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A una década de gestión Kirchnerista, no puede dejar de observarse la decisión por no asumir los cambios estructurales que nuestro país necesita. Ni en los primeros 5 años de gestión donde el contexto económico y político era sumamente favorable, ni en los últimos 5 años, el Gobierno Nacional ha mostrado vocación por replantear los predominios y la lógica económica que gobierna a nuestra sociedad. En este marco, luego de la primera etapa de crecimiento acelerado, a partir del 2007 asistimos a un proceso de desarticulación del esquema de política económica (ejemplificado en la desaparición de los superávits gemelos) que ha hecho reaparecer los viejos problemas de la Argentina que parecían superados.
En efecto, nos dijeron que con el desendeudamiento la deuda ya no era un problema, y sin embargo, Griessa mediante, la decisión de no revisar integralmente el endeudamiento en sus condiciones de legalidad y legitimidad, convalidando una quita parcial que no replanteo mínimamente cuestiones soberanas, determina que luego de haber pagado deuda como nunca, seguimos con el mismo monto de endeudamiento y para colmo, clandestinos por el mundo. Del mismo modo, no asumir el cambio productivo por vía del rol del Estado en la regulación del proceso de inversión dio como resultado la ampliación del perfil extractivista y depredador de recursos naturales (soja, minería, petróleo, etc.) que no solo es perjudicial en términos ambientales, sino insuficiente e inhibitorio para canalizar los excedentes hacia la ampliación y diversificación de la capacidad productiva. De este modo reapareció la inflación y con ello el clásico conflicto distributivo.
Por otro lado, la decisión de no modificar el poder institucional de los trabajadores (negativa permanente a la libertad y democracia sindical) supuso que en los primeros 5 años la recuperación social fuera más lenta que la económica, y del 2007 para acá se estancara la mejora social. En este marco, frente a la aparición de los viejos problemas el Kirchnerismo ensaya una vieja receta: la del ajuste. En efecto, los ingresos populares se ajustan por la inflación, del mismo modo que el menor nivel de actividad se ajusta por la destrucción de empleo privado; al tiempo que el pago de la deuda se realiza a expensas del ajuste sobre las provincias y sobre los haberes de los jubilados (por vía de los recursos del ANSES).
Sin embargo, a punto de cumplir la década de asunción del Kirchnerismo, la magnitud del ajuste requerido parece agrandarse, toda vez que lo que el Gobierno pretende ensayar es un ajuste cambiario, por vía del permiso oficial para que corriera el dólar paralelo. Una década Kirchnerista que desaprovechó una inmejorable situación y que nos pone al borde de un nuevo ajuste devaluatorio debe ser el aliciente suficiente para poner en debate los límites de esta estrategia con el objetivo de superarlos por vía de una nueva opción política.
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