenses el turismo toma su real impulso, las mujeres conservaban la «romántica» palidez de su rostro a fuerza de beber vinagre, tener su cuerpo ceñido por un corsé y ser las grandes pioneras de la anorexia. Esto les permitía desmayarse con suficiente frecuencia y ser atendidas con desvelo, lo que impulsó al poeta argentino Juan Cruz Varela a escribir: «Dile un beso a mi adorada/ y provoqué sus sonrojos;/ le di dos, cerró los ojos/ y se quedó desmayada./ En causa tan apurada/ comencé yo a gritar: ¡Luz!/ y ella me dijo: Juan Cruz,/ ¿no ves la puerta cerrada?/ ¿o no sabés, avestruz,/ para qué estoy desmayada?».
El turismo, que comenzó siendo una materia más de los jóvenes aristócratas ingleses que debían formarse para ser lores y eran acompañados por tutores como Samuel Johnson o James Boswell, y poco después por quienes elegían el exotismo con el «Indian Mail» (viaje de británicos hacia o desde la India), se amplió con la moda romántica de reconocer «tierras en decadencia» como lo eran por ese tiempo España, Italia y Grecia (cosa que hicieron, entre los más famosos, Lord Byron, George Sand, Frederic Chopin, Stendhal), y por lo que pronto se definiría como «balnearismo». Así comenzaron a denominarse las exploraciones y afincamientos con los que los sectores más ricos de Europa descubrieron las virtudes de las playas y de las termas. Fiódor Dostoievski recuerda en una de sus novelas su deslumbramiento ante Niza, adonde había sido invitado por un magnate, y el dinero que perdió en Montecarlo.
Pero el «balnearismo» no cambió el culto por la palidez de las clases altas. En fotos de comienzos del siglo XX se puede ver en los más diversos balnearios a sus representantes andar por la arena totalmente vestidos y con sombrilla. Adolfo Bioy Casares ha dejado el testimonio de su cuñada Victoria Ocampo que, desde los años 30 y aun en los 60, en Mar del Plata nunca bajaba a la playa sin una enorme capelina que la defendiera de cualquier rayo de sol.

TRES RAZONES

Se sostiene que para descifrar las razones de la evolución de las corrientes viajeras, el irrefrenable avance y democratización del turismo, se puede plantear «razones técnico industriales» (por ejemplo, la revolución de los transportes, de las comunicaciones, etcétera), «razones médico científicas» (entre las que se suelen mencionar la ecología, el nomadismo como una forma de mantener la salud) y «razones sociológicas» (fundamentalmente con el cambio de paradigmas y la aparición de nuevas corrientes de pensamiento).
La revolución de los transportes ha llevado a que José Luis García Vega en la obra «Ocio y turismo» se preguntara «si la invención de los transportes colectivos fue lo que motivó los desplazamientos masivos de viajeros o si fue la necesidad de viajar lo que propició e impulsó la mejora de los medios de transporte». Lo cierto es que desde los primeros viajeros, desde los inmigrantes, peregrinos, aventureros y conquistadores, los barcos fueron el primer recurso, el que permitía realmente alejarse. El tren amplió el flujo de viajeros.
Luego el automóvil permitió que las clases más adineradas pudieran encontrar nuevos destinos vacacionales, y desarrollar zonas a las que poco tiempo antes era imposible llegar y, por tanto, no tenían el menor interés. Así surgieron los grandes balnearios, las ciudades de descanso, y las rutas que se irían transformando en autopistas. El avión vino a achicar aun más las distancias. Los costos de los autos y de los pasajes fueron bajando, democratizando el turismo, dando posibilidad de viajar a los sectores medios y aun, a través de beneficios gremiales, a los sectores bajos.
Los diarios y revistas, la radio, el cine y la televisión, conectaron al público con los lugares más distantes, fomentando el deseo de conocer el mundo. El turismo, selectivo hasta los años 50, se transforma en masivo, pasa a ser considerado un rubro de primera necesidad.
Si bien en el aspecto médico científico está cuestionado que el estar bronceado sea un signo de salud, las imágenes de astros y estrellas, deportistas y políticos bronceados hace que la mayoría de la población piense lo contrario. El «bronceado caribe» durante todo el año señala un nomadismo acaudalado que permite disfrutar de etapas de ocio durante todo el año, ir de verano a verano por todo el planeta o pasarse buena parte del tiempo en el Mediterráneo o en el trópico. Y esto, como plantea un personaje de Mario Vargas Llosa, «si no es salud es andar por el Edén».

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