El discurso del gobierno para con el campo no es el adecuado. La gente, de eso, ya se dio cuenta.Un gobernante no tiene obligación de saber todos los temas, pero debería tener asesores instruidos, especialistas. Los ciudadanos son conscientes de ello. Un gobernante debería ser capaz de dominar sus emociones y evadirse de un escenario dominado por la leyenda y por la historia.
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Un gobernante no ruega con el dedo amenazante de docente exasperado, ni llama a dialogar, ni pide humildemente. El argentino tiene otro estilo.
El reclamo del campo, que no es nuevo y ha quedado mediáticamente expuesto en el último mes, se basa en la necesidad de expresar que la presión impositiva provocará menor producción y afectará a todos los argentinos.
No podemos permitir más que se ignore al Congreso de la Nación en legislación impositiva, y tampoco que se siente jurisprudencia que limita con lo confiscatorio. Se imponen medidas al límite de la ilegalidad y luego se acusa al hombre de campo de ilegal por protestar en las rutas.
No fuimos unos pocos «locos» quienes acampamos 21 días a la vera de las rutas. El país rural se expresó producto del hartazgo que genera la confusión de mansedumbre con sumisión. Pedimos por nuestros derechos, por la libertad de trabajar y por la necesidad de educar a nuestros hijos, a quienes enseñamos a vivir dignamente.
Confusión
Pero se nos trata de enfrentar con la sociedad. Se repite que nos olvidamos que en 2001 teníamos nuestros campos embargados, y que hoy su precio subió varias veces en dólares. Pero no dicen que no somos operadores inmobiliarios, ¡Somos productores!
Con el fin de combatirnos se confunden sistemas de tracción con manifestaciones de riqueza, y se nos acusa de tener vehículos 4x4, como si ello fuera un lujo en lugares donde no hay caminos para sacar nuestras cosechas.
Por eso no dudaremos de volver a las rutas si se nos maltrata.
Y la dirigencia deberá ponerse a la altura de las circunstancias para no derrochar el esfuerzo del último mes, cuando miles y miles de padres de familia no esquivaron el compromiso de defender una actividad que contribuyó holgadamente al crecimiento de la Patria.
Pero el gobierno no ignora todo lo vinculado con el campo. Sabe que como sector productivo no desaparecerá. Habrá menos vacas, menos granos y hasta menos productores. Quedarán las tierras pero serán propiedad de otros, tal vez más grandes, tal vez más amigos del poder político.
Tal vez en esta visión obtusa de un futuro negativo el «nuevo» hombre de campo vista de otra forma, tal vez tenga otras costumbres. Y los nuevos propietarios ya no sientan bronca, pues habrán ganado la batalla.
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