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6 de noviembre 2008 - 00:00

Una ciudad que reúne a cowboys y cultura

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Vaqueros cinematográficamente corajudos. Indios indómitos, pero perpetuamente derrotados por John Wayne. Ganaderos a los que no hay que preguntarles su pasado. Delincuentes consagrados por su violencia. Despóticos magnates petroleros. Mujeres viriles capaces de treparse a un toro o disparar una ráfaga mortal. Amazonas que se vuelven perezosamente tímidas para seducir. Imágenes del Far West, que para los estadounidenses más que el «lejano oeste», era el far south, el «lejano sur» de su territorio.
Zona poblada de gente con botas, jeans y sombreros aludos, que se atraganta de whisky rancio. En el fondo, reseros que no toman mate, gauchos que compiten en rodeos, baqueanos que se prestan a las fotos. Y que junto a Martín Fierro podrían decir (en inglés, claro) «yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno». Vínculos entre espacios rurales del norte y del sur de la misma América que a nadie ya sorprenden.
Un historiador francés considera que «un pueblo que no tiene mitos está muerto de frío». Afortunadamente ni a Texas ni a nuestra chata pampa le faltan sus desgarbados pioneros y sus fundaciones míticas.

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Imágenes que se derrumban

Cuando se va llegando a Texas pueden irrumpir algunas de esas imágenes. El viajero puede, acaso, recordar que ese estado se jacta de haber visto flamear sobre su territorio, por los avatares de una apasionante historia, la bandera española, la francesa, la mexicana, la texana (de su momentánea independencia), la de Estados Unidos, la de la Confederación sureña, y de nuevo, ya en forma permanente, la de los Estados Unidos.
En algún lugar de la memoria se cobijan algunas de las muchas películas (no sólo westerns) que han tenido a Texas, y especialmente a las ciudades de Fort Worth y de Dallas, como escenarios. Rutas polvorientas transitadas por criminales buscados y bandidos capaces de dar la vida por la virtud de una doncella. Cantinas eternamente roñosas, acostumbradas a que volaran sillas, botellas y disparos, con un siempre bullicioso prostíbulo en el primer piso. Casas de apuestas sembradas de tahúres. Todo, como supo decirse, «a media cuadra del infierno». Por ahí cabalgan aún los extraordinarios asaltantes de «la pandilla salvaje» (de la inolvidable «Wild Bunch» de Sam Peckipah) encabezados por Pike Bishop (o William Holden). Por ahí continúa asaltando a tiro limpio Bonnie Parker y Clyde Barrow dispuestos a convertirse en leyenda, en Bonnie y Clyde (acaso para que después los personificaran Warren Beatty y Faye Dunaway).
Y sobre todo están los entrañables Butch Cassidy, Sundance Kid y Etta Place (encarnados en el cine por Paul Newman, Robert Redford y Katherine Ross) que se puede pensar que sólo son admirados por argentinos patagónicos, hasta que al llegar a Fort Worth y se descubre que la plaza central, Sundance Square, homenajea al líder de esos asaltantes (a su alias Sundance porque en realidad se llamaba Harry Longabaugh) y esos tipos que en nuestro sur se convirtieron en apacibles estancieros, tienen un museo especialmente dedicado a ellos. El viajero que atesora esas imágenes de una ciudad rústica, al llegar al aeropuerto internacional de Dallas / Fort Worth verá cómo paso a paso se le derrumban.
Aquel territorio de bárbaros, de salvajes, de alcohólicos tiroteos, de rodeos desesperados, de cowboys de gatillo fácil, se ha trasmutado en una ciudad extremadamente limpia, buscadamente cultivada, por momentos ampulosamente refinada y deliberadamente sofisticada.
Es de no creer. Pero para empezar a creerlo basta con lanzarse a caminar por ese aeropuerto, que tiene el hub más grande de American Airlines, con 800 salidas diarias, que más que un airport parece un gigantesco shopping que cuenta hasta con una winery (para esperar el vuelo comiendo quesos y catando vinos mendocinos) y que está sembrado de obras de arte, de gigantescas esculturas.
