A 15 kilómetros de Mercedes, la localidad Jorge Born (estación Tomás Jofré) es un excelente rincón para hacer un alto y sentarse a la mesa por sus famosos restoranes y almacenes de campo; ofrece una variedad de pastas caseras, asados criollos y facturas de cerdo.
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La curiosidad se le instaló el día antes, cuando desde su auto, un kilómetro antes de su destino, el spa Los Cuatro Amaneceres de medicina ayurveda, vio un cartel: «Bienvenido a Tomás Jofré, polo gastronómico de campo». Tenía pensado un fin de semana vegetariano, con meditación, ejercicios de tai chi chuan, sauna, masajes y pileta. Pero cometió la equivocación de preguntar en el spa por la historia del polo gastronómico.
El relato lo fascinó. Silvano, un almacén de ramos generales fundado en 1924, se transformó en restorán y salvó al pueblo de la crisis cuando cerró la estación del ferrocarril.
Al día siguiente, canceló su almuerzo vegetariano y caminó el kilómetro que lo separaba de Tomás Jofré. Eran 50 casas, en calles de tierra muy arboladas. En cada cuadra había un restorán o un puesto de venta de embutidos y productos regionales. Todos los restoranes tenían patios con juegos para chicos, mesas en la calle, quinchos con techos de pajas. Vio los nombres: Don Quico, Cua Cua, Comedor Frontera, La Casona. La plaza no tenía monumento alguno, sólo una cancha de fútbol. Era la muestra más pura del verde.
Ahora estaba sentando en una mesa del mítico Silvano. Le habían traído una bandeja con salame picado grueso hecho en el pueblo, unas tajadas de queso amarillo de Santa Fe y fetas de jamón crudo serrano, con un enorme pan casero, crocante y redondo. El chico que lo atendía posó una jarra de tinto de la casa, un vino que hace 35 años compran por barriles en Mendoza.
Hacía tiempo que no cometía tal desorden gastronómico. Pensó en la censura de su nutricionista y en el reto de su personal trainer, pero se justificó: «Mi analista lo habría aprobado».
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