“Mi familia y el colegio me inculcaron amor y respeto al prójimo y un profundo sentido caritativo, que leído en clave 2007 podríamos llamar: solidaridad”, explica Lula
Rodríguez, directiva del Citigroup.
Llegar a la caída del sol a la City porteña, el corazón financiero del país, es un viaje particular, aun para un habitante de esta ciudad. Se experimenta la extraña sensación de moverse en contra de una marea humana que parece huir a esa hora de ese lugar. Además, con las luces y sombras del crepúsculo, los monumentales edificios que albergan a la banca, algunos construidos durante las primeras décadas del siglo XX, cargados de bronce y mármol, parecen emerger con mayor fuerza que a la luz del sol. Se asemejan a piezas gigantescas, ocupando sus respectivas posiciones en una suerte de tablero inmenso, donde el juego que se practica excede la racionalidad del hombre común. Es un territorio donde el dinero se mueve a la velocidad de la luz, a través de circuitos informáticos, que trascienden las fronteras y que entretejen la suerte y el destino de millones de seres humanos de esa ciudad y del planeta. En esa circunstancia, y con estos fantasmas dando vueltas por la imaginación, Ambito del Placer llegó a la sede central del Citibank en Buenos Aires para dialogar con Lula Rodríguez, quien ingresó a Citibank en 2001 como managing director de Citigroup Corporate Affairs para Latinoamérica y El Caribe y se encuentra a cargo de las comunicaciones internas y externas, actividades de filantropía y las relaciones con el gobierno en la región. Nos recibe una mujer dinámica, franca, sencilla, pero con la complejidad de una viajera incansable y de una conocedora de los macrointereses, tanto políticos como económicos de estos tiempos que nos tocan vivir. Su castellano natal tiene una musicalidad particular, ya que nació en Cuba. Su prosapia la conecta de manera directa con un tatarabuelo paterno, Don José Callava, el último gobernador español de La Florida, quien participó de las negociaciones de venta de aquella península a los Estados Unidos.
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INTEGRACION
Periodista: Parece que está en sus genes la cuestión de las finanzas y los negocios a nivel supranacional. Lula Rodríguez: Quizá mis pasos profesionales parecieran confirmar su observación. Pero, en realidad, de niña y de muy joven era, y de manera exagerada, soñadora, idealista y hasta utópica. Fui al colegio Sagrado Corazón de las Hermanas de la Caridad, en La Habana. Allí nos inculcaron amor y respeto al prójimo y un profundo sentido caritativo, que leído en clave 2007 podríamos llamar: solidaridad.
P.: ¿Cuándo dejó Cuba? L.R.: A los 13 años. Fue un cambio radical para mí. Pero nunca me sentí un inmigrante desvalido. Mi padre nos inculcó la idea de que éramos exiliados políticos. Y eso marcó una diferencia respecto de otra gente que había llegado por esa época a los Estados Unidos, en busca de mejores condiciones de vida. En nuestra familia sentíamos que estábamos en Norteamérica de manera temporal. No fue así. El paso del tiempo demostró lo contrario: nos quedamos para siempre. Pero, al llegar, no lo podíamos saber. Resulta obvio decir que no me puedo quejar, el gran país del Norte me dio todas las posibilidades para desarrollarme desde un punto de vista humano y profesional. Además, por pertenecer a una cultura tan rica como es la nuestra, la hispanoamericana, jamás me faltaron raíces; muy por el contrario, crecí con la riqueza bicultural, que potenció toda mi vida, que multiplicó mis gustos, mis ideas y mis prácticas sociales.
P.: ¿Qué estudió? L.R.: Me gradué en sociología y en administración en la Universidad de Miami, y comencé a trabajar. Jamás paré. También tengo estudios de liderazgo del JFK School of Government de la Universidad de Harvard y del Centro de Liderazgo Creativo en Greensboro, Carolina del Norte. Completando esto, vale la pena recordar que soy de la generación del Flower Power, en la que la mayoría de nosotros quería cambiar el mundo, acabar con las guerras y la violencia. Será por eso que siempre me interesó el costado humano, sensible, personal, tanto de los negocios como de la política, más allá de la escala en la que me tocara actuar.
