La crisis de Frigorífico General Pico ya no se mide sólo en plantas frenadas, despidos o faena desplomada. Desde este 31 de marzo también quedó formalizada en tribunales. La empresa pampeana, ligada al origen de la marca Paty, activó su concurso preventivo de acreedores después de no poder cerrar una salida privada para una estructura que venía deshilachándose desde hace meses.
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El frigorífico del creador de Paty entró en concurso con deudas millonarias
Frigorífico General Pico se presentó ante la Justicia con más de $40.000 millones entre cheques rechazados y deuda bancaria. La firma culpó al fracaso de una negociación clave y apuntó contra un grupo financiero que también es accionista.
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La empresa había suspendido a más de 400 trabajadores en enero pasado.
La firma llega a esta instancia con 1.152 cheques rechazados por más de $15.800 millones y una deuda bancaria que ronda los $24.300 millones, según surge de los registros del BCRA. El rojo visible, sólo con esos dos componentes, ya perfora los $40.000 millones. Y ese número ni siquiera incluye el resto de los compromisos comerciales, laborales y financieros que también quedaron atrapados en la crisis.
Con ese cuadro, el concurso no apareció como una estrategia de expansión ni como una jugada de ingeniería financiera. Llegó como último recurso para una empresa que venía buscando una salida empresaria mientras se le cerraban todas las puertas.
Del rescate esperado al expediente judicial
La compañía informó la decisión a través de un comunicado firmado por Ernesto “Tito” Lowenstein y Alan Lowenstein, presidente y vicepresidente de la sociedad, donde reconoció que las conversaciones abiertas con un grupo empresario europeo no terminaron en acuerdo y dejaron a la firma sin margen para seguir estirando la definición .
En ese texto, la empresa planteó que la presentación judicial busca “blindar de la mejor manera posible la continuidad de la empresa, preservar las fuentes de trabajo y encauzar de forma ordenada su situación financiera” .
Pero el comunicado fue más allá de una explicación formal. La compañía aprovechó para exponer la interna que atravesó el intento de rescate y apuntó contra “un determinado grupo financiero que reviste simultáneamente la condición de accionista y acreedor”, al que acusó de haber trabado las alternativas que se analizaron para sostener la operación .
Según la versión empresaria, ese actor priorizó “el recupero de su crédito y contrariando el interés social”, en un contexto donde sobre la mesa ya habían pasado distintas opciones para evitar el concurso. Entre ellas, la firma mencionó esquemas de explotación de la planta a largo plazo, ofertas de salida inmediata e incluso una propuesta valuada en torno a u$s40 millones bajo un sistema de leasing a ocho años .
Nada de eso prosperó. Y en la lógica de la empresa, esa secuencia terminó acelerando el pasaje desde una negociación empresaria a una reestructuración judicial forzada.
La caja se vació antes que la estructura
Lo de Frigorífico General Pico no fue un quiebre súbito, sino un deterioro que se fue incubando durante meses hasta romper la ecuación económica de la planta. Primero apareció en la caja y después se trasladó de lleno a la operación. A comienzos de año, la compañía ya había suspendido a unos 450 trabajadores, reducido la actividad a una guardia mínima y dejado a sus plantas funcionando a un nivel casi testimonial.
El contraste con su escala reciente expone la magnitud del derrumbe. Hasta hace no mucho, la empresa había llegado a faenar unas 600 cabezas diarias y proyectaba incluso escalar hasta 800 animales por día. Todavía durante el último año había procesado más de 96.000 cabezas, una dimensión que la ubicaba como un actor relevante dentro del mapa frigorífico pampeano. Pero ese volumen empezó a desarmarse a medida que se agotó el financiamiento y se trabó la operatoria.
En el tramo final de la crisis, la faena cayó a niveles cercanos a 50 animales diarios, un volumen completamente insuficiente para sostener una estructura industrial de ese tamaño. Con ese nivel de actividad, la empresa ya no lograba cubrir costos fijos, salarios, mantenimiento ni compromisos corrientes. El frigorífico quedó así atrapado en una lógica de deterioro clásico: cuanto menos operaba, más se encarecía sostenerlo; y cuanto más se encarecía sostenerlo, menos margen tenía para volver a operar.
Ese desplome no respondió sólo a una baja de ventas o a un problema comercial puntual. También pesaron la falta de capital de trabajo, la imposibilidad de renovar financiamiento, la presión de acreedores y la pérdida de ritmo en un negocio que requiere volumen constante para sostener márgenes. La caja dejó de alcanzar mucho antes de que la estructura industrial perdiera valor.
La crisis además golpeó de lleno sobre el frente laboral. Con el correr de las semanas, la compañía avanzó con el despido de unos 200 trabajadores, mientras otros empleados quedaron bajo fuerte incertidumbre respecto del cobro de salarios, indemnizaciones y la continuidad misma de las plantas. En paralelo, la empresa ya arrastraba atrasos en aportes previsionales y de obra social desde fines del año pasado.
La salida de segmentos ligados a exportación también funcionó como una señal de alarma. Entre ellos, el repliegue de la operatoria kosher, clave para negocios con destino a Israel, terminó de mostrar que el problema ya no era transitorio. A esa altura, General Pico ya no atravesaba una simple baja de actividad: empezaba a perder piezas centrales de su esquema operativo y comercial.
El valor que todavía intenta preservar
Aun en ese contexto, la empresa busca sostener una idea central: que todavía conserva un activo industrial con valor y capacidad de recuperación. En su comunicado, remarcó que mantiene “activos productivos relevantes, inversiones recientes y habilitaciones internacionales”, y destacó especialmente el potencial de su planta de Trenel, donde quedaron concentradas las principales inversiones de los últimos años.
Ese punto no es menor. Más allá del deterioro financiero, la estrategia de la compañía parece apuntar a preservar valor sobre su infraestructura, evitar una liquidación desordenada y ganar tiempo para una eventual reactivación, cesión o explotación por terceros.
Por eso, el concurso no sólo busca ordenar acreedores. También funciona como un intento por evitar que la crisis termine licuando lo último que todavía puede hacer viable a la empresa: su escala industrial, sus habilitaciones y el peso que todavía conserva dentro de la cadena cárnica pampeana.
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