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30 de noviembre 2007 - 00:00

La Navidad se esparce ya por mil escenarios

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Escribe Máximo Soto

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A partir de diciembre, la Ciudad de Buenos Aires se convierte en un extraordinario escenario que permite recorrer mitos, leyendas y costumbres de la Navidad. Los shopping son decorados especialmente para que los visitantes se sientan invadidos por un clima de fiesta, para que entren en ese mundo de fantasías del que nunca esta ausente Papá Noel, ese viejito gordo que nos recuerda que llegó el momento de repartir regalos. Los hipermercados, supermercados y hasta mercaditos barriales se adornan con símbolos navideños, que son ver-siones gigantescas de los que ellos venden para decorar los hogares.
Los negocios se aderezan con detalles simbólicos tradicionales. Las calles se engalanan. Se cubren de luces que tienen la forma de «la estrella de Belén», aquella que se dice que anunció el nacimiento de Cristo (estrella que ha servido para que algunos científicos sostengan que Jesús nació muchos años antes de la fecha que se da habitualmente). No es necesario hacer una recorrida especial para encontrarse con esas cosas, ellas nos asaltan a cada instante.
Y a medida que pasan los días es cada vez mayor. Se suman los aspectos declaradamente religiosos. Los pesebres escultóricos y vivientes. El aire se llena de villancicos (esos cantitos simples de adoración y fe, que hace quinientos años en Europa coreaban los pastores en sus villas). Se enciende en un parque un gigantesco candelabro por Jánuka. Junto a los signos de devoción, que imponen el respeto, se encuentran elementos que no dejan de sorprender a una mirada atenta.
Por ejemplo: ¿qué hacen los muñecos de nieve, los trineos de Santa Claus, los árboles inver-nalmente nevados que aparecen por todas partes, cuando noso-tros celebramos lo exactamente opuesto a eso: el comienzo del verano? ¿Se debe a la inmensa influencia de los Estados Unidos, donde todo eso es coherente, donde
Coca-Cola mundializó la figura actual de Papá Noel y hasta le agregó una Mamá Noel? A cada instante hay una pista que induce a recorrer la historia, por caso esos gnomos, elfos, duendes que acompañan a Santa Claus y que provienen de leyendas celtas, que imbrican otras aun más antiguas y paganas.

Los colores de la vida

Tres colores dominan la escena: el dorado, el rojo y el verde. Desde la perspectiva mitológica, son una aclamación de la vida. Esos colores aparecen como constantes de vitalidad en todos los pueblos.
El dorado o amarillo está en la celebración del sol, tenga un nombre azteca o el de Apolo entre griegos y romanos. El rojo sangre es la corriente nutriente de la vida. El verde, la naturaleza en su constante renacer, y en su esplendor.
En los países donde comienza el invierno esos signos recuerdan que la vida continúa más allá de la nieve, reclama que el dios sol crezca en sus destellos, brille con mas fuerza, y que el futuro sea de esperanza.

El buen Santa de los 8 renos

Si alguien ingresa a la iglesia de San Nicolás de Bari, en la avenida Santa Fe, entre Talcahuano y Uruguay, buscando a Papá Noel, no lo encontrará. Mucho ha cambiado para convertir a aquel santo del siglo IV solidario y generoso en un ancianito bonachón. San Nicolás solía dar dulces y regalos a los niños, y andaba con una bolsa enorme a su espalda. Curiosamente, mientras en Italia quien repartía regalos era una bruja buena, en Alemania fue San Ni-klaus, que luego se convirtió por contracción léxica en Santa Claus. Y Santa Claus dejó de ser San Nicolás de Bari, pasó a vivir en el Polo Norte, a volar por los aires, como el dios germánico Odín, en un trineo tirado por ocho ciervos o renos que llevan los nombres poco cristianos de Bailarín, Brioso, Cometa, Cupido, Juguetón, Relámpago, Acróbata y Trueno. Hoy Santa Claus reina durante diciembre en el mundo.

¿Que comemos en verano?

Nueces, pavo, cerdo, castañas, almendras, garrapiñadas, pan dulce, turrones, vinos variados, champagne, sidra, se colocan sobre las mesas argentinas, ¿qué hacemos comiendo al comienzo del verano, con temperaturas que superan los 20 grados? Inexplicable, salvo que se trate de una conspiración de amor, un homenaje a nuestras tradiciones, una necesidad muy criolla de hacer culto de la amistad, de la alegría de juntarse. Se ha dicho demasiado que los argentinos descendemos de los barcos, que éste es el país más europeo de América latina, a fin de año tratamos de ratificar esa idea. Hacemos en nuestra mesa una comunión con «el mundo del Norte» de donde vinieron, padres, abuelos o bisabuelos, un homenaje a nuestros ancestros y a su lugar de origen. En los últimos tiempos nos hemos vuelto lentamente cada vez más argentinos, y se ha comenzado a servir un menú más fresco, más estival.

De Nochebuena a la noche vieja

La Nochebuena, que comienza a la caída del sol del 24 de diciembre, es la espera de la estrella que señale el nacimiento del Redentor, que reúne a los católicos en la Misa de Gallo, y a los paganos en el lanzamiento de fuegos artificiales para ahuyentar a los demonios de la mala suerte. La Noche Vieja es la llegada del nuevo año, la espera del Día de la Epifanía, y pera los paganos la «noche de los oráculos» y el momento de comer «las doce uvas de la suerte».
Las leyendas, mitos y costumbres de la Navidad son tan amplios y extensos, recorren tanto mundo, vienen de tan lejos, que resulta difícil ceñirlos en una líneas; sólo sirven de estímulo para seguir indagando o para no dejar de colgar sobre nuestra puerta hojas de muérdago para desear buena suerte con un beso a quien la atraviese, o comenzar el 8 de diciembre, el Día de la Inmaculada Concepción, a armar el árbol de Navidad.

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