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Hay en la experiencia turística una epifanía que es sagrada, como en el enamoramiento. Y a menudo, ni los políticos ni los gestores la perciben. El viaje es, en sí mismo, conocimiento, estímulo y articulación de felicidad. El turista cultural es un ser construido, un artífice generoso. A menudo pienso que valdría la pena que alguien escribiera un libro que se llamara «De lo espiritual en el turismo». Quizás aprenderíamos a partir de las ideas allí expuestas algo esencial de lo que se escapa en los análisis en curso.
Las experiencias de ciudades como Florencia o Venecia nos sirven para estudiar algunos de los problemas. Pero no todos. Veamos: las ciudades turísticas europeas basan su capacidad de atractivo en la posesión del patrimonio arquitectónico y artístico que consideran imperecedero. La jerarquización, la importancia relativa de estos recursos, está ampliamente compartida entre los ciudadanos, los políticos, los gestores y los turistas.
Necesitamos poner orden y comunicar tanto en el interior como en el exterior nuestros objetivos: los identificativos, los relativos a innovación o a desarrollo y, también, rescatar del olvido las aportaciones interesantes del pasado inmediato. Un país turístico necesita una sección especializada en los medios de comunicación.
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