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15 de agosto 2008 - 00:00

Nueva Orleans, tras la tragedia, está recuperando su encanto

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Desde que uno arriba a Nueva Orleans tiene la sensación de que hace muy poco algo grave ocurrió. Es difícil de explicar, pero se siente, se respira. Mi primera impresión, hasta finalmente llegar a un hotel ubicado en el Barrio Francés (French Quarter), fue que estaba en una ciudad desierta. Acaso podía justificar la carencia de gente por la hora y el día, eran poco más de las 8 de la mañana de un domingo. Pero no se trataba de eso. Sin dudas hay un antes y un después del huracán Katrina, aquel que se lanzó contra la ciudad un 29 de agosto provocando una catástrofe humana y ecológica, y del que dentro de pocos días se cumplen tres años.
Gran parte de su población se marchó, y no todos han regresado. Ya sea porque perdieron sus casas (se estimaron daños por 75 mil millones de dólares), o bien por temor a que un desastre parecido pudiera volver a ocurrir. Pero, una vez que dejé las valijas en la habitación y salí a caminar por lo que se conoce como el vecindario más popular de la ciudad, mis percepciones comenzaron a cambiar. Si bien no había muchedumbres recorriendo las aceras, comenzaba a vislumbrarse algo más de movimiento.
El Barrio Francés es el lugar ideal para alojarse. Allí hay desde lujosos hoteles (Sheraton o Marriott) hasta los siempre confortables Holiday Inn. En un cuadrado casi perfecto, delimitado por Canal Street, Bourbon Street, Esplanade Avenue y el río Mississippi, se puede encontrar una interesante oferta de actividades, gastronomía y diversión.
Para comenzar, es fundamental cumplir con esos city tour, que son la forma de tener un primer panorama de cualquier urbe. En mi caso, como no había opciones de tour en español subí a una van y recorrí la ciudad mientras me esforzaba por tratar de comprender algunos de los datos que daba un guía en un inglés más que cerrado.
Si bien el recorrido fue algo extenso para mi gusto, hubo momentos que vale la pena destacar, como cuando se recorren las viejas plantaciones donde trabajaban los esclavos, o se visitan algunas de las «ciudades de los muertos», esos cementerios donde nació el blues que son de tradicional visita para la mayoría de los turistas. De cualquier modo, el momento más emotivo del tour se da cuando se recorren las áreas afectadas por el huracán Katrina. Es imposible sentirse indiferente ante casas arrancadas de sus cimientos, barrios destruidos y pequeños altares que recuerdan a alguna víctima de aquella tragedia. Algunos visitantes no pudieron ocultar sus lágrimas. Yo supe resistir, acaso porque me puse a cuestionar el morbo de una sociedad que publicita como «recorrido favorito de Nueva Orleans» un circuito donde se respira tanta muerte, tan grande tragedia.

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Navegando por el Mississippi

Otra atracción imperdible es la de abordar un viejo barco a vapor y dar una vuelta por el río Mississippi. El recorrido dura unas dos horas, y si bien en cierto momento puede volverse algo monótono, es una cita con uno de los encantos de esta ciudad. Desde la cubierta se pueden ver claramente los contrastes entre los sectores ricos y los barrios populares. Hay zonas donde el río está algunos metros por encima de varios vecindarios, y se puede percibir el nivel del desastre ocurrido un par de años atrás, al desbordarse el Mississippi. Las aguas deben de haber tapado muchas zonas de Nueva Orleans, ciudad que, evidentemente, no fue construida con las precauciones que una crecida podría requerir.
Al margen de esas dos clásicas visitas, no debemos olvidar que Nueva Orleans es la cuna del jazz. En Bourbon Street hay varios clubes o bares donde se puede disfrutar de una copa acompañado por una excelente banda de más de seis músicos que llevan al espectador a sentirse fascinado por ese estilo musical, más allá de sus preferencias. En esa misma calle, uno puede beber en la vereda, sin riesgos, a precios muy económicos.
Son alrededor de siete cuadras repletas de night clubs, pubs con shows en vivo (no sólo de jazz, sino de todos los géneros), algunos presumibles burdeles, y simples puestos donde es posible comprar una cerveza a dos dólares para beber mientras se sigue caminando. No es un lugar del todo recomendable para familias con niños pequeños, pero, sin dudas, es casi un paraíso para un grupo de amigos que deciden pasar unas vacaciones repletas de diversión para adultos.