Al arribar al Dallas / Fort Worth International Airport, salvo que se esté allí con intencionalidad corporativa, el viajero tiene que elegir entre ir a Dallas, esa ciudad que quedó ligada al enigma del asesinato de J.F. Kennedy, o ir a Fort Worth que se promociona como tierra de cowboys, artes y cultura. El impresionante aeropuerto está justo a mitad de camino, y los rascacielos de una ciudad están a sólo 50 kilómetros de los de la otra. Para un viajero de placer, que busca pasmarse esa pretensión indudablemente lo llevará a Fort Worth. Por lo menos así piensan 28 millones de turistas que llegan allí por año.
En el pasado a Fort Worth (nombre dado al fuerte de un general, veterano de la guerra entre Estados Unidos y México) se definía como «el lugar donde comienza el oeste» o «la puerta al far west», o se lo mencionaba por el apodo de «cowtown» por su producción esencialmente ganadera hasta que lo suyo pasó a ser (como bien lo supo J.R. Ewing de la serie Dallas) la explotación del petróleo y del gas. Hoy es conocida como «la capital de los museos del sudoeste», porque en pocas cuadras
reúne un conjunto de imperdibles museos: el de Arte Kimbell, el de Arte Moderno de Fort Worth, el de Ciencias e Historia de Fort Worth, el Amon Carter y el Nacional de la Cowgirl y Pasillo de la Fama (que celebra a las mujeres del pasado y el presente, ejemplo de independencia y coraje). En los paseos se pueden agregar recorridos por el Botanic Garden, el Japanese Garden y, aunque fuera para ver cómo es, ir al Bass Performance Hall donde puede haber un concierto, una ópera, el musical de Neil Berg «101 años de Broadway», la presentación de Carol Burnett, un recital de Johnny Mathis, un show de Lily Tomlin, o la representación de «La comedia de las equivocaciones» de un tal William por la Aquila Theatre Company.
Dos visitas que no pueden dejarse de lado son al Museo de Arte Moderno y al Museo Kimbell. El Modern Art Museum, que fue diseñado por el famoso arquitecto Tadeo Ando, es el segundo museo de arte moderno más grande de los Estados Unidos. Allí se pueden ver, entre otras, obras de Basquiat, Chamberlain, Lichtenstein, Rothko, Pollock, Warhol.
En el Kimbell Art Museum, proyectado por Louis Khan con un imaginativo uso de la luz natural que permite una inmejorable apreciación de los cuadros (semejante a la del atelier donde seguramente fueron creados) se pueden apreciar obras de Caravaggio, El Greco, Velázquez, Rubens, Rembrandt, Goya, David, Monet, Cezanne, Picasso y Matisse, entre otros.
Hasta hace pocos días hubo allí una extraordinaria muestra de «Los Impresionistas», proveniente del Art Institute de Chicago, con obras que aún las personas menos interesadas en artes plásticas han visto alguna vez en diarios, revistas, en películas, por la tele o en infinitas reproducciones.
Ahí se pudieron contemplar en vivo y en directo 7 cuadros de Monet, 2 gigantescos de Caillebotte, 12 Renoir, 6 Degas, 7 Cézanne, 5 Van Gogh, 7 Gaugin, 3 Toulouse-Lautrec, además de algunos Pissarro, Signac, Seurat, Manet, Monet. Recorrer esa muestra fue uno de esos paseos supremos que impregnan la memoria y llenan la vida de color y belleza. Un festín sensorial.


Andar entre vaqyeros

Un desfile de los emblemáticos toros de cuernos largos a diario atraviesa Stockyards, histórico barrio que ha sido seno de la cultura cowboy. Desde las veredas, atestadas de turistas, se ve pasar a cowboys (muchos de ellos después parten en poderosas Harley Davidson), para luego sentarse en uno de los restoranes a devorar sabrosas costillas a la barbecue y tomar jarrones de cerveza texana. Después, por la noche, es inevitable pasar por el Billy Bob's Texas donde se puede presenciar una competencia de «cuánto tiempo se puede cabalgar un toro salvaje», y luego pasar al salón de baile y música, escuchar algún conjunto de música country sin dejar de beberse una cerveza tex-mex o un bourbon de Kentucky.
El mesero, escuchando que esto comentaban unos argentinos, en perfecto español agregó: «Eso es lo que siempre hacen quienes vienen por primera vez y les queda aún mucho por ver para la segunda y tercera vez», rió.

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