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25 de julio 2007 - 00:00

Un cholulo en casa de Robert Duvall

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Escribe Martín Garrido

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"Adoro el olor del napalm en las mañanas", la afirmación del teniente coronel Bill Kilgore en «Apocalypse Now», es una de las frases más inquietantes de la historia del cine. Es un ícono de la obra de (otro enamorado de la Argentina) Francis Ford Coppola junto a Marlon Brando y Martin Sheen. Aunque Robert Duvall, su memorable intérprete, se encuentre más a gusto con la fragancia de los jazmines de su casa en Salta frente a la precordillera de los Andes.
Puede usar sus monturas siempre listas para pasear con los caballos de paso peruano o disfrutando de su suite 217 en la terraza que mira al poniente dentro de las cien hectáreas de su estanzuela. Está tan cómodo como en el Tango Ranch, su casona en Plains, Virginia, en el pequeño pueblo de Faquier de menos de 300 habitantes, donde tiene un enorme salón para bailar que fue el lugar en que se casó con Luciana Pedraza en 2004.

Un cowboy en Los Andes

Llegar hasta La Casa de los Jazmines o House of Jasmines, en la versión bilingüe de los carteles que marcan la entrada hacia una avenida de eucaliptos, es entrar a una película. Por todo lo que uno se imagina y se confirma al entrar al living y ver una gigantografía vestido de cowboy en Pacto de Justicia con Kevin Costner. En EE.UU. no hay ningún gran actor que no haya actuado en un western. Hasta el mismo Marlon Brando, tan reacio a seguir la corriente, lo hizo, lo mismo que Clint Eastwood, Gene Hackman o Robert Redford.
No es pose, es una identificación con el hombre de a caballo ahora trasplantada a Salta, tan celosa de las tradiciones que hasta los taxis están pintados de rojo con una banda negra, igual que el poncho de Martín Güemes. La sentimos vívidamente al lado del hogar con leños de verdad, rodeados por mesas vestidas con tejidos típicos, algunos de vicuña, descansando a pata ancha en la amplitud de los sillones de antes y los cueros usados como alfombras sobre los mosaicos de barro cocido de San Lorenzo, artesanía de siglos cerca de Cafayate. La construcción es de adobe, con paredes muy anchas. Ideales para el frío y el calor porque son termostatos de hecho, frescos en el verano y cálidos en invierno.
Estilo con toques de actualidad como las cortinas, nubes de interior. Blancas igual que todos los detalles. Porque a falta de jazmines hay bouquet de rosas blancas y mosquiteros de tul en las camas con cuatro parantes de hierro para el dosel haciendo juego con las colchas, las batas o las toallas.

La vida color blanco sobre blanco. Disfrutando de uno de los 50 lugares más románticos del mundo según la calificación de T+L del 5 de febrero de 2005. La revista de viajes y placer de American Express la distinguió al asegurar que es ideal para enamorarse, sin olvidarse de la siesta ni de una copa de Torrontés. Los puntos de color son los buenos cuadros y fotografías de campo, la platería, la artesanía en madera y hueso y los lujosos libros de mesa, entre ellos Buenos Aires Arquitectura y Patrimonio, de Verstraet Editores, que le dedicó su autor Fabio Grementieri. Siempre habla de La Biela en Recoleta, su esquina predilecta en el mundo. Se sabe que también le gusta el fútbol y que hace poco hizo una película de soccer («Kicking & Screaming») pero no pude adivinar a qué cuadro sigue en la Argentina porque por más que husmeé no pude ubicar ningún banderín de Boca... o de River.

El cuarto 217 es de Luciana y Robert

Hay sólo cinco habitaciones pequeñas en la planta baja y dos más grandes en la superior. La 217 está habitualmente reservada para los dueños al pie de una escalera iluminada por velas. Es un hotel boutique, de los que están de moda tanto en las provincias como en Palermo Viejo (ahora Soho o Hollywood). El pasajero, luego de vencer la timidez de cholulo por entrar al mundo semiprivado de un gran actor, va rastreando en cada detalle la memoria de sus películas.
El silencio, otra constante, lo empuja hacia adentro y no hay televisión en los cuartos. Si no puede pasarse sin TV hay un reservado con DirecTV habitualmente apagado o con el sonido bajo. Duvall también fue dueño de un restorán, el Rail Stop en Plains, donde uno de los platos recomendados era el pastel de cangrejo, una receta de su abuela que descendía del general Robert E. Lee. No estaba la guerra sólo en los ancestros maternos porque su propio padre fue el almirante William H. Duvall y él mismo combatió en Corea.
Luciana también aporta lo propio con platos del Norte y el amor a la aventura porque su abuela, Susana Ferrari Billinghurst, fue una de las primeras aviadoras argentinas en los años 30 con las intrépidas y sus máquinas voladoras.


Para 14 sin niños

Hay disciplina para los huéspedes que deben elegir el lugar en que desean desayunar, tomar la merienda y la hora para almorzar o cenar porque se cocina en el momento. Cada pareja o grupo lo hace a su tiempo. No hay microondas ni parrilla marcada. Se puede elegir la galería, si el día está bueno, o cuatro alternativas en el interior. El comedor grande, que tiene una pizarra con un poema distinto cada día, habitualmente dedicado a las flores.
Otro pequeño, de diario con hogar encendido, y al lado la cocina a la vista con la mesa del chef. Pero mi lugar preferido estaba junto al living, frente al gran ventanal, abierto a la naturaleza que parecía un cuadro. Cada uno decide el lugar pero no lo comparte con otras personas porque, privilegio del pequeño número (a lo sumo 14 huéspedes sin niños) la atención es absolutamente individual. Lo mismo que el menú gourmet con pocos platos especiales acompañados por una buena selección de vinos salteños, desde el legendario Torrontés hasta el mejor Malbec que ahora gana premios en serie en el mundo con botellas de cien dólares.
Hay una piscina grande, todavía no climatizada, que mira a la precordillera. Hay caballos para cabalgar o uno puede caminar hasta un río que pasa por la propiedad. No lejos de la casona se levantaron otros dos chalets, con el mismo estilo colonial, para familias con chicos. Y a cien metros un spa con tratamientos sofisticados, no sólo masajes sino para estimular la ampliación de los sentidos, las indulgencias al decir de los norteamericanos.

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