Un libro no alcanza para contar algo de la Patagonia; por su majestuosidad, por su riqueza, por su variedad se merece bibliotecas y bibliotecas, y las está teniendo porque quien conoce ese territorio queda fascinado», sostiene el escritor Alejandro Winograd, autor de «Patagonia, mitos y certezas». Periodista: ¿Por qué la Patagonia se puso de moda? Alejandro Winograd: Es difícil situar cuándo comenzó a estar de moda, lo cierto es que los que vinieron se encontraron con características que son únicas. ¿Cuántos lugares en el mundo hay como la Patagonia que combinen atractivos naturales, paisajes, bajísimo grado de alteración humana en tantos lugares y seguridad y tranquilidad para recorrerla? Habrá algunos lugares del Canadá, cuyo clima es menos amistoso que el de la Patagonia, algunas zonas de Australia, que no sé si tienen la seguridad para andar por los lugares más perdidos que tiene nuestro Sur. Influye en la moda Patagonia, además, el costo, no sólo para los turistas, esto se hace más evidente cuando se piensa en la cantidad de extranjeros que se establecen, que se han comprado casas, chacras y estancias en la Patagonia.
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Una region excéntrica
P.: ¿La Patagonia es una región o un conjunto de provincias? A.W.: Tiene una unidad, todos la percibimos así. Todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos de la Patagonia. Pero cuando uno trata de formalizar esa definición, se encuentra con que no es tan sencillo. La Patagonia no tiene elementos unificadores muy claros; no hay un clima, no hay un tipo de población, no hay una geomorfología, no hay ni siquiera una historia o una prehistoria única. Si uno recorre cien kilómetros puede pasar de un lugar apacible a una de las zonas más lluviosas del mundo; de estepas a inmensos vergeles; de regiones intensamente frías la mayor parte del año a las que tienen veranos casi tropicales; se encuentra con distintos grupos aborígenes como pobladores originarios, formas muy distintas de ocupación histórica y una diversidad de vida actual. Hay de yacimientos de dinosaurios a avistaje de pájaros y ballenas. Todo esto hace a su enorme atractivo. Creo que lo que comparten todas las zonas de la Patagonia es su condición de región excéntrica. Excéntrica respecto al resto de la Argentina, y del resto del mundo. Cuando digo excéntrica no es que la compare a un señor con traje verde y sombrero amarillo. En biogeografía se distingue entre exotismo y excentricidad. Lo exótico -las selvas de Brasil, los arrecifes de coral- reúne plantas raras, animales raros, minerales raros, colores raros, olores raros. Lo excéntrico son elementos que conocemos pero instalados de una forma rara, singular, acaso extravagante. Algunos datos de esa excentricidad: en Tierra del Fuego los turistas se sorprenden de que los bosques son únicamente de lengas, como si hubieran sido plantados a propósito; la población de galeses de Puerto Madryn son pioneros que se mudaron a la otra punta del mundo para preservar su idioma y ahora están tratando de recuperarlo, aunque sean invadidos por las muchedumbres que van a ver los pingüinos, los lobos marinos y las ballenas. No es casual que a la Patagonia se la relacione con Canadá, Australia, Nueva Zelanda, con quienes comparte esa condición excéntrica. P.: ¿Fue el escritor inglés Bruce Chatwin quien no sólo le dio fama mundial a la Patagonia, sino también una mitología? A.W.: En algún sentido sí, pero para ser precisos, los viajeros ingleses de los tiempos de Darwin, Darwin incluido, asentaron las bases para el mito. Creo que Chatwin no es el constructor del atractivo actual, su libro «En la Patagonia» es de 1977 y necesitó tiempo para llegar a tener lectores. Es más, creo que se convirtió en best seller arrastrado por esa moda de origen misterioso que hace que de boca en boca se hable de la Patagonia, que quien la ha visitado sólo quiera al regreso encontrar a alguien a quien contarle lo que ha visto. P.: ¿Cómo se le ocurrió hacer un libro sobre la Patagonia? A.W.: Viví y trabajé muchos años en la Patagonia. Fui como biólogo, apenas me recibí, a trabajar en el Museo del Fin del Mundo, en Ushuaia. Cuando dejé el Museo, seguí trabajando por esas provincias. Yo había publicado cuentos, una novela y varios ensayos sobre la Patagonia, y el editor Fernando Fagnani me propuso que dedicara una obra a los mitos y certezas de la Patagonia. La hija de Fagnani había ido de viaje de fin de curso, supongo de escuela primaria, a Puerto Madryn, y volvió deslumbrada; de regalo le trajo a su padre una antología que había hecho María Sonia Cristoff sobre cómo se escribe en la Patagonia. Ahí Fagnani leyó un fragmento de mi novela «El viento que gira», y eso hizo que me llamara. P.: Y usted, ¿qué eligió contar? A.W.: Elegí mezclar cosas que ocurrieron, con otras que no ocurrieron o que vi, escuché, me contaron o leí al pasar, ya no sé dónde. Busco contar como biólogo, como geógrafo y como narrador. Supe que si bien relataría historias de gente y de lugares, el gran protagonista sería la Patagonia. A partir de ahí traté de darle un orden temporal y un orden espacial.