P.: Antes de entrar en Citibank, usted desarrolló por años una fecunda actividad en la política, ocupando posiciones en el gobierno tanto federal como nacional de los Estados Unidos. L.R.: Estuve en diversos organismos de Estado como directora de la Oficina de los Programas de Visitantes Internacionales (USIA); fui jefa de Despacho de la fiscal general, Janet Reno; directora de Distrito del senador Bob Graham, en la oficina del distrito Sur de la Florida y también asesora directa del gobernador de la ciudad de Hialeah, Raúl L. Martínez. Más tarde, fui nombrada asistente principal de la Secretaría de Estado de Bill Clinton para apoyar el desarrollo de la secretaria Madeleine Albright y los esfuerzos del Departamento de Estado para llegar al pueblo norteamericano. En esa posición también asesoré a la Secretaría de Estado en asuntos de seguridad nacional y asistí al secretario Richard Boucher en temas de política exterior.
Las ACCIONES
P.: Hablemos de las acciones sociales, destinadas a la comunidad que realiza el Citibank. L.R.: Para empezar, es necesario decir que nuestro banco es el más grande del mundo, líder en la industria de servicios financieros, con miles de oficinas en más de 100 países y con más de 200 millones de clientes. El grupo opera en 24 países de América latina. Es un volumen tan increíble de gente y de negocios que resulta un verdadero desafío poder pensar la relación local-global para lograr una gestión exitosa. Contestando de manera más específica a su pregunta, le puedo decir que para nosotros filantropía significa mucho más que dar dólares. Significa proveer a diferentes organizaciones de acceso total al capital material y simbólico de Citigroup y sus empleados; equipar organizaciones e individuos con los recursos y herramientas que ellos necesitan para invertir en su futuro. Significa, en síntesis, enriquecer la calidad de vida dentro de las comunidades. No obstante, es digno de destacar que el presupuesto global que nuestra fundación destina, a nivel global, a las acciones solidarias asciende a los 80 millones de dólares. Y cada año, la tendencia es a hacerlo crecer.
P.: ¿Podría enumerar las bases de sus programas? L.R.: Nuestras acciones comunitarias a nivel mundial y también en la Argentina se concentran especialmente en las áreas de educación en todos los niveles, microcrédito y desarrollo comunitario. Tratamos de asegurarnos de que éstas se implementen de acuerdo con ciertos procedimientos como: asociarnos con las ONG más transparentes, alentar el espíritu del voluntariado entre nuestros empleados y escuchar las reflexiones y sugerencias de los beneficiarios de nuestros programas para poder mejorarlos. Lula Rodríguez se entusiasma y nos enseña un número de «Latin America Note», editado en nuestro país, newsletter que comunica las distintas actividades que el Citigroup realiza en bien de la comunidad en toda Latinoamérica. L.R.: El 18 de noviembre fue instaurado como el Día Global de la Comunidad. Ese día, la fuerza de trabajo de nuestro grupo realiza acciones solidarias. Esto es a nivel mundial. En la Argentina se efectuaron el año pasado, para esa fecha, 23 actividades en 17 localidades diferentes. Todos nos ponemos la camiseta de la solidaridad. No hay un fin económico, sólo reconocimiento, satisfacción personal y saberse parte de un proyecto con corazón.
P.: ¿Cambiaría algo de su significativo currículum? L.R.: Sí; el orden. De empezar de nuevo, no elegiría trabajar primero para el Estado, sino para el mercado, pero en esta posición que hoy tengo. Es reconfortante poder dar una mano al que lo precisa y propiciar su crecimiento. Creo que todos los que pertenecemos a este grupo, cada uno desde su lugar, somos unos privilegiados en este mundo tan lleno de necesidades. Por eso es nuestro deber sensibilizarnos, ayudar a aliviar las carencias y el dolor. Es imprescindible dar forma a un capitalismo dinámico, que no sea agresivo, que tenga sólidos fundamentos morales y una fuerte responsabilidad social.
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