Del vudu al tabasco

Nueva Orleans ha sido también un ícono de magia y superstición en América, sobre todo de la ligada a antiguos cultos de los afroamericanos, y que ha sido divulgada (y demonizada) por miles de películas. Hay tours que invitan a recorrer las partes más fantasmagóricas de la ciudad, mientras se relatan historias tenebrosas.
El vudú no sólo tiene un museo vinculado, sino que está presente en todas las tiendas de souvenirs donde venden desde bibliografía relacionada hasta simpáticos muñequitos que ya vienen con los alfileres y las instrucciones para intentar concretar alguna brujería casera. Los hechizos pueden estar orientados al amor, al dinero, a la salud, o a causar daño a alguna persona.
De todos modos, preferí mantenerme al margen de ese mundo oscuro y conformarme con comprar algunas de las múltiples opciones elaboradas a partir de la salsa tabasco, mi favorita. Hay en los drugstores desde creaciones para marinar carnes, pollos o pescados a partir de salsa tabasco a repasadores, delantales y diversos utensilios de cocina con la marca de la popular salsa. En lo personal, había creído que sólo existían una o dos opciones de la misma. En realidad, hay cinco salsas diferentes, y su picor se mide en función de ajíes. La más suave tiene sólo un ají dibujado en la caja, mientras que la más fuerte (la de chile habanero) tiene cinco ajíes. Algo así como las estrellas que se usan para calificar desde películas hasta hoteles, pero aplicadas a esta fascinante y picante salsa.
Dado que estamos en cuestiones gastronómicas, confieso que quedé profundamente enamorado de la cocina de Nueva Orleans. Si bien hay toda clase de comidas, voy a referirme específicamente a la local. Esta se conoce como creole, o criolla. Su origen data de la época de los esclavos, cuando solía consumirse el gumbo, una suerte de sopa con todo lo que sobraba en el día. Hoy el gumbo sigue elaborándose, ya no a partir de sobras, pero con el mismo sabor. Créanme que es exquisito. La cocina creole es muy especiada; eso la vuelve muy sabrosa. De todos modos, con el correr del tiempo comenzó a volverse algo más pican-tita mutando de nombre, conociéndose como cajun. Es decir, la cocina cajun es también autóctona de aquellas latitudes, pero bastante más picante.
Entre los platos más destacados están las pechugas de pato marinadas en salsas agridulces, las ostras abiertas delante del comensal y elaboradas de diversas maneras (desde aderezadas sólo con limón a gratinadas), las tortas de cangrejo («crab cakes») y los langostinos y camarones de tamaños exorbitantes. Mi elegido fue Olivier's Restaurante. Un lugar confortable, acogedor y con un cúmulo de sabrosas recetas que han pasado de generación en generación desde el siglo pasado. Si quiere pegar un vistazo a sus especialidades vaya a la página Web: http://www.olivierscreole.com/menus/dinner.shtml.

Paño verde y mardi gras

Finalmente, no quiero dejar de mencionar el casino del Hotel Harrah's. Es similar a los de Las Vegas o Atlantic City, con la salvedad de que es el único en la parte céntrica de la ciudad. Cuando organicé el viaje imaginaba muchas más salas de juego, pero nada más lejano a la realidad. Es amplio, pero para la época del carnaval (el famosísimo Mardi Gras), donde la ciudad desborda de gente, no creo que sea suficiente. Si bien no fui en la temporada más festiva, todas las noches es posible cruzarse con gente que viste collares y atuendos llamativos similares a los que se usan durante el carnaval, ése que es el más popular de Estados Unidos, y uno de los más célebres del mundo después del de Rio de Janeiro.
Si se desea ir de shopping, esta ciudad no tiene el encanto de ciertos paraísos de compras como Miami o Nueva York. De cualquier modo, en el mall principal (Riverwalk Mar-ketplace) hay algunas opciones tentadoras. Además, se suele devolver el tax (similar a nuestro IVA) de cada operación a los extranjeros, lo cual no es tan habitual en algunos otros estados. Conviene llevar el pasaporte y el pasaje de retorno a la Argentina, ya que sin dicha documentación es imposible obtener la pertinente devolución. Como corolario final: Nueva Orleans es una ciudad bonita para visitar como complemento de un viaje más extenso. No creo que valga la pena como vacación en sí misma, salvo que se vaya con amigos en búsqueda de sexo, juegos, alcohol y cierto grado de descontrol. Por lo tanto, con la excepción de las épocas del Mardi Gras, creo que con un par de días es más que suficiente para llevarse un manojo de gratos recuerdos, algunos souvenirs vudú y alguna simpática botellita de tabasco.

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