Ulises: el que llegó primero
P.: Y comienza lejos, en Europa, en Florencia, en 1308, con una fantasía literaria que une a Homero, Dante y Virgilio. A.W.: En la «Divina comedia», Ulises le cuenta a Virgilio que luego de la Guerra de Troya, en vez de volver a Itaca donde lo esperaba Penélope, recorrió todo el Mediterráneo, salió al Atlántico y viajó 5 meses hacia el Sudoeste. Ese recorrido sólo puede llevar al Atlántico Sur. Entonces, Ulises no murió viejo en Itaca, sino aún joven en un naufragio cerca de las islas Georgias intentando regresar de la Patagonia. Después cuento de «los verdaderos descubridores de la Patagonia», aquellos hombres que hace 20 o 25 mil años, en el largo peregrinaje del Estrecho de Bering a Tierra del Fuego, llegaron a la Patagonia. Después voy a los descubrimientos más convencionales de la Patagonia, por Magallanes y sus hombres, los primeros intentos de exploración más detallada por Fitz Roy y Dar-win. Intento dejar que sea una fábula la tristísima historia de Jemmy Button, uno de los cuatro aborígenes que el capitán Fitz Roy envía a Londres con la idea de civilizarlos y hacerlos entrar en la religión, para que a su regreso evangelizaran a los aborígenes de Tierra del Fuego. Se ha llegado a mostrar a Jemmy Button como un indiecito bueno y simpático al que le gustaba andar de traje y hablar en inglés, y en realidad dio a través de su secuestro una lección de antropología un siglo antes que Lévy Strauss. Poco después de que lo devuelven a la isla de la que lo sacaron, al sur de Tierra del Fuego, encuentran que ha vuelto a vivir como un aborigen. Lo ven viviendo mal y le ofrecen llevarlo de nuevo a Inglaterra, y Jemmy le explica que lo que él tiene es lo que quiere tener, y lo que le mostró Londres no le significa nada y que prefiere su vieja visión del mundo. Cerrando la metáfora, Button muere en Tierra del Fuego de viruela, enfermedad que había llegado en barcos europeos. P.: De ahí pasa a Puerto Madryn... A.W.: Y al primer grupo de pobladores blancos permanentes en la Patagonia, los galeses, antes que cualquier grupo de argentinos. P..: ¿Por qué da espacio a documentar la vida de un baqueano del sur profundo? A.W.: Es una persona que conocí muchísimo y su vida refleja la transformación de la Patagonia. José Arturo Santana nació en Chiloé en 1941 y recorrió la Patagonia de punta a punta. Así se volvió alguien de mucho prestigio por saber de las zonas más inhóspitas y legendarias. Eso le dio dinero. Y cuando intentó vivir en una ciudad del Sur, en un pueblito más confortable y se hizo chacarero, no supo cómo adecuarse (le pasó lo mismo al resto de los suyos) y murió atropellado por un auto. P.: También recupera los monarcas utópicos, por decirlo así, de «los reinos imaginarios en la Patagonia». A.W.: El primero fue Pedro Sarmiento de Gamboa, que en 1589 trata de fundar un par de pueblos en el estrecho de Magallanes. El segundo es el navegante, militar, filósofo, político francés Luis de Bougainville, que fundó el primer asentamiento permanente en las islas Malvinas en 1764. El tercero es Julio Popper, un ingeniero judío rumano, buscador de oro que fundó en Tierra del Fuego una empresa minera, El Páramo, que casi se manejaba como un estado independiente. P.: Al que algunos colocan entre los «cazadores de indios» que formaron parte de la campaña de exterminio de los onas. A.W.: Y tuvo muchos proyectos fracasados: una empresa pesquera, un programa de exploración de las islas de Atlántico Sur, un proyecto de colonización indígena, otro de colonización europea, la instalación de una red telegráfica. Murió en Buenos Aires, tras uno de sus viajes. Su reino, ciudad o estado de El Páramo volvió a estar en manos del viento y los guanacos. P.: Finalmente, ¿cuál es su evaluación de la Patagonia actual? A.W.: Es habitual en los patagónicos que celebren la Patagonia de antes. No les gusta que venga tanta gente; si viene, que sea por un tiempo. A mí me sorprende llegar a pueblitos que mantenían una tradición arcaica y verlos transformados, puestos al servicio del turismo. Pero sostener aquel pasado idílico es un pensamiento muy parcial, que opone deseos e intereses individuales por encima de todo el mundo, de todos los que se embelesan con las ballenas de la Península Valdés o con El Calafate. Cuando voy a esos pueblitos que se mantienen en el pasado, y que a mí tanto me gustan, veo en la gente el deseo de que lleguen turistas y con ellos los beneficios que traen. Lo cierto es que, y yo lo vengo comprobando, la Patagonia por su majestuosidad, por su fascinación, por sus cualidades, por sus riquezas, por su historia, no se puede contar en un libro ni en una inmensamente poblada biblioteca.
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