La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía.» Así, como en la frase de Ludwig Van Beethoven, fue que Darío Sayegh comenzó a cantar. Como una revelación, a los 21 años le surgió la necesidad de expresarse y fue una profesora que descubrió su talento y lo ayudó a pulir su voz; como una revelación, hace diez años fue que de ser custodio de una sinagoga pasó a ser el jazan, el cantante litúrgico que guía las ceremonias del judaísmo, acompañando las prédicas del rabino. «Uno puede cantar, pero hasta llegar a que a la gente le guste hay una distancia. En mi caso se unieron las dos cosas. Yo comencé a trabajar custodiando la puerta de una sinagoga, cantaba desde el hall. Y la gente, en vez de mirar hacia el frente, miraba para atrás, porque le llamaba la atención mi voz», afirma Darío. Este tenor espinto -muy pocos tienen esa característica-, apasionado por la ópera, y abogado, de 34 años, que no ejerce porque optó por dedicarse al arte, trabaja en el templo los viernes y sábados. En las ceremonias, de las que participan alrededor de 150 personas, hay un rabino y un jazan. El rabino es el que da la prédica sobre temas relacionados con la Torá, y el jazan es el que lleva el servicio. «Nosotros tenemos un libro de rezos, que los hacemos cantados. Yo canto y la gente me sigue. En mi templo, en la zona norte, estamos en una línea conservadora. Tenemos órgano, flauta, guitarra y tratamos de que la gente viva el viernes (Shabat) con alegría pese a todo el sufrimiento que tuvo el pueblo judío, pese a las guerras. Es un día de reflexión en el que el servicio se realiza con mucha alegría, si bien siempre tenemos un espacio para el recuerdo de quienes ya no están.» Cambios de estilos Sayegh cuenta que el jazan tuvo diferentes estilos. En los 50 o 60 existían cantantes como Richard Tucker o Jan Pierce, que además cantaron ópera a muy alto nivel. «Hoy en la Argentina ese estilo de voces, que eran impresionantes ya no se utilizan demasiado. Se usan más en Estados Unidos, en Brasil o en Chile. Pero en la Argentina se está tendiendo a dar un servicio con una persona que sea más una voz del público que una voz destacada.» Cree que ese cambio de estilo se dio porque no hay tantas voces que puedan llevar a cabo esa tarea, no quedaron maestros para enseñar, pero, aclara «en mi templo lo saben apreciar porque lo fundó gente proveniente de Alemania y Austria, amantes de la ópera y por eso siguen en esa tónica. Pasa también por una cuestión de tradiciones, porque en otras ramas del judaísmo se realiza un recitado rápido». En el pensamiento de Darío, cantar es demasiado serio como para no estudiar. Y hay que hacer hincapié en la técnica, porque se cantan 22 temas por hora en una sola ceremonia (80 por ciento es cantado y 20 por ciento hablado). Todavía recuerda el día que tuvo que usar su voz por primera vez el Día del Perdón (una de las fiestas más representativas, junto con el Año Nuevo). «Había 400 personas, y levantar la vista y ver que todos me estaban escuchando fue muy emocionante. Ahora estamos próximos a estas fiestas. El 22 de setiembre es el Año Nuevo y el 3 de octubre es el Día del Perdón. Son servicios importantes, en los que se reúnen casi 900 personas y tienen todo un significado. El Año Nuevo, que Dios nos inscriba en el libro de la vida, que es bastante fuerte. Ahora estoy más tranquilo, pero lo que siento va por dentro y trato de mostrarlo en todas las ceremonias que hago. Le pongo el máximo sentimiento posible porque eso la gente lo percibe. Para mí nunca va a ser un trabajo. Es lo que me gusta. Que me paguen por cantar es un sueño. Vivir de lo que a uno le gusta es difícil, y yo realmente lo puedo hacer.»
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